Rodriguez

Casi adivinandonos, el atardecer aterrizando en el campo en medio de un verano tieso y caliente, no caliente desde lo obvio -una temperatura asfixiante-, caliente desde lo que estaba por explotar en nostros, un monstruo sigiloso y torpe aunque emotivamente poderoso y pidiendo a gritos presencia y atención. Creo que si las hormonas tuvieran bordes metalicas ese domingo hubiera sido un festival industrial repleto de chispas.

Nadie me creé, pero se escuchaba mi interior - y el de ella - ahí en la pileta de general Rodriguez, la quinta de Estela, en esa tarde asi mojados en esa agua deliciosa donde flotaban pastos verdes recién cortados. Se escuchaba mi cuerpo decir que necesitaba del otro cuerpo, de esa obra maestra y misteriosa que ella paseaba como si tal cosa, inocente de su poder, yendo y viniento de una punta a la otra de la pileta. Solos los dos. Juntos el resto adentro escuchando el nuevo disco que alguien trajo: Clicks Modernos. Para qué llevarnos, los jóvenes estaban invitados, nosotros no. Nosotros dos aún no éramos jóvenes, no entendíamos de placeres a alto volumen, de cigarrillos a escondidas, de discos nuevos y modernos. Igual ni queríamos, nos queríamos ahí el uno al otro, complementandonos. Nos queríamos juntos, empujándonos, insultándonos, ridiculizándonos el uno al otro. El uno al otro. Queriéndonos de la unica manera que habíamos aprendido.

El galpón, el quincho, la casita del motobombeador, el rancho de los caseros, la hilera de pinos, las ligustrinas jaspeadas de pelotitas rojas y amarillas, la verde cancha de futbol vacía, el olor del pasto cortado, el sonido de la noche que inexorable nos obligaba a salir, a que alguna madre apareciea con toallas y bueno, a salir; a casa chicos; vamos a comer algo, vamos, vamos (y el último vamos sonando distinto, como complice).

Desde la pileta se veía todo, hasta a Hernán -más chico, irreconociblemente Hernán- llorando por la linea de sangre dibujada en sus rodillas y el alambre roto y volteado. Desde la pileta se veía todo, a ellos adentro bailando a través de los ventanales, a los padres calentando el asado del mediodía, a los chicos corriendo alrededor de todo. Veía todo, todo menos el cuerpo de ella, el que ahora adivinaba que terminó siendo peor, mucho más fuerte que observar. Experimenté en ese instante el nacimiento de otra imaginación, la perspectiva de la imaginación. Años después me daría cuenta que esa imaginación nueva se convertiría en el arma favorita del monstruo que acababa de ver la luz -la luz del día desvaneciendose en un atardecer que nunca más olvidaría-. confuso y poderoso la rozaba y ella, risueña y angel, sin saberlo me obligaba a hacer algo que no sabía qué era.

Entonces le demostré que excelente nadador era, cuan alto podía saltar desde el borde, lo bien que salpicaba mi bomba humana, mi asombrosa mortal, mi capacidad de buceo y ella reía. Reía. Brotaba mi confianza: hice chistes soberbios, me peiné como mis mejores peinados, le mostré mis músculos gigantes de chico de 12 años, y hasta le encontré dos hebillas rosas en el fondo más profundo. Ese día la mejor mortal de mi vida. Nunca más pude repetir esa pirueta perfecta en el aire, nunca más tuve una testigo tan lujosa, tan preciosa.
Salté, corrí, nadé a gran velocidad. buceé, reí, canté y fui el mejor yo de todos que podía ser. Y como siempre, y como aín lo sigo haciendo, tardé. Tardé mucho en darme cuenta de lo obvio. Lo que esa preciosa muñeca de ojos redondos y su españolisimo pelo azabache quería era un beso. Sólo un beso.

Hasta

Sos el espacio, la forma, la ilusión que desparrama mi cuerpo.
La bolsa que junta mis partes,
la inconclusa sensación de asomarse al infinito que había olvidado y que a la vez
desconocía

Sos el arco de tu espalda, el marco de mi duda,
una delicada pieza de detalles que te hacen diferente.
Bálsamo, placebo, el agua del desierto, la lluvia que sorprende,
o simplemente la nada.
La manera más dulce de no ser nada y de enseñarme a serlo.

Sos la recta, la parábola más perfecta, la sorpresa en el cemento,
una pequeña estrella en un camino de disfraces.
No me hables, no me cuentes,
no le pongas nombre a nuestras cosas.
Siente excesos.
Enseñame a mostrarte
lo mejor del regalo
que me animaría a darte.

Tiempo de vertigo, piedras al vidrio,
tacto al más ardido pensamiento.
La vista en la mira,
ojos a punto de todo.
Excita perderse.
Lee en mis labios si tiemblo o me río,
nunca voy a saber cómo decirtelo

Sos un sueño sin nombre, estigma entre limites, 1000 noches de luna azul.
Te acomodo en la lluvia.
Hay espacios vacios en cada uno de nosotros.
No me pongas a prueba
La incognita más enorme
es saber hasta donde vivir.

Complice

La luz apagada, la tele apagada, el equipo sonando apenas. La sala iluminada ocre, la ventana regalando un trozo de la noche y una parte de la calle. Titila el verde del reloj y el silencio de tus cosas desparramadas, al tacto sobre la mesa. Hay cuadernos abiertos y un vaso dulce y vacio. El mate frío, la pava olvidada. Migas.
Quiero entrar, leer, escucharte caminar rozando las maderas viejas de los muebles que no son tuyos. Secretos de paso que jamás entendería. Tus fotos riéndose. La paz de entrar y caminar en medias entre tus cosas.
Tirarme en el sillón y ver tu cuerpo libre desafiar los contornos de la vida y tus ojos brillar en la oscuridad, yendo a una de las heladeras. No me viste. No me veas.
Quiero entrar y verte volver de la cocina a la cama. Ya la luz te bañó de blanco y el papel del alfajor quedará ahí en la mesada hasta la mañana siguiente. En silencio volvés. Tus pasos murmuran corrientes de aire y no me viste. No me viste.
Quiero entrar y verte escurrirte ente las sábanas. Brillan tus ojos abiertos. El verano empezó a seguirte y entrará por tu ventana la semana entrante. Ahora la brisa mece las cortinas y te moves despacio buscando con la piel acomordarte en la posición anterior al insomnio. Pero no es insomnio, soy yo. Ya no invites al sueño. Vendrá.
Quiero entrar y verte. A tiempo, un segundo antes de dormir. La paz del mundo necesita tanto de vos. Tu cara es un espectáculo que siempre quise presenciar. No hay tensión en tus músculos, no hay tensión en las horas nocturnas que te velan.
Entonces me levanto y desde la puerta comienzo a pensarte mientras me voy. El ruido de mis pasos produce eco en el pasillo mientras me acompañan a la calle. En la calle camino errático pisando adoquines cómplices. La noche, dos cuadras más allá, y la lluvia sorpresiva, me despiertan. Quién sabe dormir sólo para soñar un mismo sueño una vez más?

sabes

Sabés qué es estallar?
Sabés siempre lo que estás haciendo?
Sabés siempre qué decir?
Aprendiste la palabra 'cuando' demasiado tarde y ahora no hacés más que entrar cuando la fiesta terminó?

Sabés qué es la inanición?
Sabés qué tiene que ver con tu piel?
Sabés por qué la inercia te persigue como si alguna vez le hubieras quitado una astilla de la planta de su pié?

Sabés qué genera tus sonrisas?
Sabés por qué no hacés más que cuidarlas?
Sabés quien te roba las caricias y por qué se parecen tanto a un vaso de whisky?
Sabés quién vive en la puerta de tu casa (abandonada)?

Sabés qué es eterno y quién efímero?
Sabés por qué todo está al revés?
Sabés qué es piedad y qué olvido, qué es esa yaga en el fondo de tus ojos?
Sabés por qué es imposible no llorar?

El egoísmo también
puede
ser
dulce.

Retarte

Retarte a ser más-
tu espalda es así
prometo olvidarte
cuando me aleje de mí.

La esquina se agranda si pasas
voy hasta ahí si necesito guerra
y a pensarte si necesito paz.

Te dí más de lo que quería más-
mi tiempo de pensar en vos
y eso adentro que no se acomodar.

Retarte, susurrar
recordarme dulce
y volver a olvidar.

Se que hoy no vas a escucharme
pero igual te hablo
y te busco en mi oscuridad
y en estas llamas que apuntan al mar.

No tengo dedos ya
voy a cortarlos y a quemarlos
antes de llamar.

(In)gravedad

Jardines distantes,
es tiempo de crecer
cuando sabes
que las mesetas son inevitables.

Cuesta abajo
es tan dificil no temerle,
Fracasos amigos
verlos, atravesarlos.

Es una decisión
dejar la euforia atenuarse
Cuánto sabes
de todo eso que no está bien.

Atarte a un globo
y dejarte volar
Quién puede querer más que eso.

Subirte a la cima
y dejarte planear
Alguien no es feliz
retardando la caída?

Los golpes son monedas
y el brillo siempre atrae fieras
Hay magnetismo en irse,
ronda la casa un coyote ingravido.

Jardines se anegan
y el agua atrae el sociego
El burgués ya vivió
y a mi me cuesta dejar de hacerlo.

lote

Nada de lo que te haya matado es simple
Es sencilla la respuesta a todo
Nada debería pensarse tanto.

Te veo a los ojos
y espero la respuesta
que yo no se darme
y que nunca me preguntaría.

