Casi adivinandonos, el atardecer aterrizando en el campo en medio de un verano tieso y caliente, no caliente desde lo obvio -una temperatura asfixiante-, caliente desde lo que estaba por explotar en nostros, un monstruo sigiloso y torpe aunque emotivamente poderoso y pidiendo a gritos presencia y atención. Creo que si las hormonas tuvieran bordes metalicas ese domingo hubiera sido un festival industrial repleto de chispas.
Nadie me creé, pero se escuchaba mi interior - y el de ella - ahí en la pileta de general Rodriguez, la quinta de Estela, en esa tarde asi mojados en esa agua deliciosa donde flotaban pastos verdes recién cortados. Se escuchaba mi cuerpo decir que necesitaba del otro cuerpo, de esa obra maestra y misteriosa que ella paseaba como si tal cosa, inocente de su poder, yendo y viniento de una punta a la otra de la pileta. Solos los dos. Juntos el resto adentro escuchando el nuevo disco que alguien trajo: Clicks Modernos. Para qué llevarnos, los jóvenes estaban invitados, nosotros no. Nosotros dos aún no éramos jóvenes, no entendíamos de placeres a alto volumen, de cigarrillos a escondidas, de discos nuevos y modernos. Igual ni queríamos, nos queríamos ahí el uno al otro, complementandonos. Nos queríamos juntos, empujándonos, insultándonos, ridiculizándonos el uno al otro. El uno al otro. Queriéndonos de la unica manera que habíamos aprendido.
El galpón, el quincho, la casita del motobombeador, el rancho de los caseros, la hilera de pinos, las ligustrinas jaspeadas de pelotitas rojas y amarillas, la verde cancha de futbol vacía, el olor del pasto cortado, el sonido de la noche que inexorable nos obligaba a salir, a que alguna madre apareciea con toallas y bueno, a salir; a casa chicos; vamos a comer algo, vamos, vamos (y el último vamos sonando distinto, como complice).
Desde la pileta se veía todo, hasta a Hernán -más chico, irreconociblemente Hernán- llorando por la linea de sangre dibujada en sus rodillas y el alambre roto y volteado. Desde la pileta se veía todo, a ellos adentro bailando a través de los ventanales, a los padres calentando el asado del mediodía, a los chicos corriendo alrededor de todo. Veía todo, todo menos el cuerpo de ella, el que ahora adivinaba que terminó siendo peor, mucho más fuerte que observar. Experimenté en ese instante el nacimiento de otra imaginación, la perspectiva de la imaginación. Años después me daría cuenta que esa imaginación nueva se convertiría en el arma favorita del monstruo que acababa de ver la luz -la luz del día desvaneciendose en un atardecer que nunca más olvidaría-. confuso y poderoso la rozaba y ella, risueña y angel, sin saberlo me obligaba a hacer algo que no sabía qué era.
Entonces le demostré que excelente nadador era, cuan alto podía saltar desde el borde, lo bien que salpicaba mi bomba humana, mi asombrosa mortal, mi capacidad de buceo y ella reía. Reía. Brotaba mi confianza: hice chistes soberbios, me peiné como mis mejores peinados, le mostré mis músculos gigantes de chico de 12 años, y hasta le encontré dos hebillas rosas en el fondo más profundo. Ese día la mejor mortal de mi vida. Nunca más pude repetir esa pirueta perfecta en el aire, nunca más tuve una testigo tan lujosa, tan preciosa.
Salté, corrí, nadé a gran velocidad. buceé, reí, canté y fui el mejor yo de todos que podía ser. Y como siempre, y como aín lo sigo haciendo, tardé. Tardé mucho en darme cuenta de lo obvio. Lo que esa preciosa muñeca de ojos redondos y su españolisimo pelo azabache quería era un beso. Sólo un beso.
Rodriguez
Hasta
Sos el espacio, la forma, la ilusión que desparrama mi cuerpo.
La bolsa que junta mis partes,
la inconclusa sensación de asomarse al infinito que había olvidado y que a la vez
desconocía
Sos el arco de tu espalda, el marco de mi duda,
una delicada pieza de detalles que te hacen diferente.
Bálsamo, placebo, el agua del desierto, la lluvia que sorprende,
o simplemente la nada.
La manera más dulce de no ser nada y de enseñarme a serlo.
Sos la recta, la parábola más perfecta, la sorpresa en el cemento,
una pequeña estrella en un camino de disfraces.
No me hables, no me cuentes,
no le pongas nombre a nuestras cosas.
Siente excesos.
Enseñame a mostrarte
lo mejor del regalo
que me animaría a darte.
Tiempo de vertigo, piedras al vidrio,
tacto al más ardido pensamiento.
La vista en la mira,
ojos a punto de todo.
Excita perderse.
Lee en mis labios si tiemblo o me río,
nunca voy a saber cómo decirtelo
Sos un sueño sin nombre, estigma entre limites, 1000 noches de luna azul.
Te acomodo en la lluvia.
Hay espacios vacios en cada uno de nosotros.
No me pongas a prueba
La incognita más enorme
es saber hasta donde vivir.
Complice
La luz apagada, la tele apagada, el equipo sonando apenas. La sala iluminada ocre, la ventana regalando un trozo de la noche y una parte de la calle. Titila el verde del reloj y el silencio de tus cosas desparramadas, al tacto sobre la mesa. Hay cuadernos abiertos y un vaso dulce y vacio. El mate frío, la pava olvidada. Migas.
Quiero entrar, leer, escucharte caminar rozando las maderas viejas de los muebles que no son tuyos. Secretos de paso que jamás entendería. Tus fotos riéndose. La paz de entrar y caminar en medias entre tus cosas.
Tirarme en el sillón y ver tu cuerpo libre desafiar los contornos de la vida y tus ojos brillar en la oscuridad, yendo a una de las heladeras. No me viste. No me veas.
Quiero entrar y verte volver de la cocina a la cama. Ya la luz te bañó de blanco y el papel del alfajor quedará ahí en la mesada hasta la mañana siguiente. En silencio volvés. Tus pasos murmuran corrientes de aire y no me viste. No me viste.
Quiero entrar y verte escurrirte ente las sábanas. Brillan tus ojos abiertos. El verano empezó a seguirte y entrará por tu ventana la semana entrante. Ahora la brisa mece las cortinas y te moves despacio buscando con la piel acomordarte en la posición anterior al insomnio. Pero no es insomnio, soy yo. Ya no invites al sueño. Vendrá.
Quiero entrar y verte. A tiempo, un segundo antes de dormir. La paz del mundo necesita tanto de vos. Tu cara es un espectáculo que siempre quise presenciar. No hay tensión en tus músculos, no hay tensión en las horas nocturnas que te velan.
Entonces me levanto y desde la puerta comienzo a pensarte mientras me voy. El ruido de mis pasos produce eco en el pasillo mientras me acompañan a la calle. En la calle camino errático pisando adoquines cómplices. La noche, dos cuadras más allá, y la lluvia sorpresiva, me despiertan. Quién sabe dormir sólo para soñar un mismo sueño una vez más?
sabes
Sabés qué es estallar?
Sabés siempre lo que estás haciendo?
Sabés siempre qué decir?
Aprendiste la palabra 'cuando' demasiado tarde y ahora no hacés más que entrar cuando la fiesta terminó?
Sabés qué es la inanición?
Sabés qué tiene que ver con tu piel?
Sabés por qué la inercia te persigue como si alguna vez le hubieras quitado una astilla de la planta de su pié?
Sabés qué genera tus sonrisas?
Sabés por qué no hacés más que cuidarlas?
Sabés quien te roba las caricias y por qué se parecen tanto a un vaso de whisky?
Sabés quién vive en la puerta de tu casa (abandonada)?
Sabés qué es eterno y quién efímero?
Sabés por qué todo está al revés?
Sabés qué es piedad y qué olvido, qué es esa yaga en el fondo de tus ojos?
Sabés por qué es imposible no llorar?
El egoísmo también
puede
ser
dulce.
Retarte
Retarte a ser más-
tu espalda es así
prometo olvidarte
cuando me aleje de mí.
La esquina se agranda si pasas
voy hasta ahí si necesito guerra
y a pensarte si necesito paz.
Te dí más de lo que quería más-
mi tiempo de pensar en vos
y eso adentro que no se acomodar.
Retarte, susurrar
recordarme dulce
y volver a olvidar.
Se que hoy no vas a escucharme
pero igual te hablo
y te busco en mi oscuridad
y en estas llamas que apuntan al mar.
No tengo dedos ya
voy a cortarlos y a quemarlos
antes de llamar.
(In)gravedad
Jardines distantes,
es tiempo de crecer
cuando sabes
que las mesetas son inevitables.
Cuesta abajo
es tan dificil no temerle,
Fracasos amigos
verlos, atravesarlos.
Es una decisión
dejar la euforia atenuarse
Cuánto sabes
de todo eso que no está bien.
Atarte a un globo
y dejarte volar
Quién puede querer más que eso.
Subirte a la cima
y dejarte planear
Alguien no es feliz
retardando la caída?
Los golpes son monedas
y el brillo siempre atrae fieras
Hay magnetismo en irse,
ronda la casa un coyote ingravido.
Jardines se anegan
y el agua atrae el sociego
El burgués ya vivió
y a mi me cuesta dejar de hacerlo.
lote
Nada de lo que te haya matado es simple
Es sencilla la respuesta a todo
Nada debería pensarse tanto.
Te veo a los ojos
y espero la respuesta
que yo no se darme
y que nunca me preguntaría.
Nada por lo que hayas sangrado es simple
Es tán fácil que te sorprendería saberlo
Nada llega demasiado tarde
Te siento quebrarte
y reir para adentro
Idearte y preguntarme
qué más necesitaría
Vos en angel
Vos en dulce
Vos en vivo
Vos en conjunto
Vos en verte
reir.
Yo se que nunca
y que siempre también.
te sorpenderías mañana pensaando en mí.
Yo se que todo se acaba
como se acabará nuestra droga.
Pero es tán delicioso disfrutar(lo)te.
retornable
La sonrisa que me regalaste
no voy a devolvertela
Te revolcas en la cama un segundo antes del sol
voy por agua y escucho tu voz en el arroyo
Aprenderemos la forma de reconciliarnos con nuestros fantasmas
y me decis con la copa en la mano
las cosas ricas que tus ojos murmuran,
17 temas y un tinto añejado.
El baño murmura tu olor esmeralda
tu cuerpo caliente y difuso tras la cortina invita a ser salvaje
Me gustaría ser de tu misma raza para tocarte
Tus manos queman mi piel nocurna.
Nuestro beso es un lago
donde me hundo a buscar
cuando no estás.
El café está listo y el gato en la ventan vino a despedirse
A la noche te esperará en la puerta sigiloso
cuando entres pensando en otra cosa,
escoltada por esa sonrisa tan tuya,
ya sin perfume (otra cosa que me niego a devolverte)
y con gusto a bar entre sus delicados labios (devolverlos? ilusa...)
Tan nena, tan profunda...
La toalla te viste de verano
y el sol volverá a mojarte apenas pises en segundos la calle.
Te miro mirarme en el espejo y no te alarma que no haya reflejo
y es cierto porque no estoy
Y no te veo vestirte liviana, pintarte fresca, peinarte simple.
No te veo cantar Sabina, mirar la hora en el celular, ver el día desde la ventana.
No te veo en el pasillo raudo, en el pallier de espejos, espiarme a tiempo
y espiar tu reflejo, hermosa,
antes de ganar la calle
y dejarme ahí,
con el gato
esperandote hasta la noche.
sueña
Te sueña el beso
que aún en sueños te cuesta dar
Te toca el aire
que aún en el suelo nos regala volar
Te escucha el viento
te escucha el viento que vimos espiar.
Te siente el tacto
de una mesa de vidrio
de una cena a punto de comenzar.
Te espera el vilo
de una noche en puntas de un pié que desnudas
Te escucha el murmullo
te escucha el murmullo de un alma a contramano
el alma a contraluz atrapar.
Te espero
y espero esperarte
Nunca encontré algo mejor que hacer
Te busco entre libros
y quise definirte
y nuca encontre nada parecido a quererte
parecido a lo imposible
parecido a vos
pareciera
Al fin entró el calor por la ventana cerrada de tu habitación
No olvides que hay humo en el fondo de cada corazón.
Al fin mermó el fulgor y veo tus ojos
lo reales y hermosos que son.
No es fácil llevar a puerto un crucero ciego.
Al fín salí del sol
corrí tanto tiempo esperando una sombra
y ver algo vivo que se pareciera a vos
y aún no se de estrellas con corazón.
Al fín me dí cuenta que no existe vida sin fuerza,
no nada nada sin una razón.
Que el silencio es amigo
pero no conviene hacerlo enojar.
Que suelo perderte cuando llegan las nubes
que vuelvo tán pronto
como se incendia mi caparazón,
que hay un cielo asesino
y que solo hay sangre buena donde todavía hay vida
dexcreo
Tengo miedo que vuelva el dolor que vos obligaste a retroceder
No se porque tengo que confiar en vos
No se si es verdad que soltando la balsa que me salvó
no voy a volver a hundirme.
Tengo cien lágrimas a punto de llorarte
pero es lo único que no quiero me veas hacer
Tengo el gusto de tus labios
y el buén gusto de invocarte
Sumergido
aleatoria
un montón de esquirlas.
Ir bebiendo lo debido
busco el tiempo para añejarte
y me pregunto que pudimos
haber
sido.
Tengo el miedo y te creo
pero se que el dolor volverá a buscarme
cuando vea que se fué quien lo obligó a retroceder
odiarte
me despierto en el albor de tus ojos
por ellos te conté del gato que mira para arriba y no me creíste.
tu recuerdo invade con tu mar tan suave
mi castillo frágil de cada día
entonces me ahogo en vos
entonces me baño en vos
tengo que olvidarte
sacarte el traje imantado con el que te vestí
bajarte a piedrazos
odiarte
y después de odiarte
odiarte desde más lejos.
Voy a romper el vitró de tu catedral
voy a llorar espuma y hundirme en las lagrimas del verano
voy a operare de mi cabeza
y a convertirte en un traspirado vaso lleno.
dinámica
si te vieras desde que te vi
si supieras solamente desde acá
si pudiera dejarte a un lado y seguir desnudo
si entendieras el poder de tu reflejo
en la pared que rasguñé
desde que te vi
si de tanto verte te vieras como te vi
si de tanto angel, tanta delicia
tanto trajiste, tanto te vi sin fin
si entendieras la dinámica de la magia
el miedo mio también entendería
miedo a que no me veas
miedo a no verte mas
miedo a volver a serlo
miedo a que volvamos atrás
miedo al precipicio
un punto lejano
algo hermoso que se aleja
se va achicando
se convierte en memoria
en sensación
en algo que vieras
desde que te ví.
Ninguno
Ni la gorda con cara de buena con su fino saco de hilo blanco, ni el pibe que duerme en el asiento de al lado y se agarra fuerte de su mochila urbana, ni los cinco tipos y las ocho mujeres que miran su celular de brillo azul como quien mira a una lámpara de la que debería brotar un genio generoso, ni las dos amigas que hablan y gesticulan y se miran a los ojos (yo no las escucho, veo sus muecas de asombro y el interés que ponen en sus palabras), ni la vieja con las bolsas del supermercado atadas con suma prolijidad, ni el gordo que cabecea hacia delante cada vez que el sueño intermitente lo vence, ni la nena que pasa vendiendo placas de stickers, ni el hombre con pinta de prolijo empresario que lee un pesado libro técnico, ni el flaco que apoya contra la puerta su vieja mochila de Callejeros, ni el que agradece a Dios por todo lo que ni él ni nosotros le damos, ni el paraguayo con la camiseta de Libertad, ni la nena que mira aburrida por la sucia y rayada ventanilla, ni la chica que bosteza y cambia a cada rato de radio en su mp3 escondido, ni las sombras difusas en el vagón de atrás, ni el humo hermanado que se escapa del bullicio del furgón de adelante, ni las risas anchas que los cuatro obreros le dedican al truco, ni la mina que pasa y deja un surco con su perfume que por suerte no es el tuyo, ni el chancho picaboletos, ni el cana, ni el ciego con su latita, ni el vendedor de mentoplú, ni el diariero, ni nadie. No. Nadie. Ninguno sabe de vos y de mí. Ninguno sabe lo que te quiero. Ninguno sabe que ya no estás y que quiero morirme. Ninguno sabe.
alejarse
La noche y la ruta se inventaron en el mismo instante. La misma línea blanca, las estrellas inalcanzables, el destino inalcanzable, los elementos que confabulan en esta huída. Estoy tan solo, y la radio me escupe más recuerdos de los que puedo esquivar. Quizás debí haber escuchado, quizás uno se cansa de escuchar. Con el tanque lleno el auto se ha vuelto un monótono esclavo, y las horas, esas que tenían sentido mientras no se había hecho tarde, ahora son solo cosquillas y un leve dolor en la espalda.
Pensé que iba a llorarte, pensé que iba a extrañarte. Pensé tanto que estoy tan harto. Lo mejor es el rumbo y perderse, la distancia, y pensar que lo peor está atrás y que acelerando uno lograr ir mejorando. Ni pienso en llorarte, pienso en un cuarto de hotel y en un vaso de whisky y seguir agrandando la distancia.
La ruta no tiene curvas, la ruta no tiene peligro, la ruta no tiene tu olor, la ruta te lleva y no va a traerte de vuelta, la ruta no entiende de traiciones, ni de dolor. La ruta es una estúpida esperanza en la vida de los perdedores. La luna acompaña pero no se deja ver, las estrellas empuñan mensajes inútiles. No se leerlos. No pienso en nada, solo en acelerar. La noche se estira, en mi cabeza hay sedientos espacios vacíos. Es a eso que le temo. Harto, aburrido, ofuscado. La rutina es un certero ataque a mi corazón. Los latidos descendieron, los oigo chirriar, arrastrándose deshidratados y mirándome con reproche por haberlos dejado congelarse.
Abro la ventanilla y saco mi cabeza. La música se hizo confusa, dejo volar mi cigarrillo y lo veo rebotar en el retrovisor y el asfalto, naranja de chispas, saltando agonizante pero contento de haberse alejado de mi. Parece como si todo lo que necesitara revivir decidiera alejarse, dejarme. El viento me arranca lagrimas, trato de gritar y la boca se me llena de aire. Manejo adelante mirando ciego como todo lo que sigue es igual a lo que ya pasó. Tu nombre en mi grito se desdibuja y suena como la música, distinto. Hermosamente distinto. Hay sombras y no acechan, hay caminos y no son para perderse, hay nuevas puertas y no hay culpa. Allá a donde voy la culpa no es todo, no es todo. La noche y la ruta se inventaron en el mismo instante. Y las soluciones pueden también llegar a tiempo.
Añadiendo
Esta ternura y las manos libres, dice todavía Lucas en boca del belga. Qué me espera todavía. Cuánta inclemencia para alguien que no puede con su ansiedad. Y me río ironías aparte: yo que creía que las palabras me alcanzaban. Ofuscado, ternura, dulzura. No tengo más que darte las gracias. Y sin embargo (irónica la vida) tengo tanto para darte. Y te gustaría tanto, tanto.
Soy tan suave dijiste. Qué paredes ásperas tendrá tu casa, qué pieles viles te habrás topado para decir semejante parcialidad. No importa, a mi me encantan tus halagos. Desdichas o conveniencias. Suerte y verdad. Elegí el camino más corto y mostrándote mi cobardía me escondí entre lo que me acompaña, y desde hace rato te espío sin saber que cara pondría si me descubren tus ojos. Perdón, gracias, por favor. Qué más. No vas a conocer alguien tan correcto nunca. No vas a conocer alguien tan ambiguo, débil y orgulloso. Si nací para amarte, alguien me tiró a la tierra antes para ponerme a prueba y ahora, hoy, mi terrible lógica pura me puso de espaldas y me alejó de la vida con feedback y del retorno a la generación que no es mía, y que es tuya y que es tan enérgica.