Nada por lo que hayas sangrado es simple
Es tán fácil que te sorprendería saberlo
Nada llega demasiado tarde

Te siento quebrarte
y reir para adentro
Idearte y preguntarme
qué más necesitaría

Vos en angel
Vos en dulce
Vos en vivo
Vos en conjunto
Vos en verte
reir.

Yo se que nunca
y que siempre también.
te sorpenderías mañana pensaando en mí.
Yo se que todo se acaba
como se acabará nuestra droga.
Pero es tán delicioso disfrutar(lo)te.

retornable

La sonrisa que me regalaste
no voy a devolvertela

Te revolcas en la cama un segundo antes del sol
voy por agua y escucho tu voz en el arroyo
Aprenderemos la forma de reconciliarnos con nuestros fantasmas
y me decis con la copa en la mano
las cosas ricas que tus ojos murmuran,
17 temas y un tinto añejado.

El baño murmura tu olor esmeralda
tu cuerpo caliente y difuso tras la cortina invita a ser salvaje
Me gustaría ser de tu misma raza para tocarte
Tus manos queman mi piel nocurna.

Nuestro beso es un lago
donde me hundo a buscar
cuando no estás.
El café está listo y el gato en la ventan vino a despedirse
A la noche te esperará en la puerta sigiloso
cuando entres pensando en otra cosa,
escoltada por esa sonrisa tan tuya,
ya sin perfume (otra cosa que me niego a devolverte)
y con gusto a bar entre sus delicados labios (devolverlos? ilusa...)

Tan nena, tan profunda...

La toalla te viste de verano
y el sol volverá a mojarte apenas pises en segundos la calle.
Te miro mirarme en el espejo y no te alarma que no haya reflejo
y es cierto porque no estoy
Y no te veo vestirte liviana, pintarte fresca, peinarte simple.
No te veo cantar Sabina, mirar la hora en el celular, ver el día desde la ventana.
No te veo en el pasillo raudo, en el pallier de espejos, espiarme a tiempo
y espiar tu reflejo, hermosa,
antes de ganar la calle
y dejarme ahí,
con el gato
esperandote hasta la noche.

sueña

Te sueña el beso
que aún en sueños te cuesta dar
Te toca el aire
que aún en el suelo nos regala volar
Te escucha el viento
te escucha el viento que vimos espiar.

Te siente el tacto
de una mesa de vidrio
de una cena a punto de comenzar.
Te espera el vilo
de una noche en puntas de un pié que desnudas
Te escucha el murmullo
te escucha el murmullo de un alma a contramano
el alma a contraluz atrapar.

Te espero
y espero esperarte
Nunca encontré algo mejor que hacer
Te busco entre libros
y quise definirte
y nuca encontre nada parecido a quererte
parecido a lo imposible
parecido a vos

pareciera

Al fin entró el calor por la ventana cerrada de tu habitación
No olvides que hay humo en el fondo de cada corazón.

Al fin mermó el fulgor y veo tus ojos
lo reales y hermosos que son.
No es fácil llevar a puerto un crucero ciego.

Al fín salí del sol
corrí tanto tiempo esperando una sombra
y ver algo vivo que se pareciera a vos
y aún no se de estrellas con corazón.

Al fín me dí cuenta que no existe vida sin fuerza,
no nada nada sin una razón.
Que el silencio es amigo
pero no conviene hacerlo enojar.

Que suelo perderte cuando llegan las nubes
que vuelvo tán pronto
como se incendia mi caparazón,
que hay un cielo asesino
y que solo hay sangre buena donde todavía hay vida

dexcreo

Tengo miedo que vuelva el dolor que vos obligaste a retroceder
No se porque tengo que confiar en vos
No se si es verdad que soltando la balsa que me salvó
no voy a volver a hundirme.

Tengo cien lágrimas a punto de llorarte
pero es lo único que no quiero me veas hacer
Tengo el gusto de tus labios
y el buén gusto de invocarte

Sumergido
aleatoria
un montón de esquirlas.

Ir bebiendo lo debido
busco el tiempo para añejarte
y me pregunto que pudimos
haber
sido.
Tengo el miedo y te creo
pero se que el dolor volverá a buscarme
cuando vea que se fué quien lo obligó a retroceder

odiarte

me despierto en el albor de tus ojos
por ellos te conté del gato que mira para arriba y no me creíste.
tu recuerdo invade con tu mar tan suave
mi castillo frágil de cada día

entonces me ahogo en vos
entonces me baño en vos

tengo que olvidarte
sacarte el traje imantado con el que te vestí
bajarte a piedrazos
odiarte
y después de odiarte
odiarte desde más lejos.

Voy a romper el vitró de tu catedral
voy a llorar espuma y hundirme en las lagrimas del verano
voy a operare de mi cabeza
y a convertirte en un traspirado vaso lleno.

dinámica

si te vieras desde que te vi
si supieras solamente desde acá
si pudiera dejarte a un lado y seguir desnudo

si entendieras el poder de tu reflejo
en la pared que rasguñé
desde que te vi
si de tanto verte te vieras como te vi
si de tanto angel, tanta delicia
tanto trajiste, tanto te vi sin fin

si entendieras la dinámica de la magia
el miedo mio también entendería
miedo a que no me veas
miedo a no verte mas
miedo a volver a serlo
miedo a que volvamos atrás

miedo al precipicio
un punto lejano
algo hermoso que se aleja
se va achicando
se convierte en memoria
en sensación
en algo que vieras
desde que te ví.

Ninguno

Ni la gorda con cara de buena con su fino saco de hilo blanco, ni el pibe que duerme en el asiento de al lado y se agarra fuerte de su mochila urbana, ni los cinco tipos y las ocho mujeres que miran su celular de brillo azul como quien mira a una lámpara de la que debería brotar un genio generoso, ni las dos amigas que hablan y gesticulan y se miran a los ojos (yo no las escucho, veo sus muecas de asombro y el interés que ponen en sus palabras), ni la vieja con las bolsas del supermercado atadas con suma prolijidad, ni el gordo que cabecea hacia delante cada vez que el sueño intermitente lo vence, ni la nena que pasa vendiendo placas de stickers, ni el hombre con pinta de prolijo empresario que lee un pesado libro técnico, ni el flaco que apoya contra la puerta su vieja mochila de Callejeros, ni el que agradece a Dios por todo lo que ni él ni nosotros le damos, ni el paraguayo con la camiseta de Libertad, ni la nena que mira aburrida por la sucia y rayada ventanilla, ni la chica que bosteza y cambia a cada rato de radio en su mp3 escondido, ni las sombras difusas en el vagón de atrás, ni el humo hermanado que se escapa del bullicio del furgón de adelante, ni las risas anchas que los cuatro obreros le dedican al truco, ni la mina que pasa y deja un surco con su perfume que por suerte no es el tuyo, ni el chancho picaboletos, ni el cana, ni el ciego con su latita, ni el vendedor de mentoplú, ni el diariero, ni nadie. No. Nadie. Ninguno sabe de vos y de mí. Ninguno sabe lo que te quiero. Ninguno sabe que ya no estás y que quiero morirme. Ninguno sabe.

alejarse

La noche y la ruta se inventaron en el mismo instante. La misma línea blanca, las estrellas inalcanzables, el destino inalcanzable, los elementos que confabulan en esta huída. Estoy tan solo, y la radio me escupe más recuerdos de los que puedo esquivar. Quizás debí haber escuchado, quizás uno se cansa de escuchar. Con el tanque lleno el auto se ha vuelto un monótono esclavo, y las horas, esas que tenían sentido mientras no se había hecho tarde, ahora son solo cosquillas y un leve dolor en la espalda.
Pensé que iba a llorarte, pensé que iba a extrañarte. Pensé tanto que estoy tan harto. Lo mejor es el rumbo y perderse, la distancia, y pensar que lo peor está atrás y que acelerando uno lograr ir mejorando. Ni pienso en llorarte, pienso en un cuarto de hotel y en un vaso de whisky y seguir agrandando la distancia.
La ruta no tiene curvas, la ruta no tiene peligro, la ruta no tiene tu olor, la ruta te lleva y no va a traerte de vuelta, la ruta no entiende de traiciones, ni de dolor. La ruta es una estúpida esperanza en la vida de los perdedores. La luna acompaña pero no se deja ver, las estrellas empuñan mensajes inútiles. No se leerlos. No pienso en nada, solo en acelerar. La noche se estira, en mi cabeza hay sedientos espacios vacíos. Es a eso que le temo. Harto, aburrido, ofuscado. La rutina es un certero ataque a mi corazón. Los latidos descendieron, los oigo chirriar, arrastrándose deshidratados y mirándome con reproche por haberlos dejado congelarse.
Abro la ventanilla y saco mi cabeza. La música se hizo confusa, dejo volar mi cigarrillo y lo veo rebotar en el retrovisor y el asfalto, naranja de chispas, saltando agonizante pero contento de haberse alejado de mi. Parece como si todo lo que necesitara revivir decidiera alejarse, dejarme. El viento me arranca lagrimas, trato de gritar y la boca se me llena de aire. Manejo adelante mirando ciego como todo lo que sigue es igual a lo que ya pasó. Tu nombre en mi grito se desdibuja y suena como la música, distinto. Hermosamente distinto. Hay sombras y no acechan, hay caminos y no son para perderse, hay nuevas puertas y no hay culpa. Allá a donde voy la culpa no es todo, no es todo. La noche y la ruta se inventaron en el mismo instante. Y las soluciones pueden también llegar a tiempo.

Añadiendo

Esta ternura y las manos libres, dice todavía Lucas en boca del belga. Qué me espera todavía. Cuánta inclemencia para alguien que no puede con su ansiedad. Y me río ironías aparte: yo que creía que las palabras me alcanzaban. Ofuscado, ternura, dulzura. No tengo más que darte las gracias. Y sin embargo (irónica la vida) tengo tanto para darte. Y te gustaría tanto, tanto.
Soy tan suave dijiste. Qué paredes ásperas tendrá tu casa, qué pieles viles te habrás topado para decir semejante parcialidad. No importa, a mi me encantan tus halagos. Desdichas o conveniencias. Suerte y verdad. Elegí el camino más corto y mostrándote mi cobardía me escondí entre lo que me acompaña, y desde hace rato te espío sin saber que cara pondría si me descubren tus ojos. Perdón, gracias, por favor. Qué más. No vas a conocer alguien tan correcto nunca. No vas a conocer alguien tan ambiguo, débil y orgulloso. Si nací para amarte, alguien me tiró a la tierra antes para ponerme a prueba y ahora, hoy, mi terrible lógica pura me puso de espaldas y me alejó de la vida con feedback y del retorno a la generación que no es mía, y que es tuya y que es tan enérgica.
Fascinado y vencido sigo adelante. El camino es más fácil con el fruto de mi carne bajo mi responsabilidad y él es mi cometido. Y me conforma eso sí habértelo confesado. Su felicidad y mi falta de arrojo. Su reír cada mañana me colma. Colma, ahora que lo pienso, esa sería otra palabra que me podrías haber enseñado. Pero entonces Ternura. Y después, más adelante, Ofuscado. Y además Perturba, y después tus ojos de gato. Y el perfil resoplando y de costado, espiando, mejilla a mejilla, como si las caras no cupieran en un mundo que no nos dio una palabra para definirnos. Soplidos sí, como la película, ¿recordas? Ese fue el detalle que me mostró tu humor sanador, necesario.
Qué me falta. Ah, sí. Y la risa, y los recuerdos. Fumamos sobre escritorios, nos escondimos del mundo, desafiamos las leyes, contradecir lo que recomiendan, y la muestra de arte, seguro te acordás, y escucharnos tantas veces el uno al otro nuestros latidos incitados. Me late dijiste. Me siento mas fuerte, mas libre te dije. La libertad es lo mejor que me diste, nunca te lo dije seguro. Espero no la reclames nunca. Que pena es no saber encajar, que pena es no poder reír todavía. Pero ya vendrá, ya vendrá.
No es Jack Daniels, es púrpura o inquieto lo que tomo, el vaso traspirado. No se ni lo que digo cuando tomo en el vaso grande. El vidrio se escarcha, el tiempo se derrite como el hielo que recién estaba y ya no. Me hubiera gustado un hermano que me contara de los abismos. Me hubiera gustado ser otro yo. O menos exigente con el ser tan estúpido y sensible que me tocó ser.
Un auto estaciona en tu puerta y tiene los vidrios negros y automáticos, y la libertad que yo no pude sacar de una galera gastada y ofrecértela cada vez que la necesitabas. Sos demasiado perfecto pero te quiero en las cosas simples. Llorarte sería estúpido. Me pelearía con el mundo por vos me dijiste. Y yo tan mínimo, tan poco. Que mal me sentí. Merecer no es mi mejor perfil. A quién voy a culpar ahora ¿El tipo se me parece? ¿Importa? Algo sí. Orgullo no me falta. Tengo una pregunta: qué hará el tiempo con nuestras esculturas efímeras que desde hoy subimos al estante más alto del placard. Compartiré con la camiseta de fútbol y el polvo de años una vista privilegiada de tu cama y unos recuerdos incompletos. Y dejaré el tango antes que se me acaben las reservas y termine por devorarme a mi mismo. Sabes cómo son esos viejos.
Ahora es tiempo de espacios, de correr los muebles, de acomodar los libros que convoquen espíritus contemplativos y generosos. Llegó la solución que esperábamos. Ya no tenemos el problema. Aunque me fascinó escucharte decir: tenemos un problema, hermoso. Ahora que se que te amo, que te siento carne, que te imploro ayuda, tengo en mi mano el numero que me falta marcar. Me falta uno. Y no voy a llamarte. Pero ¿sabes que dijo Julio mientras tanto? Y que el placer que juntos inventamos sea otro signo de la libertad.

Uniforme

Es logicamente imposible. Sin embargo tanto se parece, tanto se esfuerzan esos ojos por ser sus ojos que al final, en ese increible lugar donde la implacable certeza no llega, en ese rincón donde todo tiene su oportunidad, ella termina siendo ella. Es imposible entonces que no sea. Definitivamente ella es ella.
Por un momento dudó y quizás si continúa pensando tan racionamente volverá a hacerlo y hasta es probable que deje de mirarla como lo está haciendo y se dé media vuelta y se pierda entre la gente - los demás - sumido en un incendio de verguenza, pero a la vez esa incognita, ese regreso del pasado sacudiendole las persianas del hastío hará mella en su tarde, en el resto de esa tarde libre, alfin libre.
No es tiempo para dudas, pez que duda se lo lleva la corriente, él crée recordar el dicho de esa manera. No importa, la idea es esa, se dice y vuelve a mirarla mientras en el resto del mundo las cosas continúan sucediendo: como por ejemplo que aún no ha cortado el semaforo, sigue verde para los autos, taxis y colectivos que aplastarían al osado que se les atreviera. Y eso es bueno - lo del semáforo - porque ella seguirá inmovil ahí, frente a él por unos seguntos más. Se levantarían apuestas si alguien los estuviera observando. Esa cara absorta, los ojos desmesurados, el rictus clásico de la sorpresa. Apostarían: le hablaría o no? se animará? Eso parece evaluar mientras la mira para que no desaparezca. Sin embargo ahora piensa en él, no en ella. Se animará a preguntarle? En un momento es un león con la mira puesta en la presa y al segundo un témpano o un marmol. Igual de disimulado también. Lo que la duda puede hacernos...
El semáforo corta, de ambos lados de la avenida manchas de gente se derraman sobre el asfalto deglutiendo los rectangulos blancos de la senda peatonal con apuro, como si estuvieran por acabarse. Parece una carrera para ver quién llega primero a la mitad de la calle, el punto equidistante de ambas orillas ahora deformes de urgencia. Autos obedientes esperan dominando su impaciencia. Ella no se fué, ahí sigue. Vigila. Mira con cuidado, libreta en mano, el orden, reglas. Él tampoco ha avanzado, repetirá: seguro es ella, ella y su dulzura, ella a pesar de su cara endurecida, ella y su fragilidad a pesar de como se hace ver, ella y esa cuerpo que tembló entre sus sábanas y ahora viste uniforme. Tratará también de olerla, de rozarla en un descuido -quizas su piel recuerde mejor-, de escuchar su voz, la voz que quedó grabada en él a pesar de los años -la voz es impermeable al olvido?-. Entonces sí estará seguro, entonces sí será ella porque así es él, hasta que no logre la coincidencia perfecta de las arista de aquella casi adolescente niña de ojos de sueño con esta mujer de mentiroso atuendo no pondrá las manos en el fuego por su memoria. y se preguntará: se irá diluyendo esa pasta gris para darle paso a la certeza, al marco indeleble de esta nueva ella y será al fín una verdad a secas, una verdad inesperada e ilógica pero una verdad que le quitó hastío a esos dias que sólo traían sucesos controlados, torpes?
Ríe ahora mirandola, ríe porque sabe que ella no lo verá reir, ríe parapetado. Ahora los separa el puesto de flores, baldes de rosas y fresias sin armar; ahora están más lejos y sin querer más cerca. Ella sentirá un bienestar indescifrable como si estuviera abriendo una carta con buenas noticias aunque varios años después, y en esa sensación se colará también el alivioy hasta la felicidad porque se ha hecho más grande, adulta, mujer, mujer que se ha superado y que tiene en ese bienestar el premio, al menos a flor de piel; y mira el puesto de flores que no había visto y ve colores, y olores, y todo ese extraño -y hermoso- fenómeno que la arrastra, la embarca en un paseo a su pasado, cosas viejas, dias especiales, como un aniversario, como una fecha propicia para un balance. No logra explicarse porqué de golpe está pensando en él. No se explica pero está bien. Y eso también le gusta -valor agregado a su bienestar-, ella tan lógica, tan estricta pensando en esa vieja locura, o no fué él una locura adolescente plagada de buenos momentos. Quizás así sean las cosas que no se planean pretenciosas.
Algo le pregunta la florista y él se sonroja mirandola de reojo, no a ella, la florista, a la chica de más allá. La florista que es jocosa y que ha quedado -y lo sabe- en medio de la linea de fuego vibra como si su cuerpo estuviera ocultando algo brillante que pugna por salir y no tiene ningún animo de ocultarlo. Habla fuerte, gesticula, busca cómplices y los halla: la conocen. Ay, Mirta, ustéd siempre igual, le dice un hombre de paso. Dos más se rien de las ocurrencias de la gorda. Hay algo. Mirta cuando vende, vende más que flores. El valor agregado que le dicen. El mismo valor agregado que el de la agente, que el de él, que el de todos. Flores simples se venden en cada esquina.
Él se vuelve sobre sus pasos acercandose a la agente, contento como con cientos de regalos para darle. La agente ríe, todavía sin verlo. Ha bajado la guardia y espera gustosa por la sorpresa que desde la mañana la venía amenazando.