Fascinado y vencido sigo adelante. El camino es más fácil con el fruto de mi carne bajo mi responsabilidad y él es mi cometido. Y me conforma eso sí habértelo confesado. Su felicidad y mi falta de arrojo. Su reír cada mañana me colma. Colma, ahora que lo pienso, esa sería otra palabra que me podrías haber enseñado. Pero entonces Ternura. Y después, más adelante, Ofuscado. Y además Perturba, y después tus ojos de gato. Y el perfil resoplando y de costado, espiando, mejilla a mejilla, como si las caras no cupieran en un mundo que no nos dio una palabra para definirnos. Soplidos sí, como la película, ¿recordas? Ese fue el detalle que me mostró tu humor sanador, necesario.
Qué me falta. Ah, sí. Y la risa, y los recuerdos. Fumamos sobre escritorios, nos escondimos del mundo, desafiamos las leyes, contradecir lo que recomiendan, y la muestra de arte, seguro te acordás, y escucharnos tantas veces el uno al otro nuestros latidos incitados. Me late dijiste. Me siento mas fuerte, mas libre te dije. La libertad es lo mejor que me diste, nunca te lo dije seguro. Espero no la reclames nunca. Que pena es no saber encajar, que pena es no poder reír todavía. Pero ya vendrá, ya vendrá.
No es Jack Daniels, es púrpura o inquieto lo que tomo, el vaso traspirado. No se ni lo que digo cuando tomo en el vaso grande. El vidrio se escarcha, el tiempo se derrite como el hielo que recién estaba y ya no. Me hubiera gustado un hermano que me contara de los abismos. Me hubiera gustado ser otro yo. O menos exigente con el ser tan estúpido y sensible que me tocó ser.
Un auto estaciona en tu puerta y tiene los vidrios negros y automáticos, y la libertad que yo no pude sacar de una galera gastada y ofrecértela cada vez que la necesitabas. Sos demasiado perfecto pero te quiero en las cosas simples. Llorarte sería estúpido. Me pelearía con el mundo por vos me dijiste. Y yo tan mínimo, tan poco. Que mal me sentí. Merecer no es mi mejor perfil. A quién voy a culpar ahora ¿El tipo se me parece? ¿Importa? Algo sí. Orgullo no me falta. Tengo una pregunta: qué hará el tiempo con nuestras esculturas efímeras que desde hoy subimos al estante más alto del placard. Compartiré con la camiseta de fútbol y el polvo de años una vista privilegiada de tu cama y unos recuerdos incompletos. Y dejaré el tango antes que se me acaben las reservas y termine por devorarme a mi mismo. Sabes cómo son esos viejos.
Ahora es tiempo de espacios, de correr los muebles, de acomodar los libros que convoquen espíritus contemplativos y generosos. Llegó la solución que esperábamos. Ya no tenemos el problema. Aunque me fascinó escucharte decir: tenemos un problema, hermoso. Ahora que se que te amo, que te siento carne, que te imploro ayuda, tengo en mi mano el numero que me falta marcar. Me falta uno. Y no voy a llamarte. Pero ¿sabes que dijo Julio mientras tanto? Y que el placer que juntos inventamos sea otro signo de la libertad.
Uniforme
Es logicamente imposible. Sin embargo tanto se parece, tanto se esfuerzan esos ojos por ser sus ojos que al final, en ese increible lugar donde la implacable certeza no llega, en ese rincón donde todo tiene su oportunidad, ella termina siendo ella. Es imposible entonces que no sea. Definitivamente ella es ella.
Por un momento dudó y quizás si continúa pensando tan racionamente volverá a hacerlo y hasta es probable que deje de mirarla como lo está haciendo y se dé media vuelta y se pierda entre la gente - los demás - sumido en un incendio de verguenza, pero a la vez esa incognita, ese regreso del pasado sacudiendole las persianas del hastío hará mella en su tarde, en el resto de esa tarde libre, alfin libre.
No es tiempo para dudas, pez que duda se lo lleva la corriente, él crée recordar el dicho de esa manera. No importa, la idea es esa, se dice y vuelve a mirarla mientras en el resto del mundo las cosas continúan sucediendo: como por ejemplo que aún no ha cortado el semaforo, sigue verde para los autos, taxis y colectivos que aplastarían al osado que se les atreviera. Y eso es bueno - lo del semáforo - porque ella seguirá inmovil ahí, frente a él por unos seguntos más. Se levantarían apuestas si alguien los estuviera observando. Esa cara absorta, los ojos desmesurados, el rictus clásico de la sorpresa. Apostarían: le hablaría o no? se animará? Eso parece evaluar mientras la mira para que no desaparezca. Sin embargo ahora piensa en él, no en ella. Se animará a preguntarle? En un momento es un león con la mira puesta en la presa y al segundo un témpano o un marmol. Igual de disimulado también. Lo que la duda puede hacernos...
El semáforo corta, de ambos lados de la avenida manchas de gente se derraman sobre el asfalto deglutiendo los rectangulos blancos de la senda peatonal con apuro, como si estuvieran por acabarse. Parece una carrera para ver quién llega primero a la mitad de la calle, el punto equidistante de ambas orillas ahora deformes de urgencia. Autos obedientes esperan dominando su impaciencia. Ella no se fué, ahí sigue. Vigila. Mira con cuidado, libreta en mano, el orden, reglas. Él tampoco ha avanzado, repetirá: seguro es ella, ella y su dulzura, ella a pesar de su cara endurecida, ella y su fragilidad a pesar de como se hace ver, ella y esa cuerpo que tembló entre sus sábanas y ahora viste uniforme. Tratará también de olerla, de rozarla en un descuido -quizas su piel recuerde mejor-, de escuchar su voz, la voz que quedó grabada en él a pesar de los años -la voz es impermeable al olvido?-. Entonces sí estará seguro, entonces sí será ella porque así es él, hasta que no logre la coincidencia perfecta de las arista de aquella casi adolescente niña de ojos de sueño con esta mujer de mentiroso atuendo no pondrá las manos en el fuego por su memoria. y se preguntará: se irá diluyendo esa pasta gris para darle paso a la certeza, al marco indeleble de esta nueva ella y será al fín una verdad a secas, una verdad inesperada e ilógica pero una verdad que le quitó hastío a esos dias que sólo traían sucesos controlados, torpes?
Ríe ahora mirandola, ríe porque sabe que ella no lo verá reir, ríe parapetado. Ahora los separa el puesto de flores, baldes de rosas y fresias sin armar; ahora están más lejos y sin querer más cerca. Ella sentirá un bienestar indescifrable como si estuviera abriendo una carta con buenas noticias aunque varios años después, y en esa sensación se colará también el alivioy hasta la felicidad porque se ha hecho más grande, adulta, mujer, mujer que se ha superado y que tiene en ese bienestar el premio, al menos a flor de piel; y mira el puesto de flores que no había visto y ve colores, y olores, y todo ese extraño -y hermoso- fenómeno que la arrastra, la embarca en un paseo a su pasado, cosas viejas, dias especiales, como un aniversario, como una fecha propicia para un balance. No logra explicarse porqué de golpe está pensando en él. No se explica pero está bien. Y eso también le gusta -valor agregado a su bienestar-, ella tan lógica, tan estricta pensando en esa vieja locura, o no fué él una locura adolescente plagada de buenos momentos. Quizás así sean las cosas que no se planean pretenciosas.
Algo le pregunta la florista y él se sonroja mirandola de reojo, no a ella, la florista, a la chica de más allá. La florista que es jocosa y que ha quedado -y lo sabe- en medio de la linea de fuego vibra como si su cuerpo estuviera ocultando algo brillante que pugna por salir y no tiene ningún animo de ocultarlo. Habla fuerte, gesticula, busca cómplices y los halla: la conocen. Ay, Mirta, ustéd siempre igual, le dice un hombre de paso. Dos más se rien de las ocurrencias de la gorda. Hay algo. Mirta cuando vende, vende más que flores. El valor agregado que le dicen. El mismo valor agregado que el de la agente, que el de él, que el de todos. Flores simples se venden en cada esquina.
Él se vuelve sobre sus pasos acercandose a la agente, contento como con cientos de regalos para darle. La agente ríe, todavía sin verlo. Ha bajado la guardia y espera gustosa por la sorpresa que desde la mañana la venía amenazando.
Cédula
Inútil pretender llegar a un acuerdo, es algo preestablecido entre esas dos miradas, un destello como de guerra entablada, miradas camorreras, un desafío de agente férreo a infractor in fragantti, o infractora en este caso.
El Volkswagen calienta y no es el único, el Buenas Noches es frío, de manual, igual esa seña como inevitable de la mano derecha extendida, tocándose la sien con la punta de los dedos mayor e indice unidos; ella contesta sin mostrar los dientes, la ausencia de simpatía mete leña al conflicto, el festín del mal humor es palpable, en ella al menos. En él todo ronda dentro de los limites rutinarios del agente de tránsito. Las luces amarillas del piquete destellando le ponen una tensión a la escena quizás exagerada, es un control de rutina señorita, no se preocupe, necesito verificar la documentación, muy bien, la suya y la del vehículo, sirvasé oficial, la cédula también, gracias señorita. El gracias que murmura ante la ineludible hostilidad del sirvasé oficial lo sorprende al agente, no entiende porqué lo dijo, es su primer palabra insubordinada del día, la primera que se le escapa en el turno, un turno que comenzó con el sol del mediodía y aún abarcará todo el atardecer, la noche madurando. La somnolencia del regreso a casa de la masa trabajadora se esconde trás un susurro delicioso hecho de motores en procesión inversa a la matutina. El detalle le produce fastidio, es otro el ruido a la mañana, más violento, más ansioso, como infectado de obligaciones, un apuro para llegar a dónde no se quiere llegar. En cambio, así, volviendo, todo se vuelve más silencioso, un cadencia como tributo a la antesala de lo familiar, a la casa a la que se acerca.
Analía Morales, la foto no la favorece, es hermosa, no parece de 29, quizás 24 le daría. Sedan 2 puertas modelo reciente, papeles en regla, seguro, verificación técnica, todo. Sólo que debería conducir con lentes... Algo le dice el agente refiriéndose al detalle, mirándola a los ojos. Ella, en cambio, acude a su cita ineludible con el espejo retrovisor, se peina, se mira los dientes y no contesta. Ahora que la luz solar merma -el auto está detenido a la sombra de un jacarandá cuyas flores lilas -no celestes- cubren toda la luz del neón del alumbrado público- más notorio se hace el resplandor azul violaceo del tablero, y violaceos se ven los ojos distantes de la chica, Analía.
Usted sabrá disculpar la demora, se verificarán sus datos y enseguida quedará liberada, ah estoy detenida, nó en absoluto, es rutina, no se me asuste, no estoy asustada, permiso. En el segundo inmediato después del permiso del oficial, los estiletes de Analía abandonan el espejo retrovisor y agreden al agente con la vigorosa intensidad del que sabe manejar con destreza las armas con las que cuenta: solo le estoy pidiendo que se apure, (pausa,mirada ascendente y descendente, y otra vez ascendente), oficial. La señal de asentimiento del oficial no se parece a la que hubiera deseado emitir, una más profesional hubiera sido mejor, como demostrando autoridad, fuerza, superioridad en definitiva. No, sólo fue un dejo sumiso, un pedido de aprobación o algo así.
Analía, los ojos de Analía, al fín lo sueltan. Sin embargo, a pesar que su hombría pedía a gritos esa liberación, el hecho no le produce el alivio deseado. Ese soltarlo, esa apertura de tenazas de parte del iris pardo femenino, lo deja solo, bobo, impávido. ¿Qué hace la tierra después del paso del fuego? ¿Qué queda de la cosecha cuando las langostas ya se miran unas a otras satisfechas? El oficial mira a los otros: Venegas se rasca la panza en sentido de las agujas del reloj sentado en el capot de la patrulla, Juarez es una sombra con la vista fija en una mosca que vuela en círculos bajo el puente, Sobrado y Martinez miran con atención el paso cansino del tráfico, el otro Martinez -el capo- se acerca con paso de buey al dúo y algo dice, riéndose, masticando, moviendo el bigote de brocha con cierta elegancia. Los cinco lo ignoran por completo, qué ayuda puede necesitar Larrañaga, mirá el minazo que demoró, es vivo para elegir el muy guacho, además tiene un verso... Ya le va a encontrar algo para atemorizarla, la va a acorralar como a un pichón, y al final, distendiendo, vendrá la táctica del comprensivo, la confianza mutua, la compradora sonrisa de costado, casi oculta, casi exclusiva. Si lo conoceremos al Larrañaga...
Lo sorprende a él mismo esa necesidad de ayuda, así, desamparado, diezmado en una batalla despareja. La noche se hace larga, se hace goteo, repetición, adormecimiento progresivo. La luz del piquete, un redondo círculo amarillo destellando, baña las barreras de madera, el corredor, el par de patrullas, los conos repartidos formando un dibujo en el piso -obsesión del loco de Juarez, qué quilombo hizo la vez pasada cuando alguien se lo desarmó, hasta peló el fierro dispuesto a todo y lo tuvieron que cubrir todos-, mientras la lentitud repta y contagia. Solo le pido que se apure. A Esteban Larrañaga, caucásico, tez trigueña, 38 años, contextura fornida -oso viejo-, le costaba alcanzar el móvil policial y dejar a la demorada tanto como si tuviera la obligación de nadar hasta el auto atravesando un estanque repleto de cocodrilos. Sólo le pido que se apure, qué le pasa a ésta. ¿No sabe quién manda acá? Nadie le explicó, por lo visto. ¿Saberse linda la hace sentirse más fuerte? Con su reputación en juego acepta el reto. Se ajusta el cinturón como si cada una de sus dudas intentara penetrar en sus pantalones, y recompone enseguida su cara, sus facciones, su presencia. Los años de servicio siempre ayudan en esta tarea.
-Señora -adrede-, nos tomamos el tiempo necesario, tomá, ahí tenés, bomboncito, te lo dije no más, perra. Hermosa perra.
Pateando cocodrilos se aleja del VW cuyo amarillo estridente alcanza para lastimar cualquier vista, más cuando los faros de los autos de la autopista lo bañaban de reflejos como baldazos de luz. Algo pensaría, y pensar es bueno ahora que la perra lo largó, se dice. Se siente bien sin nadie que le mordisquée los trabajosos pensamientos. Tiene buena mano la perra, de alguna manera le borra lo que piensa, se lo ensucia.
Pensar, sí, el intento estaba en marcha, sin embargo hay un ahorro de esfuerzo gracias a la mano del pincel del destino. En el camino algo llama su atención, un detalle, y ese detalle que vió lo rescata de sus dudas casi como si hubiera ganado la grande y el premio fuera un cargamento de nuevas neuronas. Ese algo lo obliga a abofetearse por dentro, a volver junto a ella, ya mutado, ya de vuelta él, ya él dueño y señor de la voz de mando. Larrañaga y su sonrisa se asoman al lateral del auto y constatan la falla. Ese auto no puede transitar así, es un serio peligro para los demás, la perra tendrá al fín su aleccionador merecido.
Los demás continuan en la suya. Nada ha pasado y nada pasará. De golpe el tablero se reacomoda y por esas cosas de la lógica, un golpe es el responsable de esa reconstrucción. El oficial desanda pasos, rompe cráneos de cocodrilos y se acerca por detrás a Analía, ya vuelto, ya oficial de policía en serio. La cabellera espumosa, los hombros bañados y desnudos, el brazo abandonado, su codo asomado por la puerta de conductor, una mano sutil, una piel con pecas perfectas, asoladas. Con su actitud inmutable la chica espera. El codo ni se mueve.
-Haga lo que tenga que hacer, oficial.
-No puede circular así, su vehículo tien...
-Haga lo que tenga que hacer, oficial. Ya me escuchó. Seguro no viene a pedirme permiso.
-No.
Sólo no. No le sale más. Al menos pudo sostenerle la mirada antes que de volviera al retrovisor y se sumergiera en la nada, es ese espacio reservado para volar donde sólo vuelan las preciosas criaturas inalcanzables, las elegidas.
-Haga, oficial.
Segundo Golpe.
El oficial no se amedrenta. El abdomen abultado, las canas, el color del uniforme, el brillo lustroso de la placa, las dos V amarillas bordadas boca abajo en su hombro, la carrera, el arma. Todos los detalles están de su lado. Del de ella, sólo su belleza, esos ojos peligrosos, un cuerpo perfecto adivinado en la oscuridad de su butaca impecable. Poco para ganarle a él la pelea. Tiene agallas, eso no lo duda, pero es mujer y en ese detalle claudican todas las razones.
Mujer.
El oficial anota en un acta de infracción la patente del VW y se dirige al móvil. Los cocodrilos lo miran de reojo, murmurando. Quién ríe último, se dice y deja la frase trunca. Lo que se gesta, irrefrenable, convierte su sangre en chorros calientes y desbocados. Venas llenas, gordas, visión telescópica, sed de venganza. Si sus compañeros supieran lo estarían colmando de frases para tranquilizarlo, se referirían al caso como de una locura, mencionarían su carrera, el procedimiento, los sumarios, la perra, porque no valía la pena ponerse así, manojo de nervios; pero por dentro, él lo sabía, estarían pinchándolo, alentándolo, que la fuerza, que el respeto, que hay que exigir, hacerse respetar, que todos tienen que saber quién manda, y más si es una mujer, carajo, imagínen la vergüenza, los pasillos, los rumores, las risas...
El móvil destella azul, vacío, las puertas abiertas, la radio habla sola. La voz del oficial pide información con una frase en la que abundaban imperativos y huelgan artículos. Una voz impersonal contesta luego de unos segundos usando el mismo curioso idioma, luego un minuto silencioso y al fin la respuesta nítida. Toda la fuerza lo acompaña. El oficial, la claridad de la voz que le responde. No hay necesidad de chequeo alguno. Su mente se llena en parte iguales de satisfacción y sorpresa. La muy perra, su merecido, las felicitaciones, vehículo con pedido de captura, la cara que pondría, su cara intentando aguantar la carcajada, el arma sin seguro, el chaleco ajustado, adrenalina hermosa, cocodrilos colegas babeando de placer ante su paso decidido -ahora inevitablemente triunfal- como quién va a recibir una medalla, actuar rápido porque el tiempo no está para desperdiciarlo.
Si los golpes más fuertes son los que no se esperan, ese que está por recibir es un golpe fuerte.
Tercer golpe.
Camina y llega, decidido, voluminoso. Y es entonces cuando sus pies se cargan de aire y se despegan del piso con una potencia tal que parecen los propulsores de Astroboy. Los baldosones del asfalto pasan debajo de su vuelo con total naturalidad, las ramas del Jacarandá lo esperan para abrazarlo. Hay algo en el aire, un olor a promonición que se mezcla con un retorno a casa que ya nunca va a consumarse para él. A pesar del chaleco, del peso de los borcegos, de su propio cuerpo cercano a los cien kilos, Larrañaga vuela de espaldas y en su cara de tez picada, de bigotes gruesos, se dibuja la sonrisa premoldeada que en el umbral de la muerte, ese rebote fortuíto, se mezcla en partes iguales de sorpresa y gallardía.
Angel
- ... hay un ángel, te juro. Hoy lo vi. No te puedo contar mucho, lo vi rápido, medio de casualidad, había mucha gente. Ya sabés como está el andén a esa hora. Iba medio dormido, ya sé lo que pensás, igual te digo que no lo soñé, ni nada de eso. Estaba ahí, y en un segundo ya no. En serio Juli. Después sigo, esto ya se corta. Soy Lautar...
- De nuevo yo, no sé cuanta cinta tendrás. Voy a ser breve. El ángel, hace rato que lo vengo sintiendo. Es como una presencia. Un... algo. No sé cómo explicarte. Estoy más tranquilo ahora, recién vengo del bar de Tony, me tomé unos tragos. Venía loco, me entenderás. Dos solos, en serio. Lo que pasa es que no me aguantaba con tod...
- Se cortó. Ufa, cúando llegás a tu casa, me pudre hablar con la máquina, me hace sentir más loco. Fijate como es, el ángel digo, en el bar ni se apareció. Lo esperaba. Bah, yo digo "lo" esperaba pero en realidad no sé si decirle "lo esperaba" o "la esperaba". El hecho es que ni apareció. Viste cuando tenés la necesidad de hablar con alg...