Cédula

Inútil pretender llegar a un acuerdo, es algo preestablecido entre esas dos miradas, un destello como de guerra entablada, miradas camorreras, un desafío de agente férreo a infractor in fragantti, o infractora en este caso.
El Volkswagen calienta y no es el único, el Buenas Noches es frío, de manual, igual esa seña como inevitable de la mano derecha extendida, tocándose la sien con la punta de los dedos mayor e indice unidos; ella contesta sin mostrar los dientes, la ausencia de simpatía mete leña al conflicto, el festín del mal humor es palpable, en ella al menos. En él todo ronda dentro de los limites rutinarios del agente de tránsito. Las luces amarillas del piquete destellando le ponen una tensión a la escena quizás exagerada, es un control de rutina señorita, no se preocupe, necesito verificar la documentación, muy bien, la suya y la del vehículo, sirvasé oficial, la cédula también, gracias señorita. El gracias que murmura ante la ineludible hostilidad del sirvasé oficial lo sorprende al agente, no entiende porqué lo dijo, es su primer palabra insubordinada del día, la primera que se le escapa en el turno, un turno que comenzó con el sol del mediodía y aún abarcará todo el atardecer, la noche madurando. La somnolencia del regreso a casa de la masa trabajadora se esconde trás un susurro delicioso hecho de motores en procesión inversa a la matutina. El detalle le produce fastidio, es otro el ruido a la mañana, más violento, más ansioso, como infectado de obligaciones, un apuro para llegar a dónde no se quiere llegar. En cambio, así, volviendo, todo se vuelve más silencioso, un cadencia como tributo a la antesala de lo familiar, a la casa a la que se acerca.
Analía Morales, la foto no la favorece, es hermosa, no parece de 29, quizás 24 le daría. Sedan 2 puertas modelo reciente, papeles en regla, seguro, verificación técnica, todo. Sólo que debería conducir con lentes... Algo le dice el agente refiriéndose al detalle, mirándola a los ojos. Ella, en cambio, acude a su cita ineludible con el espejo retrovisor, se peina, se mira los dientes y no contesta. Ahora que la luz solar merma -el auto está detenido a la sombra de un jacarandá cuyas flores lilas -no celestes- cubren toda la luz del neón del alumbrado público- más notorio se hace el resplandor azul violaceo del tablero, y violaceos se ven los ojos distantes de la chica, Analía.
Usted sabrá disculpar la demora, se verificarán sus datos y enseguida quedará liberada, ah estoy detenida, nó en absoluto, es rutina, no se me asuste, no estoy asustada, permiso. En el segundo inmediato después del permiso del oficial, los estiletes de Analía abandonan el espejo retrovisor y agreden al agente con la vigorosa intensidad del que sabe manejar con destreza las armas con las que cuenta: solo le estoy pidiendo que se apure, (pausa,mirada ascendente y descendente, y otra vez ascendente), oficial. La señal de asentimiento del oficial no se parece a la que hubiera deseado emitir, una más profesional hubiera sido mejor, como demostrando autoridad, fuerza, superioridad en definitiva. No, sólo fue un dejo sumiso, un pedido de aprobación o algo así.
Analía, los ojos de Analía, al fín lo sueltan. Sin embargo, a pesar que su hombría pedía a gritos esa liberación, el hecho no le produce el alivio deseado. Ese soltarlo, esa apertura de tenazas de parte del iris pardo femenino, lo deja solo, bobo, impávido. ¿Qué hace la tierra después del paso del fuego? ¿Qué queda de la cosecha cuando las langostas ya se miran unas a otras satisfechas? El oficial mira a los otros: Venegas se rasca la panza en sentido de las agujas del reloj sentado en el capot de la patrulla, Juarez es una sombra con la vista fija en una mosca que vuela en círculos bajo el puente, Sobrado y Martinez miran con atención el paso cansino del tráfico, el otro Martinez -el capo- se acerca con paso de buey al dúo y algo dice, riéndose, masticando, moviendo el bigote de brocha con cierta elegancia. Los cinco lo ignoran por completo, qué ayuda puede necesitar Larrañaga, mirá el minazo que demoró, es vivo para elegir el muy guacho, además tiene un verso... Ya le va a encontrar algo para atemorizarla, la va a acorralar como a un pichón, y al final, distendiendo, vendrá la táctica del comprensivo, la confianza mutua, la compradora sonrisa de costado, casi oculta, casi exclusiva. Si lo conoceremos al Larrañaga...
Lo sorprende a él mismo esa necesidad de ayuda, así, desamparado, diezmado en una batalla despareja. La noche se hace larga, se hace goteo, repetición, adormecimiento progresivo. La luz del piquete, un redondo círculo amarillo destellando, baña las barreras de madera, el corredor, el par de patrullas, los conos repartidos formando un dibujo en el piso -obsesión del loco de Juarez, qué quilombo hizo la vez pasada cuando alguien se lo desarmó, hasta peló el fierro dispuesto a todo y lo tuvieron que cubrir todos-, mientras la lentitud repta y contagia. Solo le pido que se apure. A Esteban Larrañaga, caucásico, tez trigueña, 38 años, contextura fornida -oso viejo-, le costaba alcanzar el móvil policial y dejar a la demorada tanto como si tuviera la obligación de nadar hasta el auto atravesando un estanque repleto de cocodrilos. Sólo le pido que se apure, qué le pasa a ésta. ¿No sabe quién manda acá? Nadie le explicó, por lo visto. ¿Saberse linda la hace sentirse más fuerte? Con su reputación en juego acepta el reto. Se ajusta el cinturón como si cada una de sus dudas intentara penetrar en sus pantalones, y recompone enseguida su cara, sus facciones, su presencia. Los años de servicio siempre ayudan en esta tarea.
-Señora -adrede-, nos tomamos el tiempo necesario, tomá, ahí tenés, bomboncito, te lo dije no más, perra. Hermosa perra.
Pateando cocodrilos se aleja del VW cuyo amarillo estridente alcanza para lastimar cualquier vista, más cuando los faros de los autos de la autopista lo bañaban de reflejos como baldazos de luz. Algo pensaría, y pensar es bueno ahora que la perra lo largó, se dice. Se siente bien sin nadie que le mordisquée los trabajosos pensamientos. Tiene buena mano la perra, de alguna manera le borra lo que piensa, se lo ensucia.
Pensar, sí, el intento estaba en marcha, sin embargo hay un ahorro de esfuerzo gracias a la mano del pincel del destino. En el camino algo llama su atención, un detalle, y ese detalle que vió lo rescata de sus dudas casi como si hubiera ganado la grande y el premio fuera un cargamento de nuevas neuronas. Ese algo lo obliga a abofetearse por dentro, a volver junto a ella, ya mutado, ya de vuelta él, ya él dueño y señor de la voz de mando. Larrañaga y su sonrisa se asoman al lateral del auto y constatan la falla. Ese auto no puede transitar así, es un serio peligro para los demás, la perra tendrá al fín su aleccionador merecido.
Los demás continuan en la suya. Nada ha pasado y nada pasará. De golpe el tablero se reacomoda y por esas cosas de la lógica, un golpe es el responsable de esa reconstrucción. El oficial desanda pasos, rompe cráneos de cocodrilos y se acerca por detrás a Analía, ya vuelto, ya oficial de policía en serio. La cabellera espumosa, los hombros bañados y desnudos, el brazo abandonado, su codo asomado por la puerta de conductor, una mano sutil, una piel con pecas perfectas, asoladas. Con su actitud inmutable la chica espera. El codo ni se mueve.
-Haga lo que tenga que hacer, oficial.
-No puede circular así, su vehículo tien...
-Haga lo que tenga que hacer, oficial. Ya me escuchó. Seguro no viene a pedirme permiso.
-No.
Sólo no. No le sale más. Al menos pudo sostenerle la mirada antes que de volviera al retrovisor y se sumergiera en la nada, es ese espacio reservado para volar donde sólo vuelan las preciosas criaturas inalcanzables, las elegidas.
-Haga, oficial.
Segundo Golpe.
El oficial no se amedrenta. El abdomen abultado, las canas, el color del uniforme, el brillo lustroso de la placa, las dos V amarillas bordadas boca abajo en su hombro, la carrera, el arma. Todos los detalles están de su lado. Del de ella, sólo su belleza, esos ojos peligrosos, un cuerpo perfecto adivinado en la oscuridad de su butaca impecable. Poco para ganarle a él la pelea. Tiene agallas, eso no lo duda, pero es mujer y en ese detalle claudican todas las razones.
Mujer.
El oficial anota en un acta de infracción la patente del VW y se dirige al móvil. Los cocodrilos lo miran de reojo, murmurando. Quién ríe último, se dice y deja la frase trunca. Lo que se gesta, irrefrenable, convierte su sangre en chorros calientes y desbocados. Venas llenas, gordas, visión telescópica, sed de venganza. Si sus compañeros supieran lo estarían colmando de frases para tranquilizarlo, se referirían al caso como de una locura, mencionarían su carrera, el procedimiento, los sumarios, la perra, porque no valía la pena ponerse así, manojo de nervios; pero por dentro, él lo sabía, estarían pinchándolo, alentándolo, que la fuerza, que el respeto, que hay que exigir, hacerse respetar, que todos tienen que saber quién manda, y más si es una mujer, carajo, imagínen la vergüenza, los pasillos, los rumores, las risas...
El móvil destella azul, vacío, las puertas abiertas, la radio habla sola. La voz del oficial pide información con una frase en la que abundaban imperativos y huelgan artículos. Una voz impersonal contesta luego de unos segundos usando el mismo curioso idioma, luego un minuto silencioso y al fin la respuesta nítida. Toda la fuerza lo acompaña. El oficial, la claridad de la voz que le responde. No hay necesidad de chequeo alguno. Su mente se llena en parte iguales de satisfacción y sorpresa. La muy perra, su merecido, las felicitaciones, vehículo con pedido de captura, la cara que pondría, su cara intentando aguantar la carcajada, el arma sin seguro, el chaleco ajustado, adrenalina hermosa, cocodrilos colegas babeando de placer ante su paso decidido -ahora inevitablemente triunfal- como quién va a recibir una medalla, actuar rápido porque el tiempo no está para desperdiciarlo.
Si los golpes más fuertes son los que no se esperan, ese que está por recibir es un golpe fuerte.
Tercer golpe.
Camina y llega, decidido, voluminoso. Y es entonces cuando sus pies se cargan de aire y se despegan del piso con una potencia tal que parecen los propulsores de Astroboy. Los baldosones del asfalto pasan debajo de su vuelo con total naturalidad, las ramas del Jacarandá lo esperan para abrazarlo. Hay algo en el aire, un olor a promonición que se mezcla con un retorno a casa que ya nunca va a consumarse para él. A pesar del chaleco, del peso de los borcegos, de su propio cuerpo cercano a los cien kilos, Larrañaga vuela de espaldas y en su cara de tez picada, de bigotes gruesos, se dibuja la sonrisa premoldeada que en el umbral de la muerte, ese rebote fortuíto, se mezcla en partes iguales de sorpresa y gallardía.

Angel

- ... hay un ángel, te juro. Hoy lo vi. No te puedo contar mucho, lo vi rápido, medio de casualidad, había mucha gente. Ya sabés como está el andén a esa hora. Iba medio dormido, ya sé lo que pensás, igual te digo que no lo soñé, ni nada de eso. Estaba ahí, y en un segundo ya no. En serio Juli. Después sigo, esto ya se corta. Soy Lautar...
- De nuevo yo, no sé cuanta cinta tendrás. Voy a ser breve. El ángel, hace rato que lo vengo sintiendo. Es como una presencia. Un... algo. No sé cómo explicarte. Estoy más tranquilo ahora, recién vengo del bar de Tony, me tomé unos tragos. Venía loco, me entenderás. Dos solos, en serio. Lo que pasa es que no me aguantaba con tod...
- Se cortó. Ufa, cúando llegás a tu casa, me pudre hablar con la máquina, me hace sentir más loco. Fijate como es, el ángel digo, en el bar ni se apareció. Lo esperaba. Bah, yo digo "lo" esperaba pero en realidad no sé si decirle "lo esperaba" o "la esperaba". El hecho es que ni apareció. Viste cuando tenés la necesidad de hablar con alg...
- Sigo. Alguien a quien contarle tus cosas. Quizás por eso vino, como un deseo que pedí sin saberlo, aunque tiene su personalidad, lo habrás notado. No es dócil. Yo lo esperaba -voy a decirle así. Me parece que a un ángel le cabe más lo masculino, me suena mejor así que la ángel. Bueno ya estoy hablando boludeces, ya se corta, mejo...
- Te decía. Después me cansé y salí de lo del bar. Tony me preguntó algo, me hizo un par de bromas, se ve que por mi cara, ni cinco de bola le di. ¿Sabés lo que hice? Me fui hasta la estación. A esa hora, ya sin nadie, sería más fácil. No sabés lo oscuro que estaba, ni una luz. Los que sí andaban, como siempre, eran los guitarreros en el copetín...
-Nada, vos sabés que no lo vi. Lo sentía, te juro. Está acá, me dije. Era como sentirse vigilado, pero bien, tranquilo, no obsesivo ¿me entendés? No recaí, estoy feliz, entendeme, hacía rato que no me sentía tan protegido. Te conté de mis miedos, sabés de la medicación que tomo. O tomaba, porque no la estoy tomando. Te juro Julita, no lo cuent...
- En serio, no sabés como necesito hablar con vos. Sé que cortamos hace rato. Igual pasa por otro lado esto. De amigo a amigo, no todo el tiempo se andan apareciendo ángeles. ¿Sabés que lindo es? Te puedo hablar de su pelo lacio, brilloso, de su cutis terso, perfecto, de sus manos. Igual nada de eso es importante, lo más importante es...
- Se me corta en lo mejor siempre. En qué iba, ah, sí. El andén nada que ver con la mañana, vacío. Silencioso. Me decidí, caminé, lento, contando los pasos, de una punta a la otra, varias veces, hice ruido, pisé fuerte a propósito, carraspeé, tosí con ganas. Y nada. Sólo llamé la atención de los del copetín. Del ángel, ni rastros. Igual, yo, tranqu...
- Me dio ocupado recién. Volvió, dije. Basta de máquinas, al fin una voz humana. Ya ves, sigo en la misma, la ansiedad me hizo marcar mal o te llamó alguien más. ¿quién sería? Bueno, no importa. Sigo. Sabés el porqué de mi tranquilidad. Imaginaste alguna vez a este Lauti amigo tuyo caminando solo y a esa hora por la...
- Hola, la conclusión es certera. Estoy mucho mejor. Sigo, ahí no termina la historia. Me volvía para acá, pensé en llamarte desde los públicos del camino pero no tenía tantas monedas y no quería dejar la historia a medias. Bajé del andén, los cosos del copetín me miraban como si sus ojos fueran bolitas de acero y yo un electroimán. Despu...
- Sí, pasó más de hora desde el último llamado. No preguntes, me quedé en blanco, no recuerdo, como dormido, tal vez no esté tan bien como te dije. No le dés bol... importancia. No te quiero cargar con más, ya hiciste bastante por mi en otras épocas y no tenés obligación. Estoy aturdido, ¿sabés de qué me di cuenta hace un rato? No sé cómo n...
- No sé cómo no me había dado cuenta antes. Bueno, sí sé. El tema es que lo vi todo con claridad. Ese ángel, ese ángel terso y hermoso eras vos. Vos, me entendés. Tu yo no corporal. Y me traías un mensaje, un pedido. Al principio no entendí, pero ahora voy para ahí, ya sabes mi obligació...

Es todo, ahí se termina la cinta- dijo. Fue esa la única prueba que quería presentar ante ustedes. Me permito no agregar ningún comentario a lo que acaban de escuchar con total claridad, no lo creo necesario. Gracias. Señor Juez....

Tali

Tan rápido como pudo Tali bajó las escaleras. Como cocodrilos dormidos cada escalón se le escurría bajo sus zapatillas jadeantes. Atrás, los ruidos del pasillo la perseguían. Ecos. La puerta del aula 233, cerrada, guardaba a todos adentro. Todos, menos una. Murmullos se convertían en voces y voces en gritos. La noticia prosperaba eléctrica. Eso no se debía haber hecho, eso es una locura. Qué raro, una chica tan sana, tan callada, algo le habrá pasado, todos sabemos qué raros son sus padres, cómo la tratan. Tenemos que encontrarla, aleccionarla, el colegio tiene responsabilidad sobre ella, sobre su formación. Apresarla antes que haga una locura. Otra...
Tali vió la puerta abierta, la calle, la seguridad inflingida, el sol de la plaza, la tarde, la libertad, la voz de su interior, ya no volver. Por la ventana del aula, los que quedan, la ven correr, la llenan de palabras extrañas, de una baba dulce, un inédito respeto. Tali salió, Tali está curada. ¿Viste?, pudo hacerlo.