- Sigo. Alguien a quien contarle tus cosas. Quizás por eso vino, como un deseo que pedí sin saberlo, aunque tiene su personalidad, lo habrás notado. No es dócil. Yo lo esperaba -voy a decirle así. Me parece que a un ángel le cabe más lo masculino, me suena mejor así que la ángel. Bueno ya estoy hablando boludeces, ya se corta, mejo...
- Te decía. Después me cansé y salí de lo del bar. Tony me preguntó algo, me hizo un par de bromas, se ve que por mi cara, ni cinco de bola le di. ¿Sabés lo que hice? Me fui hasta la estación. A esa hora, ya sin nadie, sería más fácil. No sabés lo oscuro que estaba, ni una luz. Los que sí andaban, como siempre, eran los guitarreros en el copetín...
-Nada, vos sabés que no lo vi. Lo sentía, te juro. Está acá, me dije. Era como sentirse vigilado, pero bien, tranquilo, no obsesivo ¿me entendés? No recaí, estoy feliz, entendeme, hacía rato que no me sentía tan protegido. Te conté de mis miedos, sabés de la medicación que tomo. O tomaba, porque no la estoy tomando. Te juro Julita, no lo cuent...
- En serio, no sabés como necesito hablar con vos. Sé que cortamos hace rato. Igual pasa por otro lado esto. De amigo a amigo, no todo el tiempo se andan apareciendo ángeles. ¿Sabés que lindo es? Te puedo hablar de su pelo lacio, brilloso, de su cutis terso, perfecto, de sus manos. Igual nada de eso es importante, lo más importante es...
- Se me corta en lo mejor siempre. En qué iba, ah, sí. El andén nada que ver con la mañana, vacío. Silencioso. Me decidí, caminé, lento, contando los pasos, de una punta a la otra, varias veces, hice ruido, pisé fuerte a propósito, carraspeé, tosí con ganas. Y nada. Sólo llamé la atención de los del copetín. Del ángel, ni rastros. Igual, yo, tranqu...
- Me dio ocupado recién. Volvió, dije. Basta de máquinas, al fin una voz humana. Ya ves, sigo en la misma, la ansiedad me hizo marcar mal o te llamó alguien más. ¿quién sería? Bueno, no importa. Sigo. Sabés el porqué de mi tranquilidad. Imaginaste alguna vez a este Lauti amigo tuyo caminando solo y a esa hora por la...
- Hola, la conclusión es certera. Estoy mucho mejor. Sigo, ahí no termina la historia. Me volvía para acá, pensé en llamarte desde los públicos del camino pero no tenía tantas monedas y no quería dejar la historia a medias. Bajé del andén, los cosos del copetín me miraban como si sus ojos fueran bolitas de acero y yo un electroimán. Despu...
- Sí, pasó más de hora desde el último llamado. No preguntes, me quedé en blanco, no recuerdo, como dormido, tal vez no esté tan bien como te dije. No le dés bol... importancia. No te quiero cargar con más, ya hiciste bastante por mi en otras épocas y no tenés obligación. Estoy aturdido, ¿sabés de qué me di cuenta hace un rato? No sé cómo n...
- No sé cómo no me había dado cuenta antes. Bueno, sí sé. El tema es que lo vi todo con claridad. Ese ángel, ese ángel terso y hermoso eras vos. Vos, me entendés. Tu yo no corporal. Y me traías un mensaje, un pedido. Al principio no entendí, pero ahora voy para ahí, ya sabes mi obligació...
Es todo, ahí se termina la cinta- dijo. Fue esa la única prueba que quería presentar ante ustedes. Me permito no agregar ningún comentario a lo que acaban de escuchar con total claridad, no lo creo necesario. Gracias. Señor Juez....
Tali
Tan rápido como pudo Tali bajó las escaleras. Como cocodrilos dormidos cada escalón se le escurría bajo sus zapatillas jadeantes. Atrás, los ruidos del pasillo la perseguían. Ecos. La puerta del aula 233, cerrada, guardaba a todos adentro. Todos, menos una. Murmullos se convertían en voces y voces en gritos. La noticia prosperaba eléctrica. Eso no se debía haber hecho, eso es una locura. Qué raro, una chica tan sana, tan callada, algo le habrá pasado, todos sabemos qué raros son sus padres, cómo la tratan. Tenemos que encontrarla, aleccionarla, el colegio tiene responsabilidad sobre ella, sobre su formación. Apresarla antes que haga una locura. Otra...
Tali vió la puerta abierta, la calle, la seguridad inflingida, el sol de la plaza, la tarde, la libertad, la voz de su interior, ya no volver. Por la ventana del aula, los que quedan, la ven correr, la llenan de palabras extrañas, de una baba dulce, un inédito respeto. Tali salió, Tali está curada. ¿Viste?, pudo hacerlo.
Diesel
Silbaban. Te juro, nunca había escuchado algo así. Entonces esta campana se rajó. ¿Qué querías? Sí, agarré el subte y a la mierda. Ahora subo los escalones, de dos en dos, de tres en tres. La remera se me llena de aire, la basura vuela, hay tanto viento. ¿Es eterna esta escalera? ¿Porqué tuviste que hacerlo?
Es una noche confusa, todo oscuro. Mi cabeza está demasiado enferma para pensar bien pero aún tengo claro lo del apuro, quiero decir, estoy corriendo y todavía sé porqué corro. Miro arriba, a la superficie, por entre mis pelos que cuelgan y bailan con ritmo de cumbia, subo, es cierto, pero es como si me faltaran horas para llegar arriba. El subte me dejó y se fué haciendo temblar los deditos de mis pies. Después, silencio, un silencio raro, como si alguien estuviera por atraparme.
Estación Pueyrredón. Ahora nadie sabe, corro, y es por eso que me miran, sólo porque corro y es raro ver correr así a una chica, pero yo sé correr, corro bien, no como otras. Eso sí, tengo que tranquilizarme, ellos no saben de vos, nadie sabe de vos. Corro y mis pechos saltan, me duelen, y estos escalones de mierda que no se terminan, y transpiro como loca, y no entiendo nada. Ya no quiero estar así, me jode, no me gusta fumar esa mierda, a mí dejame con el porro, es un poco más caro ya sé, pero hace rato somos amiguitos. Ahora, así colgada no sé cómo voy a hacer para llegar al diesel. Gotas de transpiración y voces que vienen de arriba se confunden con gritos, gritos de tipos raros que se mezclan con los tuyos dentro de mi cabeza, parezco loca, ya sé. Esta vez no te salvaste, lo presiento, apuesto lo que quieras, te oí gritar, caías, ruido a ropa pesada y ese cuerpo era tuyo, estoy segura, y los silbidos de las balas, y el loquito ése, el más pendejo, cueteando para todos lados. Corro más rápido ahora y no sé si es para que no me alcance la cana de mierda o tu recuerdo. La escalera termina, miro adelante y algo me espera, algo malo, y atrás la boca del subte con sus dientes filosos. No puedo esperarte, conozco cómo se comunican entre ellos, no soy tontita, cada vez son más, escapar, sí, escapar, cuanto antes, cuatro cuadras no es mucho, puedo hacerlo, el diesel, no sé, subirme y que me lleve a la mierda, seguir hasta que alguien me baje, nos baje. No me acostumbro a hablar de dos sin vos, sabés, pero ya no pude esperarte, perdoname, tuve que rajar. ¿Qué querés que haga ahora, boludo de mierda? Me pregunto quién carajo te calentó la cabeza, de dónde sacaste esa idea pelotuda, que va a ser fácil, que hay transa, que es zona liberada, dijiste, y nos salvamos, dijiste.
Y nos salvamos.
Mirá vos.
Piramos para Uruguay, a la concha de la lora y a empezar de nuevo. Iluso. Iluso y pelotudo. ¿Sabes cómo te van a llorar en la villa? No sé ahora quién les va a llevar lo que vos le llevabas, ni pensar quiero. Tengo una comparsa en la cabeza, me falta el aire. Te odio, y me lo repito seguido para sentirme mejor. Seguro, ahora ellos van a subir esas escaleras de ahí atrás, y me van a agarrar, y otra vez adentro y no puedo volver a entrar, ahí sí me suicido. Mis piernas quieren piedad, tengo en los oídos retumbando los cuetazos como si no pudieran salir de mi cabeza, rebotando de una pared a la otra, de un oído al otro. Claro, sí está vacío ahí dentro, dirías, y yo meta risa, tenés razón, pero adentro de la tuya tampoco hay mucho, de paso.
Te bajaron, sí, seguro, te escuché, mierda, ¿quién los llamó?, ¿justo hoy tenían que llegar tan rápido? Doblo la esquina, Pueyrredón y Corrientes, agarro Pueyrredón, la basura vuela, los gritos no son lo que pensaba, son vendedores. Dos viejos me señalan, se cruzan en mi camino, se ríen, los empujo, se burlan de mis tetas que saltan. Me quieren tocar. Una pareja mira zapatillas en una vidriera, por el precio, deberían estar en cajas fuertes más que en vidrieras, son como las Nike que vos les llevastes a los pibes. Las luces se apagan, los giles ponen candados, eligen llaves, atan cadenas, charlan, los miro a los ojos tratando de encontrar ahí algo que se parezca a la angustia que llevo pegada y no veo nada. Son caras cansadas, pero felices y me miran con lástima. Sí, no me preguntes cómo lo sé, así piensa mi cabeza, te juro, todo es negro. Debe ser la pasta, te dije, no me hagas fumar eso, pero vos, terco... Bueno, ya ves, la cagamos por no hacerme caso.
Los colectivos me aturden, alguien me putea como si lo hubiera asustado. Ni vos ni ellos me persiguen pero tengo en la punta de la cabeza una inundación, y tengo que llegar antes del cuelgue, si no ya fué. La comparsa que escuchaba, ahora cualquiera puede escucharla, ya no es sólo mía, golpea, golpea, se vuelca, el sonido rebalsa mi cabeza, se vuelca por mis ojos, por mis pestañas. Ya fué. Nos metimos en algo malo, los miro pero nadie se entera, alguien tendría que avisarles, están viniendo para llevarnos a todos.