Diesel

Silbaban. Te juro, nunca había escuchado algo así. Entonces esta campana se rajó. ¿Qué querías? Sí, agarré el subte y a la mierda. Ahora subo los escalones, de dos en dos, de tres en tres. La remera se me llena de aire, la basura vuela, hay tanto viento. ¿Es eterna esta escalera? ¿Porqué tuviste que hacerlo?
Es una noche confusa, todo oscuro. Mi cabeza está demasiado enferma para pensar bien pero aún tengo claro lo del apuro, quiero decir, estoy corriendo y todavía sé porqué corro. Miro arriba, a la superficie, por entre mis pelos que cuelgan y bailan con ritmo de cumbia, subo, es cierto, pero es como si me faltaran horas para llegar arriba. El subte me dejó y se fué haciendo temblar los deditos de mis pies. Después, silencio, un silencio raro, como si alguien estuviera por atraparme.
Estación Pueyrredón. Ahora nadie sabe, corro, y es por eso que me miran, sólo porque corro y es raro ver correr así a una chica, pero yo sé correr, corro bien, no como otras. Eso sí, tengo que tranquilizarme, ellos no saben de vos, nadie sabe de vos. Corro y mis pechos saltan, me duelen, y estos escalones de mierda que no se terminan, y transpiro como loca, y no entiendo nada. Ya no quiero estar así, me jode, no me gusta fumar esa mierda, a mí dejame con el porro, es un poco más caro ya sé, pero hace rato somos amiguitos. Ahora, así colgada no sé cómo voy a hacer para llegar al diesel. Gotas de transpiración y voces que vienen de arriba se confunden con gritos, gritos de tipos raros que se mezclan con los tuyos dentro de mi cabeza, parezco loca, ya sé. Esta vez no te salvaste, lo presiento, apuesto lo que quieras, te oí gritar, caías, ruido a ropa pesada y ese cuerpo era tuyo, estoy segura, y los silbidos de las balas, y el loquito ése, el más pendejo, cueteando para todos lados. Corro más rápido ahora y no sé si es para que no me alcance la cana de mierda o tu recuerdo. La escalera termina, miro adelante y algo me espera, algo malo, y atrás la boca del subte con sus dientes filosos. No puedo esperarte, conozco cómo se comunican entre ellos, no soy tontita, cada vez son más, escapar, sí, escapar, cuanto antes, cuatro cuadras no es mucho, puedo hacerlo, el diesel, no sé, subirme y que me lleve a la mierda, seguir hasta que alguien me baje, nos baje. No me acostumbro a hablar de dos sin vos, sabés, pero ya no pude esperarte, perdoname, tuve que rajar. ¿Qué querés que haga ahora, boludo de mierda? Me pregunto quién carajo te calentó la cabeza, de dónde sacaste esa idea pelotuda, que va a ser fácil, que hay transa, que es zona liberada, dijiste, y nos salvamos, dijiste.
Y nos salvamos.
Mirá vos.
Piramos para Uruguay, a la concha de la lora y a empezar de nuevo. Iluso. Iluso y pelotudo. ¿Sabes cómo te van a llorar en la villa? No sé ahora quién les va a llevar lo que vos le llevabas, ni pensar quiero. Tengo una comparsa en la cabeza, me falta el aire. Te odio, y me lo repito seguido para sentirme mejor. Seguro, ahora ellos van a subir esas escaleras de ahí atrás, y me van a agarrar, y otra vez adentro y no puedo volver a entrar, ahí sí me suicido. Mis piernas quieren piedad, tengo en los oídos retumbando los cuetazos como si no pudieran salir de mi cabeza, rebotando de una pared a la otra, de un oído al otro. Claro, sí está vacío ahí dentro, dirías, y yo meta risa, tenés razón, pero adentro de la tuya tampoco hay mucho, de paso.
Te bajaron, sí, seguro, te escuché, mierda, ¿quién los llamó?, ¿justo hoy tenían que llegar tan rápido? Doblo la esquina, Pueyrredón y Corrientes, agarro Pueyrredón, la basura vuela, los gritos no son lo que pensaba, son vendedores. Dos viejos me señalan, se cruzan en mi camino, se ríen, los empujo, se burlan de mis tetas que saltan. Me quieren tocar. Una pareja mira zapatillas en una vidriera, por el precio, deberían estar en cajas fuertes más que en vidrieras, son como las Nike que vos les llevastes a los pibes. Las luces se apagan, los giles ponen candados, eligen llaves, atan cadenas, charlan, los miro a los ojos tratando de encontrar ahí algo que se parezca a la angustia que llevo pegada y no veo nada. Son caras cansadas, pero felices y me miran con lástima. Sí, no me preguntes cómo lo sé, así piensa mi cabeza, te juro, todo es negro. Debe ser la pasta, te dije, no me hagas fumar eso, pero vos, terco... Bueno, ya ves, la cagamos por no hacerme caso.
Los colectivos me aturden, alguien me putea como si lo hubiera asustado. Ni vos ni ellos me persiguen pero tengo en la punta de la cabeza una inundación, y tengo que llegar antes del cuelgue, si no ya fué. La comparsa que escuchaba, ahora cualquiera puede escucharla, ya no es sólo mía, golpea, golpea, se vuelca, el sonido rebalsa mi cabeza, se vuelca por mis ojos, por mis pestañas. Ya fué. Nos metimos en algo malo, los miro pero nadie se entera, alguien tendría que avisarles, están viniendo para llevarnos a todos.
Ya veo la estación, está sola y triste, parece mala con esas. paredes sucias, las columnas viejas, los huequitos llenos de murciélagos y ratas. Te odio. Tengo un miedo que me muero. Protegernos... Que diferente podría haber sido todo. El piso tiembla, hay nubes negras de calor, salen de las rejas del subte, se mueven de reja en reja, por el asfalto vuelan diarios rotos. No sabés cómo te odio nene, y sabés porqué te lo digo: no tenías derecho a dejarnos solos.
Ya fué, cruzo. A un tachero algo le pasa conmigo, y yo como si tuviera auriculares, no escucho, no veo, no coordino. De golpe miro mis piernas y veo un pulpo que me mira fijo con los ojitos así, chiquitos. Dos pibes meten alambre en un teléfono, los miro, me saludan, me conocen, cinco o seis mujeres anudan cartones, también me conocen. Lo primero que voy a hacer es hablar con los otros pibes, ellos saben todo, qué otra cosa querés que haga, no voy a ir a la cana, ni a preguntarles a esos otros giles, qué saben. ¿Mi casa? ¡Olvidate! Ojalá se mueran. A la villa tampoco voy a volver.
Todavía escucho esa cumbia maldita, nuestra cumbia, la cumbia que querías escuchar ese día. Suena tonto que en un lugar tan fino se escuche cumbia, pero ya sabés cómo son los ricos esos, ¿pero justo esa cumbia? Por más que me la trate de sacar de la cabeza, me suena y me suena, parece que me tragué un pasadiscos a monedas, te digo que soy capaz de gastarme cada moneda del bolsillo con tal de escucharla.
Va a llover. Se siente el olor a tierra mojada y las hormigas se chocan como tontas, ciegas y apuradas, es hermoso ese olor, tierra mojada, como allá, ¿te acordás? Me zumban los oídos, estás diciéndome algo, seguro, prevenirme, siempre estuviste ahí para cuidarme, es por los turros esos escondidos por acá, ¿no? Les siento el olor. Tengo recuerdos raros, locos, y escuchá porque sólo vos podés entenderlos: viernes a la madrugada, amanece, vamos borrachos pateando piedras al costado de la ruta, volviendo, la música del boliche retumba atrás, medio lejos ya, nos vamos, los oídos zumban por eso me acordé, tu mano juega con la mía, no te conocía así, digo tantos años de verte en la villa, las cosas que me decías cuando pasaba, guarangadas, de lejos, porque cuando pasaba por al lado y te miraba, bien que te hacías el boludo. Tu paso de cumbia, no sabés lo que me divierte verte bailar con ese paso tan raro que hacés, parecés una iguana, una iguana payasa. Te sentía a través de tus deditos, y hasta me dejaste en casa, caminamos como cincuenta cuadras entre casas de ricos, los buches nos miraban, no quería llegar nunca. No te puedo dejar así para que tu viejo te mate, me dijiste, sos chica negrita, mirate la pinta, no te los pongas en contra, ya cuando cumplas los 18 va a ser distinto. Sí, fijate, qué razón tenías, todavía no tengo 18 y ya hace más de dos años que no vivo más en casa, ni cinco me dan, ni les importaba que viniera ni que me fuera, ni que llegara borracha o colgada, ni que quedara preñada, ni que me lo sacara, ni que me hiciera puta, ni que afanara, ni que palmara. Qué te iba a andar contando esas cosas de la familia, vos, tan dulce y ellos tan mierda. Tenés razón, te dije, me acuerdo, caminemos un rato más, ya se me pasa, y se me doblaban las patas mientras te lo decía. Lo único que quería era estar más tiempo agarrada fuerte de tu mano y que me llevaras a donde sea, hasta donde lo lindo no se terminara nunca.
Caen las primeras gotas, son tan finitas, tan pobres que el viento ni las deja tocar el suelo. Cruzo otra calle sin mirar, total estoy jugada, la patrulla, enfrente, me miran, me persiguen con esas luces azules horribles, me hago la cansada, estoy cansada, camino, soy la más calmada del mundo, finjo, ¿entendés?. Ya fue, llego bien, faltan dos cuadras nada más, hago pasos más lentos, al revés de mi corazón que galopa, como loco está, me doy manija y me vuelve loca no poder parar. Sabés qué, me muero porque tus manos me agarren de sorpresa por atrás, y que me digas que corra, que no pare, que nos persiguen, que los tenemos casi encima, esos putos, que todo está bien igual, que hay que ser rápidos, y vivos, así sí nos salvamos, que te pesan las billeteras con olor a cuero de turista y a restaurant de rico, que vamos a comprar de todo con esa guita, pienso en polleras y pinturas nuevas, que qué boluda soy sí para Uruguay hay que agarrar para el otro lado, no importa, dale, seguí negrita, corramos, tomemos el diesel, vámonos a la recontramierda. Pero tus manos no aparecen.
Dale aparecé, dale, hermoso. ¿Dónde estás?
Por favor te lo pido, no me dejes sola...
No. Ni mi desesperación te trae, y me niego a mirar atrás, a darme vuelta. No siento tus pasos ruidosos, tus botas contra las baldosas y ese ruido que no escucho es una púa, un vidrio filoso cortándome la panza. Voy a vomitar, es por todas esas caras que me miran. Estoy ojeada. Casi empiezo a correr de nuevo, una alarma en mi pecho me lo pide, me lo ordena, me niego, hay dos cosas que me atan, esperarte -aunque no tenga sentido- y la cana, enfrente. Esperarte es la muerte y lo sé, pero soy media tontita. Problema tuyo si no creés en Gilda, yo sí. La ley ni se entera que corro por lo que corro, y además son todos gordos putos. Las líneas de las baldosas se me cruzan, no es una buena señal. Si voy a desmayarme que sea en el diesel por favor, sólo eso te pido, Gildita. El resto que sea lo que la Virgen mande. Se me aparecen mis hermanos con sólo pensarlos. Los veo, claro, a todos, al Lalo, al Ramón, a la Lilita, a la brujita petisa, veo sus caritas, esos ojos que me hablan, pobrecitos, ellos me dan fuerza ahora, esta fuerza, desde casa, de la calle, de donde estén, no sé cómo pero están. Sé que entendés, será la Virgen que nos mantiene unidos, Dios no nos dio padres pero nos recomendó a ella y yo, porque sé que es mi responsabilidad, les hablé a los cinco y los fui convenciendo, hablando, palabra a palabra, por lo menos tenemos algo, algo, alguien que nos cuida, en serio, y fueron muchas las cosas que pasamos, no hace falta que te cuente.
No aguanto más, la lluvia, los primeros gotones, las carreras de la gente, los toldos gordos golpeando con fuerza el aire, los truenos, los relámpagos al final de la avenida, el cielo rojo en honor a vos, por eso corro, corro y las palabras se me escapan solas de la boca, la gente me mira, no entienden a quién le hablo, tiro lo que tengo, el buzo, el collar, anillos, pulseritas, de golpe todo me pesa, no puedo cargarlo, me largo, me tiro a la avenida como si fuera la más linda y celeste pileta del mundo, un viento me zumba de golpe, cerca de mi cara y luego se va, así como si nada, apurado, viene otro viento, y otro más, ¿los vientos me esquivan? ¿el viento esquiva?, hablo con la Virgen, las líneas se cruzan y se pelean por guiar mis pasos, la lluvia ya me moja, ya es una lluvia respetable, ella no me esquiva y le doy gracias, por todas partes hay luces amarillas titilando, volcándose y convirtiéndose en largas rayas que terminan enredadas con las rayas de las baldosas, formando nudos raros que quedan tirados en el piso. Si te deja tranquilo, te miento y te digo que todo está bien, que me falta sólo llegar a la vereda, hacer media cuadra, entrar por el jol central de la estación y llegar al andén 7 a tiempo para subir al diesel. El tema es que ya no estoy tan segura que pueda mentirte, que sirva de algo mentirte. Se puso puto todo, ya fue, no importa, me tengo que acordar de lo tercos que somos y todo estará bien. Bien, bien, bien...
No sé Virgen Santa, disculpame, no sé si es tu voz o la mía, o son mis hermanos, o él que ya morió. La puta, qué acompañada estoy, y yo que tenía miedo de quedarme sola. ¡Cuidado!, alguien grita, algo debe pasar, si pudiera abrir más los ojos y ver, vos seguí así Virgen Santa que vamos bien, seguro se están dando cuenta, ¡era hora! Hay que matar a todos los mierdas esos y después todos al diesel, y a la concha de la lora, y que nos busquen si quieren. Tropiezo, debe ser el cordón eso duro y largo, mis tobillos se hunden de golpe, la lluvia ya es diluvio, casi llega al cordón, cosas chicas me golpean, bajo el agua, rebotan en mis pies y después siguen nadando. No te va a sonar bien esto, el piso se pone arriba de mi cabeza, más vientos me rozan, alguien me toma de las manos y me arrastra, me tira de cara a la alcantarilla, me resisto, pero no, me tira en la vereda y se queda mirándome como un veterinario mira a un perro callejero recién atropellado, una música suena bien cerca, hay parlantes pegados a mi oreja ¿o están adentro? y también me miran con un gran ojo plateado. "Hay algo irresistible tras esos ojitos tuyos", me dice una voz que escuché en la villa, y en la ruta, y a dos locos cantando borrachos. Ya no sé a quién creerle, el hombre que me arrastró también me habla, sus palabras son extrañas, sonidos sin sentido, me paro, trato de dejar de hablar o, aunque sea, de retomar el control de lo que digo, casi ya ni entiendo mis propias palabras. Gracias, quiero decir, y rajar, pero mi voz me da miedo, se parece cada vez más a... no sé a qué, ¿a un perro? ¿a la tierra? El olor a tierra ya es gusto a tierra, todo está mal, los de la gorra se acercan, todo se derrumba dentro mío, y hasta ese ruido siento, como a trueno, te juro, perdoname nene, perdón, tuve que rajar, Virgen Santa,
per
do
na
nos.
Es el jol, las luces altas, amarillas, las reconozco, las máquinas de boletos, los vendedores y los pungas, los tipos echados sobre el mostrador con callos en los codos, los baldosones rojos, el viejo del micrófono. ¡No puedo creerlo! No lo logré sola, estoy bien segurita, tropiezo cada tres pasos, parece a propósito, me despego del pecho la remera empapada, la verguenza me levanta calores, sombras oscuras me miran, parezco Jesucito cargando la cruz y ellos, los romanos que gritan, se ríen, y me escupen, me tocan. Perdón Vir... La lluvia golpea fuerte contra las chapas del techo y ya no escucho otra cosa, ahí se va mi único sentido sano, te odio, lo digo y no se por qué lo digo, lo grito, lo grito más alto que la lluvia, que las chapas, que mamáááááá, más fuerte que el brillo de las placas de los turros que me están mirando, los siento, por sobre los romanos, y los soldados, por sobre estas pobres rodillas que ya no me sostienen, y todas mis fuerzas se van con ese grito, se me dobla la espalda, el dolor es insoportable. Date cuenta, nene, cuando mucha gente te mira fijo y en silencio es que algo terrible te pasa.
Y algo terrible pasa, me doy cuenta que ya no hay ruidos, hasta la lluvia hace silencio. Decime mentirosa, si querés, pero te lo juro por la Virgen que para mí no es sorpresa, lo sabía, en serio, lo sabía, el agua sube, el piso se inunda, ¿vieron que algo estaba por pasar?, trato de decirles, pero ya no me escuchan, no me miran, todos, los romanos, la poli, los mirones, los de los callos, todos miran al otro lado, hacia la luz, ya no soy nadie para ellos. Es la Virgen, te lo dije. Llegó.