Ya veo la estación, está sola y triste, parece mala con esas. paredes sucias, las columnas viejas, los huequitos llenos de murciélagos y ratas. Te odio. Tengo un miedo que me muero. Protegernos... Que diferente podría haber sido todo. El piso tiembla, hay nubes negras de calor, salen de las rejas del subte, se mueven de reja en reja, por el asfalto vuelan diarios rotos. No sabés cómo te odio nene, y sabés porqué te lo digo: no tenías derecho a dejarnos solos.
Ya fué, cruzo. A un tachero algo le pasa conmigo, y yo como si tuviera auriculares, no escucho, no veo, no coordino. De golpe miro mis piernas y veo un pulpo que me mira fijo con los ojitos así, chiquitos. Dos pibes meten alambre en un teléfono, los miro, me saludan, me conocen, cinco o seis mujeres anudan cartones, también me conocen. Lo primero que voy a hacer es hablar con los otros pibes, ellos saben todo, qué otra cosa querés que haga, no voy a ir a la cana, ni a preguntarles a esos otros giles, qué saben. ¿Mi casa? ¡Olvidate! Ojalá se mueran. A la villa tampoco voy a volver.
Todavía escucho esa cumbia maldita, nuestra cumbia, la cumbia que querías escuchar ese día. Suena tonto que en un lugar tan fino se escuche cumbia, pero ya sabés cómo son los ricos esos, ¿pero justo esa cumbia? Por más que me la trate de sacar de la cabeza, me suena y me suena, parece que me tragué un pasadiscos a monedas, te digo que soy capaz de gastarme cada moneda del bolsillo con tal de escucharla.
Va a llover. Se siente el olor a tierra mojada y las hormigas se chocan como tontas, ciegas y apuradas, es hermoso ese olor, tierra mojada, como allá, ¿te acordás? Me zumban los oídos, estás diciéndome algo, seguro, prevenirme, siempre estuviste ahí para cuidarme, es por los turros esos escondidos por acá, ¿no? Les siento el olor. Tengo recuerdos raros, locos, y escuchá porque sólo vos podés entenderlos: viernes a la madrugada, amanece, vamos borrachos pateando piedras al costado de la ruta, volviendo, la música del boliche retumba atrás, medio lejos ya, nos vamos, los oídos zumban por eso me acordé, tu mano juega con la mía, no te conocía así, digo tantos años de verte en la villa, las cosas que me decías cuando pasaba, guarangadas, de lejos, porque cuando pasaba por al lado y te miraba, bien que te hacías el boludo. Tu paso de cumbia, no sabés lo que me divierte verte bailar con ese paso tan raro que hacés, parecés una iguana, una iguana payasa. Te sentía a través de tus deditos, y hasta me dejaste en casa, caminamos como cincuenta cuadras entre casas de ricos, los buches nos miraban, no quería llegar nunca. No te puedo dejar así para que tu viejo te mate, me dijiste, sos chica negrita, mirate la pinta, no te los pongas en contra, ya cuando cumplas los 18 va a ser distinto. Sí, fijate, qué razón tenías, todavía no tengo 18 y ya hace más de dos años que no vivo más en casa, ni cinco me dan, ni les importaba que viniera ni que me fuera, ni que llegara borracha o colgada, ni que quedara preñada, ni que me lo sacara, ni que me hiciera puta, ni que afanara, ni que palmara. Qué te iba a andar contando esas cosas de la familia, vos, tan dulce y ellos tan mierda. Tenés razón, te dije, me acuerdo, caminemos un rato más, ya se me pasa, y se me doblaban las patas mientras te lo decía. Lo único que quería era estar más tiempo agarrada fuerte de tu mano y que me llevaras a donde sea, hasta donde lo lindo no se terminara nunca.
Caen las primeras gotas, son tan finitas, tan pobres que el viento ni las deja tocar el suelo. Cruzo otra calle sin mirar, total estoy jugada, la patrulla, enfrente, me miran, me persiguen con esas luces azules horribles, me hago la cansada, estoy cansada, camino, soy la más calmada del mundo, finjo, ¿entendés?. Ya fue, llego bien, faltan dos cuadras nada más, hago pasos más lentos, al revés de mi corazón que galopa, como loco está, me doy manija y me vuelve loca no poder parar. Sabés qué, me muero porque tus manos me agarren de sorpresa por atrás, y que me digas que corra, que no pare, que nos persiguen, que los tenemos casi encima, esos putos, que todo está bien igual, que hay que ser rápidos, y vivos, así sí nos salvamos, que te pesan las billeteras con olor a cuero de turista y a restaurant de rico, que vamos a comprar de todo con esa guita, pienso en polleras y pinturas nuevas, que qué boluda soy sí para Uruguay hay que agarrar para el otro lado, no importa, dale, seguí negrita, corramos, tomemos el diesel, vámonos a la recontramierda. Pero tus manos no aparecen.
Dale aparecé, dale, hermoso. ¿Dónde estás?
Por favor te lo pido, no me dejes sola...
No. Ni mi desesperación te trae, y me niego a mirar atrás, a darme vuelta. No siento tus pasos ruidosos, tus botas contra las baldosas y ese ruido que no escucho es una púa, un vidrio filoso cortándome la panza. Voy a vomitar, es por todas esas caras que me miran. Estoy ojeada. Casi empiezo a correr de nuevo, una alarma en mi pecho me lo pide, me lo ordena, me niego, hay dos cosas que me atan, esperarte -aunque no tenga sentido- y la cana, enfrente. Esperarte es la muerte y lo sé, pero soy media tontita. Problema tuyo si no creés en Gilda, yo sí. La ley ni se entera que corro por lo que corro, y además son todos gordos putos. Las líneas de las baldosas se me cruzan, no es una buena señal. Si voy a desmayarme que sea en el diesel por favor, sólo eso te pido, Gildita. El resto que sea lo que la Virgen mande. Se me aparecen mis hermanos con sólo pensarlos. Los veo, claro, a todos, al Lalo, al Ramón, a la Lilita, a la brujita petisa, veo sus caritas, esos ojos que me hablan, pobrecitos, ellos me dan fuerza ahora, esta fuerza, desde casa, de la calle, de donde estén, no sé cómo pero están. Sé que entendés, será la Virgen que nos mantiene unidos, Dios no nos dio padres pero nos recomendó a ella y yo, porque sé que es mi responsabilidad, les hablé a los cinco y los fui convenciendo, hablando, palabra a palabra, por lo menos tenemos algo, algo, alguien que nos cuida, en serio, y fueron muchas las cosas que pasamos, no hace falta que te cuente.
No aguanto más, la lluvia, los primeros gotones, las carreras de la gente, los toldos gordos golpeando con fuerza el aire, los truenos, los relámpagos al final de la avenida, el cielo rojo en honor a vos, por eso corro, corro y las palabras se me escapan solas de la boca, la gente me mira, no entienden a quién le hablo, tiro lo que tengo, el buzo, el collar, anillos, pulseritas, de golpe todo me pesa, no puedo cargarlo, me largo, me tiro a la avenida como si fuera la más linda y celeste pileta del mundo, un viento me zumba de golpe, cerca de mi cara y luego se va, así como si nada, apurado, viene otro viento, y otro más, ¿los vientos me esquivan? ¿el viento esquiva?, hablo con la Virgen, las líneas se cruzan y se pelean por guiar mis pasos, la lluvia ya me moja, ya es una lluvia respetable, ella no me esquiva y le doy gracias, por todas partes hay luces amarillas titilando, volcándose y convirtiéndose en largas rayas que terminan enredadas con las rayas de las baldosas, formando nudos raros que quedan tirados en el piso. Si te deja tranquilo, te miento y te digo que todo está bien, que me falta sólo llegar a la vereda, hacer media cuadra, entrar por el jol central de la estación y llegar al andén 7 a tiempo para subir al diesel. El tema es que ya no estoy tan segura que pueda mentirte, que sirva de algo mentirte. Se puso puto todo, ya fue, no importa, me tengo que acordar de lo tercos que somos y todo estará bien. Bien, bien, bien...
No sé Virgen Santa, disculpame, no sé si es tu voz o la mía, o son mis hermanos, o él que ya morió. La puta, qué acompañada estoy, y yo que tenía miedo de quedarme sola. ¡Cuidado!, alguien grita, algo debe pasar, si pudiera abrir más los ojos y ver, vos seguí así Virgen Santa que vamos bien, seguro se están dando cuenta, ¡era hora! Hay que matar a todos los mierdas esos y después todos al diesel, y a la concha de la lora, y que nos busquen si quieren. Tropiezo, debe ser el cordón eso duro y largo, mis tobillos se hunden de golpe, la lluvia ya es diluvio, casi llega al cordón, cosas chicas me golpean, bajo el agua, rebotan en mis pies y después siguen nadando. No te va a sonar bien esto, el piso se pone arriba de mi cabeza, más vientos me rozan, alguien me toma de las manos y me arrastra, me tira de cara a la alcantarilla, me resisto, pero no, me tira en la vereda y se queda mirándome como un veterinario mira a un perro callejero recién atropellado, una música suena bien cerca, hay parlantes pegados a mi oreja ¿o están adentro? y también me miran con un gran ojo plateado. "Hay algo irresistible tras esos ojitos tuyos", me dice una voz que escuché en la villa, y en la ruta, y a dos locos cantando borrachos. Ya no sé a quién creerle, el hombre que me arrastró también me habla, sus palabras son extrañas, sonidos sin sentido, me paro, trato de dejar de hablar o, aunque sea, de retomar el control de lo que digo, casi ya ni entiendo mis propias palabras. Gracias, quiero decir, y rajar, pero mi voz me da miedo, se parece cada vez más a... no sé a qué, ¿a un perro? ¿a la tierra? El olor a tierra ya es gusto a tierra, todo está mal, los de la gorra se acercan, todo se derrumba dentro mío, y hasta ese ruido siento, como a trueno, te juro, perdoname nene, perdón, tuve que rajar, Virgen Santa,
per
do
na
nos.
Es el jol, las luces altas, amarillas, las reconozco, las máquinas de boletos, los vendedores y los pungas, los tipos echados sobre el mostrador con callos en los codos, los baldosones rojos, el viejo del micrófono. ¡No puedo creerlo! No lo logré sola, estoy bien segurita, tropiezo cada tres pasos, parece a propósito, me despego del pecho la remera empapada, la verguenza me levanta calores, sombras oscuras me miran, parezco Jesucito cargando la cruz y ellos, los romanos que gritan, se ríen, y me escupen, me tocan. Perdón Vir... La lluvia golpea fuerte contra las chapas del techo y ya no escucho otra cosa, ahí se va mi único sentido sano, te odio, lo digo y no se por qué lo digo, lo grito, lo grito más alto que la lluvia, que las chapas, que mamáááááá, más fuerte que el brillo de las placas de los turros que me están mirando, los siento, por sobre los romanos, y los soldados, por sobre estas pobres rodillas que ya no me sostienen, y todas mis fuerzas se van con ese grito, se me dobla la espalda, el dolor es insoportable. Date cuenta, nene, cuando mucha gente te mira fijo y en silencio es que algo terrible te pasa.
Y algo terrible pasa, me doy cuenta que ya no hay ruidos, hasta la lluvia hace silencio. Decime mentirosa, si querés, pero te lo juro por la Virgen que para mí no es sorpresa, lo sabía, en serio, lo sabía, el agua sube, el piso se inunda, ¿vieron que algo estaba por pasar?, trato de decirles, pero ya no me escuchan, no me miran, todos, los romanos, la poli, los mirones, los de los callos, todos miran al otro lado, hacia la luz, ya no soy nadie para ellos. Es la Virgen, te lo dije. Llegó.
El viejo del micrófono dice que el tren está por salir, el motor del diesel es casi tan lindo como nuestra cumbia, y está despertando.
Y en el octavo, Dios creó las segundas oportunidades
La polaroid sobre la silla,un brillante truco de apariencias
Zahira levantó la mano de su esposo y la dejó caer sin cuidado. Su brazo se sacudió espasmódicamente como si estuviera repleto de gusanos, pero la cabeza siguió inerte, apoyada boca abajo contra el parquet como si nada. El acto le pareció gracioso y aprovechó para tomarlo como un póstumo pedido de disculpas. Despeinó con sus dedos, cariñosamente, los pelos enrulados de él y luego se puso de pie. Ambas rodillas le crujieron. Así, el panorama resultaba aún más aterrador: vajilla rota, un par de vasos de promoción de cerveza también, una botella marrón y vacía, y la olla, intacta y aún tibia. Todo en el piso. El mantel yacía arrastrado en una catarata alimenticia, la mesa ofrecía su cálida desnudez para el tacto perfecto de la mujer de la casa y la televisión, invisible con su cartel de silencio dibujado en la pantalla, estrenaba su obsoleto nuevo rol. Ferro y Platense empataban 0 a 0 y terminaba el partido.
Caminó varios pasos construyendo en su retina la imagen de la posición en la que había quedado el cuerpo de su marido y, sin saberlo, acertó bastante con la realidad. Rodeó la escena milagrosamente sin pisar la sangre del piso y se dirigió al otro extremo del amplio comedor. Buscó la ventana, corrió la cortina, la que quedaba prendida al barral, y se asomó a la oscura parte del barrio de Palermo que daba a su departamento. Todo sonaba a quietud esa noche, tan quieto y silencioso como de costumbre. El viento le rozó la cara con suavidad produciéndole una sensación agradable. A veces, no ver tiene sus privilegios, pensó y estiró su mano izquierda siguiendo con su tacto el contorno de la soga rugosa y firme que colgaba desde la terraza hasta su piso. El octavo. Bailoteaba pendular.
Sonrió pensando en lo que vendría luego. Adivinó una denuncia de algún vecino atento, primero la espera silenciosa, la rápida llegada de la solícita policía de Buenos Aires -¡Qué buenos son! Los mejores del mundo probablemente-, el bullicio de las ambulancias, el cuchichear de los curiosos, la voz nerviosa y calculada de algún cronista televisivo, y luego el impecable manto del olvido. Su esposo, tan violento y certero, dió en el blanco. Sólo un disparo y un cuerpo inerte cayó lentamente acariciando la pared donde había permanecido escondido. Imaginó la pared manchada de rojo como en las películas de hace tanto tiempo.
El botín que parecía tan fácil en la casa del hombre alcohólico y la mujer no vidente no lo había sido en realidad. En los ojos del visitante los peritos notarían esa sorpresa dibujada. Dos cuerpos sobre el parquet. Muertos. Una terrible tragedia. Dos tiros prácticamente simultáneos. Casi una de Tarantino. Uno arrastrando el mantel en su caída y el otro desprendiendo la cortina izquierda por su propio peso. Y Zahira en el medio en una desgarrante crisis nerviosa.
-Pobre, -iban a decir. -y además sin poder ver... Que desesperación. No? Imagínense...
-Mejor, -respondería alguien - para qué querés ver eso?
-Si, la verdad.
Un excelente truco. El mejor de su vida. Su morada boca disimulada, sonreía. No siempre esta vida te da segundas oportunidades querida, pensó. El último tren a casa pasa sólo una vez.
"El hombre araña se llevó a mi esposo", una excelente historia para el noticiero del mediodía. Zahira llorando, desconsolada, y en su retina, el preciso instante en que dejaba en manos del ladrón muerto la 11.25 negra, caliente, brillante, hermosa, que había comprado esa misma mañana en el Once. Sin boleta.
Negro
-Pongámosle Mayra, sí ese es un lindo nombre. Mayra. El verdadero me propuse tantas veces olvidarlo que al final lo conseguí. Así que Mayra estará bien. A su cara le caería bien –dijo levantando una copa vacía brindando por el bautismo improvisado.
Los tres lo miramos hipnotizados. Lo conocíamos. Caía de tanto en tanto por el bar y nos buscaba, sabía que a cambio de sus historias obtendría una paga en ginebra o en lo que eligiera. Tendría unos sesenta años, o unos cincuenta muy mal llevados y yo me inclinaba más por eso. Su atuendo –el mismo cada vez- consistía en un traje negro arratonado, una camisa blanca, ninguna corbata y un sobretodo gris, oscuro. Me contagiaba una sensación rancia por el polvo acumulado en años. Sus zapatos brillaban a pesar de verse agrietados y percudidos. Por lo visto le interesaban, seguro los apreciaba. A todos nos sucede lo mismo con algo de nuestro guardarropa. El modelo se completaba con un sombrero viejo, extraño y ridículo, estilo gángster del veinte que, sin embargo, al tipo le sentaba bien. Un inconfundible.
Julio Retamosa, el dueño del bar, uno de los tres dueños, decía siempre que el tipo –el borracho fabulador- debía ser escritor o algo así y que nos usaba de probadores para sus historias. El tipo o era un capo o estaba loco, porque casi nunca contaba nada de su vida personal, y las pocas veces que lo hacía constantemente se contradecía –adrede, seguro- despistando o haciendo dudar si era Luque o Laprida, Juan o Mario, como había dicho; si se dedicaba a la apicultura o si levantaba cartones y chatarra, como un par habían escuchado de sus propios labios, según decían. Algunas veces teníamos tantos datos contradictorios que, en definitiva, no teníamos nada, y otras tantas tan poco que al final, los rumores y las confusiones lo infectaban todo.
-... y hablando de su cara... –acotó mientras se acomodaba en la silla ruidosa pero confortable a fuerza de años. –era hermosa, y digo "era" no porque haya fallecido sino porque desde hace un tiempo prefiero no recordarla como algo alcanzable. Por eso para mí no existe. Es como si Dios se hubiera llevado ese ángel. Ustedes, amigos, sabrán comprender...
Parecía emocionado, pero yo, siempre incrédulo, no le creí; en parte porque, además de buen narrador, lo veía con excelentes dotes de actor.
-Tenía los ojos verdes más hermosos que ví en mi vida. Esos que te hacen cosquillas cuando te miran. Inútil mirar hacia otro lado o hacerse el tonto. Cuando esos ojos te buscan ya no hay salida. Y ya lo saben, si algo importa más que tu vida... Mozo! Ginebrita... –dijo gritando y aniquilando el clima y el hilo de la historia empezada. Pero, como las putas, primero el billete después el premio. Mientras esperaba con una moneda talló con toda paciencia un prolijo asterisco en la madera de la mesa y recién continuó con su historia cuando Julio llegó con la ginebrita apoyada en la bandeja redonda de acero inoxidable.
-Gracias, mozo. Como les decía, Mayra, eh... Mayra era, ¿no? –sin esperar respuesta continuó. -tenía además de esos ojos de praderas soleadas y de un cuerpo bien femenino, un perro, un enorme perro negro. Guardián y mal humorado, dos cualidades bien antipáticas para un perro. También fuerte, desconfiado, leal, y últimamente, bastante enfermo.
»Negro, bautizado con ese guiño creativo, vivía su ocaso y eso Mayra lo sabía. Varias veces escuché de sus labios lo mal que lo veía. Negro era SU perro, suyo desde siempre. Lo cierto que esa mañana, casi mediodía, hacía todo el calor posible que se pueda juntar en un solo lugar. Las líneas negras de la calle crecían derramándose unas sobre otras en una orgía obscena y azabache. Sobre el asfalto una capa transparente y líquida como un espejismo, se arrastraba hasta donde alcanzaba la vista. Al barrio, lánguido, lo invadía una extraña quietud. En su silencio desacostumbrado la gente se ocultaba, esquivando paseos y compras, escondiéndose puertas adentro, economizando brisas, mesurando esfuerzos, respirando bien hondo. ¡Que difícil se hacía respirar en medio de ese termómetro enrojecido!
»Con la primera claridad en su vigilia Mayra se dió cuenta que no había dormido en su cama, y en ese confundido navegar que es alejarse del sueño, los músculos de la espalda confirmaron su presunción. Su cama de plaza y media seguía intacta en su habitación, mofándose, y no cabía duda: el sillón se había vengado de ella. Vagamente, recordó la película de la noche anterior, la trama, dos o tres situaciones, un beso, una persecución, y al final una baba hecha de dulces y sombras lo engullía todo.