El viejo del micrófono dice que el tren está por salir, el motor del diesel es casi tan lindo como nuestra cumbia, y está despertando.

Y en el octavo, Dios creó las segundas oportunidades



La polaroid sobre la silla,un brillante truco de apariencias


Zahira levantó la mano de su esposo y la dejó caer sin cuidado. Su brazo se sacudió espasmódicamente como si estuviera repleto de gusanos, pero la cabeza siguió inerte, apoyada boca abajo contra el parquet como si nada. El acto le pareció gracioso y aprovechó para tomarlo como un póstumo pedido de disculpas. Despeinó con sus dedos, cariñosamente, los pelos enrulados de él y luego se puso de pie. Ambas rodillas le crujieron. Así, el panorama resultaba aún más aterrador: vajilla rota, un par de vasos de promoción de cerveza también, una botella marrón y vacía, y la olla, intacta y aún tibia. Todo en el piso. El mantel yacía arrastrado en una catarata alimenticia, la mesa ofrecía su cálida desnudez para el tacto perfecto de la mujer de la casa y la televisión, invisible con su cartel de silencio dibujado en la pantalla, estrenaba su obsoleto nuevo rol. Ferro y Platense empataban 0 a 0 y terminaba el partido.
Caminó varios pasos construyendo en su retina la imagen de la posición en la que había quedado el cuerpo de su marido y, sin saberlo, acertó bastante con la realidad. Rodeó la escena milagrosamente sin pisar la sangre del piso y se dirigió al otro extremo del amplio comedor. Buscó la ventana, corrió la cortina, la que quedaba prendida al barral, y se asomó a la oscura parte del barrio de Palermo que daba a su departamento. Todo sonaba a quietud esa noche, tan quieto y silencioso como de costumbre. El viento le rozó la cara con suavidad produciéndole una sensación agradable. A veces, no ver tiene sus privilegios, pensó y estiró su mano izquierda siguiendo con su tacto el contorno de la soga rugosa y firme que colgaba desde la terraza hasta su piso. El octavo. Bailoteaba pendular.
Sonrió pensando en lo que vendría luego. Adivinó una denuncia de algún vecino atento, primero la espera silenciosa, la rápida llegada de la solícita policía de Buenos Aires -¡Qué buenos son! Los mejores del mundo probablemente-, el bullicio de las ambulancias, el cuchichear de los curiosos, la voz nerviosa y calculada de algún cronista televisivo, y luego el impecable manto del olvido. Su esposo, tan violento y certero, dió en el blanco. Sólo un disparo y un cuerpo inerte cayó lentamente acariciando la pared donde había permanecido escondido. Imaginó la pared manchada de rojo como en las películas de hace tanto tiempo.
El botín que parecía tan fácil en la casa del hombre alcohólico y la mujer no vidente no lo había sido en realidad. En los ojos del visitante los peritos notarían esa sorpresa dibujada. Dos cuerpos sobre el parquet. Muertos. Una terrible tragedia. Dos tiros prácticamente simultáneos. Casi una de Tarantino. Uno arrastrando el mantel en su caída y el otro desprendiendo la cortina izquierda por su propio peso. Y Zahira en el medio en una desgarrante crisis nerviosa.
-Pobre, -iban a decir. -y además sin poder ver... Que desesperación. No? Imagínense...
-Mejor, -respondería alguien - para qué querés ver eso?
-Si, la verdad.
Un excelente truco. El mejor de su vida. Su morada boca disimulada, sonreía. No siempre esta vida te da segundas oportunidades querida, pensó. El último tren a casa pasa sólo una vez.
"El hombre araña se llevó a mi esposo", una excelente historia para el noticiero del mediodía. Zahira llorando, desconsolada, y en su retina, el preciso instante en que dejaba en manos del ladrón muerto la 11.25 negra, caliente, brillante, hermosa, que había comprado esa misma mañana en el Once. Sin boleta.