»Trató de enderezarse, de sentarse, con sumo cuidado, lentamente, pero a su cuello no le gustó la idea y una ráfaga eléctrica le sacudió su borrachera de modorra. Tenía el control remoto sobre la mesa ratona a su lado, y con él intentó encender el equipo. Poner un poco la radio ayudaría, pero la radio no se encendió. Fijó la vista en ese complicado rectángulo repleto de botones de goma que tenía en su mano y no logró reconocerlo. Al costado, sobre el vidrio marcado con anillos olímpicos secos y grises, a centímetros de donde había tomado ese control, había otro. La chispa encendió la mecha, y ésta llegó a su cerebro explotando en lucidez: control incorrecto. Lo cambió, dejando el de la tele entre un vaso y una Coca casi vacía, y logró el objetivo. Un desparramo de luces verdes, naranjas y blancas le dieron paso a un tema, ella me dijo de Dire Straits."
Cualquiera podría ver a Mayra poniéndose de pie, la imagen era fuerte y eso que no soy un tipo de mucha imaginación. Continué prestándole atención al borracho fabulador.
-Al coraje le sucedió la tensión, luego el dolor, después un leve mareo y, por último, una bocanada de calor tórrido, casi sacrílego, como una bofetada. Por un segundo casi se dió por vencida, iba a dejarse caer, dormir de nuevo, por más que las once horas habían bastado y sobrado, pero su vejiga, a punto de explotar, la obligó al esfuerzo.
Carraspeó, pidió disculpas por la interrupción con algo de vergüenza, miró a su alrededor, tomó el sombrero que descansaba sobre la mesa al alcance de su diestra y continuó narrando mientras lo acariciaba como a un siamés.
-Cuando terminó, desde el umbral de la puerta, escrutó el panorama como si todo ese lío le resultara ajeno. Vió la sala desierta –toda la casa lo estaba-, vió el piso con pequeñas manchas de talco, vió pilas intrascendentes de revistas, vió tres vasos –los tres besados por un mismo lapiz labial- con restos de Coca Cola, vió papeles erráticos, vió ropa en placares paralelos, vió dos pares de zapatillas reebok, vió un plato vacío y sucio, y otro casi limpio, vió la infaltable botella –tres más había en la heladera-, vió las ventanas abiertas, vió la rigidez de las cortinas semitransparentes, vió el jardín y el pasto que debería cortar algún día antes de que su madre regrese –su lejana llamada le diría cuándo-, y esa imagen le sumó un poroto más al nefasto día que la esperaba.
» Con el hambre oculto todavía decidió que lo primero era una ducha. Entonces, dio media vuelta y se refugió bajo una lluvia de agua tibia que salía rebelde de la canilla del agua fría. Al rato, menos confundida, salió del baño, caminó hasta su pieza munida de dos toallas, una rodeando su cuerpo desnudo y húmedo, y otra en su cabeza como un turbante, cubriendo su pelo negro-dijo e hizo una pausa más, esta vez adrede a mi entender para generar suspenso y continuó, ahora hablando con la voz bien baja, casi inaudible.
» Fue desde su ventana que lo vió.
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» La puerta mosquitero se golpeó como siempre lo hacía, sin embargo, esta vez la sobresaltó. El sol la recibió con un abrazó sofocante robándole en un segundo toda la frescura que el baño le había proporcionado. Su piel se quejó mientras la transpiración le humedecía la remera turquesa que por azar se había puesto. Caminó hasta el patio trasero queriendo no confirmar lo que presentía pero no tuvo suerte. Negro no dormía, yacía muerto. De inmediato pensó en su madre, fue su primer pensamiento racional. Recordó que no llegaría con su auto, volviendo del trabajo como todos los días a las siete, y que no se sentaría con ella a merendar mirando la novela, y se sintió sola.
-Pero, hay algo que no entiendo... perdón... ¿puedo interrumpir? - pregunté.
-Sí, hombre, adelante. ¿Qué desea saber? - me contestó el relator.
-Todos, en un momento así, podemos levantar el teléfono y llamar a alguien para pedir ayuda. Más, si sos mujer. ¿No tenía al padre, al noviecito, a algún amigo?
-Déjeme continuar y va a entender.
» Quizás no deba decir "sola" porque no era así como se sentía. ¡Y claro, tenía su razón! No estaba sola, estaba acompañada. Había una presencia, ahí su jardín, caminando sobre los pastos altos que no había cortado, mirándola, implacable, invisible pero a la vez tan notoria e ineludible como todas esas cosas que no tienen un nombre. Parada entre ella y Negro, la presencia la desafiaba como quién sabe que nunca va a perder.
» ¿Hace falta que les diga cuánto miedo tenía? Si alguien hubiera visto esa carita, desbordada, casi nena de nuevo, me entendería. Mayra pensó en el teléfono, y su mente se inundó de números inútiles. Ni sus vecinos, ni sus amigas, ni su propia madre podrían hacer la tarea que ahora ella debía hacer. Ni siquiera ayudar. Negro era su responsabilidad y no iba a esquivarla. A la muerte hay que enterrarla, no temerle. Enfrentarla, según palabras de su padre –muerto eso sí- porque en su ronda, la que realiza luego de su irremediable acto, la muerte evalúa. Ve. Y a los débiles los suma a su lista de próximos. Entonces, tomó coraje, se ató tirante el pelo dejando la nuca al descubierto y atravesando la muerte se dirigió al galpón donde seguro encontraría una pala de punta.
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» Sus ojos tardaron en habituarse a las sombras del galpón. Ahí el calor crecía insoportable. Olía a rancio, a tierra seca y a un par de cosas indescifrables. Flashes rojos, turquesas y amarillos navegaron por su vista por unos largos segundos, luego las cosas comenzaron a tomar profundidad y formas concretas. Recordaba vagamente la pala y el lugar que debía ocupar pero no apostaría mucho por esa factibilidad. Dió unos pasos dentro del pequeño cuarto haciendo frente al mar que brotaba de su frente y soltó la puerta de hierro que de inmediato fue directo a golpearse contra la pared como siempre lo hacía. El cuadrado de sol dibujado en el piso desapareció de inmediato y
otra vez se sobresaltó, pese a lo cotidiano de ese ruido. ¿A qué le temía, a que mamá no estaba? Soy grandecita, se dijo, tratando por todos los medios de no darle vida a los fantasmas que le acariciaban las plantas de los pies. Esos que su padre había creado. Hermosa herencia de regalo.
» No había contrapiso en el galpón, sólo tierra. El desorden prevalecía gracias a decenas de porquerías inservibles que nadie se había tomado el tiempo de tirar. La cortadora de pasto la miraba desde un rincón con un aire de reproche. Un viejo sillón, muerto y destripado por arañazos de gato, ocupaba el rincón opuesto. Una pila de diarios viejos hacía equilibrio aún torcida como estaba, desafiando al piso y al frenético paso de los días. Una lámpara colgaba desnuda de tulipa, y nutrida de telas de arañas y bichitos muertos. El lugar, pese a estar repleto de herramientas de trabajo, no alentaba para nada a realizar ninguno.
» Mayra retiró una bolsa de arpillera, corrió un enorme hule negro y debajo –para su sorpresa- aparecieron tres palas, una con el mango roto y astillado, otra plana ancha y corta, y con terrones de tierra adheridos, y la restante: larga, filosa, casi sin uso. Su compañera de los próximos minutos. Agradecida con su suerte y con su memoria salió del galpón. El sol aún estaba ahí. Negro también.
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» El pozo comenzó a tomar forma justo cuando el sol lograba el punto máximo en el cielo celeste pleno. El jardín no tenía sombras sino diminutas manchas oscuras a los pies de las cosas. Ni siquiera el viejo eucalipto del fondo las proyectaba. Nada se movía. El cuadro del calor se pintaba con acuarelas intensas y tintas sofocantes. Una palada, otra palada, una palada más y gotas como lluvia mojando la tierra. Con cada intento le cimbraba el hombro, los pechos le dolían, pero el suelo solo mostraba rastros de pobres arañazos desesperados. El piso se resistía a la fuerza del hierro y a la poca de ella. No había caso, algo tendría que idear, antes de dislocarse.
» Fue hasta la heladera, la puerta volvió a golpearse, se sirvió Coca en un vaso de promoción de Coca y lo llenó de hielos bolita hasta que las burbujas de gas rebalsaron el borde y pintaron su terraza de un marrón claro, como un amarillo sucio. La intención era idear algo lejos del abrasador febo. Y en segundos lo logró. En la radio sonaba un viejo tema de Queen.
"¿Es éste el mundo que creamos? ¿Nosotros mismos lo hicimos? ¿Nosotros lo devastamos?"
-Qué raro, ¿qué radio será? – se dijo.
» De golpe, así de rápido como encontró la solución a su problema de rigidez, otra irrupción trepó por sus neuronas y una catarata de imágenes sepias, desdibujadas, hasta ese momento olvidadas llenaron su percepción con la misma frescura y determinación con la que la Coca había llenado el vaso. Era su padre, no cabía duda. Regresaba. Para qué fui al galpón de mierda ese. Fueron sus palabras, no mias. Lo cierto que los gérmenes de su mundo irreal comenzaban a filtrarse en su lógica logrando alterarla. Era estúpido, o al menos insensato, pensar al mundo en términos de fantasmas y duendes, pero así acostumbraba a hacerlo su progenitor. Su padre fue un tipo especial, no cabía duda alguna. Sin embargo, pese a su intensión, a Mayra más que interes, el asunto le trasmitía vergüenza ¿Podía hablar con sus amigas de esas creencias, de sus inclinaciones? No, seguro que no ¿Podía invitarlas a la casa tranquila? ¿Podían quedarse a dormir? No. A nadie le contó nunca de todo aquello y suponía que nunca lo iba a hacer. No al menos hasta encontrar a la persona adecuada. Se acordó de los Duendes del Eucalipto, o de la lucha de espíritus en el mueble del baño, del espejo roto...Qué oportuno todo ese revival de su padre y justo cuando estrenaba su papel de enterradora...
» Salió a toda carrera pensando en una larga manguera verde y blanca conectada a una canilla chorreante. La puerta se golpeó con violencia una vez más. Quizás la intención era dejar a los recuerdos atrás pero no lo logró.»
-¿Eh, jefe... disculpe... pero no era una historia verdadera? - dijo Erne