Negro

-Pongámosle Mayra, sí ese es un lindo nombre. Mayra. El verdadero me propuse tantas veces olvidarlo que al final lo conseguí. Así que Mayra estará bien. A su cara le caería bien –dijo levantando una copa vacía brindando por el bautismo improvisado.
Los tres lo miramos hipnotizados. Lo conocíamos. Caía de tanto en tanto por el bar y nos buscaba, sabía que a cambio de sus historias obtendría una paga en ginebra o en lo que eligiera. Tendría unos sesenta años, o unos cincuenta muy mal llevados y yo me inclinaba más por eso. Su atuendo –el mismo cada vez- consistía en un traje negro arratonado, una camisa blanca, ninguna corbata y un sobretodo gris, oscuro. Me contagiaba una sensación rancia por el polvo acumulado en años. Sus zapatos brillaban a pesar de verse agrietados y percudidos. Por lo visto le interesaban, seguro los apreciaba. A todos nos sucede lo mismo con algo de nuestro guardarropa. El modelo se completaba con un sombrero viejo, extraño y ridículo, estilo gángster del veinte que, sin embargo, al tipo le sentaba bien. Un inconfundible.
Julio Retamosa, el dueño del bar, uno de los tres dueños, decía siempre que el tipo –el borracho fabulador- debía ser escritor o algo así y que nos usaba de probadores para sus historias. El tipo o era un capo o estaba loco, porque casi nunca contaba nada de su vida personal, y las pocas veces que lo hacía constantemente se contradecía –adrede, seguro- despistando o haciendo dudar si era Luque o Laprida, Juan o Mario, como había dicho; si se dedicaba a la apicultura o si levantaba cartones y chatarra, como un par habían escuchado de sus propios labios, según decían. Algunas veces teníamos tantos datos contradictorios que, en definitiva, no teníamos nada, y otras tantas tan poco que al final, los rumores y las confusiones lo infectaban todo.
-... y hablando de su cara... –acotó mientras se acomodaba en la silla ruidosa pero confortable a fuerza de años. –era hermosa, y digo "era" no porque haya fallecido sino porque desde hace un tiempo prefiero no recordarla como algo alcanzable. Por eso para mí no existe. Es como si Dios se hubiera llevado ese ángel. Ustedes, amigos, sabrán comprender...
Parecía emocionado, pero yo, siempre incrédulo, no le creí; en parte porque, además de buen narrador, lo veía con excelentes dotes de actor.
-Tenía los ojos verdes más hermosos que ví en mi vida. Esos que te hacen cosquillas cuando te miran. Inútil mirar hacia otro lado o hacerse el tonto. Cuando esos ojos te buscan ya no hay salida. Y ya lo saben, si algo importa más que tu vida... Mozo! Ginebrita... –dijo gritando y aniquilando el clima y el hilo de la historia empezada. Pero, como las putas, primero el billete después el premio. Mientras esperaba con una moneda talló con toda paciencia un prolijo asterisco en la madera de la mesa y recién continuó con su historia cuando Julio llegó con la ginebrita apoyada en la bandeja redonda de acero inoxidable.
-Gracias, mozo. Como les decía, Mayra, eh... Mayra era, ¿no? –sin esperar respuesta continuó. -tenía además de esos ojos de praderas soleadas y de un cuerpo bien femenino, un perro, un enorme perro negro. Guardián y mal humorado, dos cualidades bien antipáticas para un perro. También fuerte, desconfiado, leal, y últimamente, bastante enfermo.
»Negro, bautizado con ese guiño creativo, vivía su ocaso y eso Mayra lo sabía. Varias veces escuché de sus labios lo mal que lo veía. Negro era SU perro, suyo desde siempre. Lo cierto que esa mañana, casi mediodía, hacía todo el calor posible que se pueda juntar en un solo lugar. Las líneas negras de la calle crecían derramándose unas sobre otras en una orgía obscena y azabache. Sobre el asfalto una capa transparente y líquida como un espejismo, se arrastraba hasta donde alcanzaba la vista. Al barrio, lánguido, lo invadía una extraña quietud. En su silencio desacostumbrado la gente se ocultaba, esquivando paseos y compras, escondiéndose puertas adentro, economizando brisas, mesurando esfuerzos, respirando bien hondo. ¡Que difícil se hacía respirar en medio de ese termómetro enrojecido!
»Con la primera claridad en su vigilia Mayra se dió cuenta que no había dormido en su cama, y en ese confundido navegar que es alejarse del sueño, los músculos de la espalda confirmaron su presunción. Su cama de plaza y media seguía intacta en su habitación, mofándose, y no cabía duda: el sillón se había vengado de ella. Vagamente, recordó la película de la noche anterior, la trama, dos o tres situaciones, un beso, una persecución, y al final una baba hecha de dulces y sombras lo engullía todo.
»Trató de enderezarse, de sentarse, con sumo cuidado, lentamente, pero a su cuello no le gustó la idea y una ráfaga eléctrica le sacudió su borrachera de modorra. Tenía el control remoto sobre la mesa ratona a su lado, y con él intentó encender el equipo. Poner un poco la radio ayudaría, pero la radio no se encendió. Fijó la vista en ese complicado rectángulo repleto de botones de goma que tenía en su mano y no logró reconocerlo. Al costado, sobre el vidrio marcado con anillos olímpicos secos y grises, a centímetros de donde había tomado ese control, había otro. La chispa encendió la mecha, y ésta llegó a su cerebro explotando en lucidez: control incorrecto. Lo cambió, dejando el de la tele entre un vaso y una Coca casi vacía, y logró el objetivo. Un desparramo de luces verdes, naranjas y blancas le dieron paso a un tema, ella me dijo de Dire Straits."
Cualquiera podría ver a Mayra poniéndose de pie, la imagen era fuerte y eso que no soy un tipo de mucha imaginación. Continué prestándole atención al borracho fabulador.
-Al coraje le sucedió la tensión, luego el dolor, después un leve mareo y, por último, una bocanada de calor tórrido, casi sacrílego, como una bofetada. Por un segundo casi se dió por vencida, iba a dejarse caer, dormir de nuevo, por más que las once horas habían bastado y sobrado, pero su vejiga, a punto de explotar, la obligó al esfuerzo.
Carraspeó, pidió disculpas por la interrupción con algo de vergüenza, miró a su alrededor, tomó el sombrero que descansaba sobre la mesa al alcance de su diestra y continuó narrando mientras lo acariciaba como a un siamés.
-Cuando terminó, desde el umbral de la puerta, escrutó el panorama como si todo ese lío le resultara ajeno. Vió la sala desierta –toda la casa lo estaba-, vió el piso con pequeñas manchas de talco, vió pilas intrascendentes de revistas, vió tres vasos –los tres besados por un mismo lapiz labial- con restos de Coca Cola, vió papeles erráticos, vió ropa en placares paralelos, vió dos pares de zapatillas reebok, vió un plato vacío y sucio, y otro casi limpio, vió la infaltable botella –tres más había en la heladera-, vió las ventanas abiertas, vió la rigidez de las cortinas semitransparentes, vió el jardín y el pasto que debería cortar algún día antes de que su madre regrese –su lejana llamada le diría cuándo-, y esa imagen le sumó un poroto más al nefasto día que la esperaba.
» Con el hambre oculto todavía decidió que lo primero era una ducha. Entonces, dio media vuelta y se refugió bajo una lluvia de agua tibia que salía rebelde de la canilla del agua fría. Al rato, menos confundida, salió del baño, caminó hasta su pieza munida de dos toallas, una rodeando su cuerpo desnudo y húmedo, y otra en su cabeza como un turbante, cubriendo su pelo negro-dijo e hizo una pausa más, esta vez adrede a mi entender para generar suspenso y continuó, ahora hablando con la voz bien baja, casi inaudible.
» Fue desde su ventana que lo vió.
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» La puerta mosquitero se golpeó como siempre lo hacía, sin embargo, esta vez la sobresaltó. El sol la recibió con un abrazó sofocante robándole en un segundo toda la frescura que el baño le había proporcionado. Su piel se quejó mientras la transpiración le humedecía la remera turquesa que por azar se había puesto. Caminó hasta el patio trasero queriendo no confirmar lo que presentía pero no tuvo suerte. Negro no dormía, yacía muerto. De inmediato pensó en su madre, fue su primer pensamiento racional. Recordó que no llegaría con su auto, volviendo del trabajo como todos los días a las siete, y que no se sentaría con ella a merendar mirando la novela, y se sintió sola.
-Pero, hay algo que no entiendo... perdón... ¿puedo interrumpir? - pregunté.
-Sí, hombre, adelante. ¿Qué desea saber? - me contestó el relator.
-Todos, en un momento así, podemos levantar el teléfono y llamar a alguien para pedir ayuda. Más, si sos mujer. ¿No tenía al padre, al noviecito, a algún amigo?
-Déjeme continuar y va a entender.
» Quizás no deba decir "sola" porque no era así como se sentía. ¡Y claro, tenía su razón! No estaba sola, estaba acompañada. Había una presencia, ahí su jardín, caminando sobre los pastos altos que no había cortado, mirándola, implacable, invisible pero a la vez tan notoria e ineludible como todas esas cosas que no tienen un nombre. Parada entre ella y Negro, la presencia la desafiaba como quién sabe que nunca va a perder.
» ¿Hace falta que les diga cuánto miedo tenía? Si alguien hubiera visto esa carita, desbordada, casi nena de nuevo, me entendería. Mayra pensó en el teléfono, y su mente se inundó de números inútiles. Ni sus vecinos, ni sus amigas, ni su propia madre podrían hacer la tarea que ahora ella debía hacer. Ni siquiera ayudar. Negro era su responsabilidad y no iba a esquivarla. A la muerte hay que enterrarla, no temerle. Enfrentarla, según palabras de su padre –muerto eso sí- porque en su ronda, la que realiza luego de su irremediable acto, la muerte evalúa. Ve. Y a los débiles los suma a su lista de próximos. Entonces, tomó coraje, se ató tirante el pelo dejando la nuca al descubierto y atravesando la muerte se dirigió al galpón donde seguro encontraría una pala de punta.
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» Sus ojos tardaron en habituarse a las sombras del galpón. Ahí el calor crecía insoportable. Olía a rancio, a tierra seca y a un par de cosas indescifrables. Flashes rojos, turquesas y amarillos navegaron por su vista por unos largos segundos, luego las cosas comenzaron a tomar profundidad y formas concretas. Recordaba vagamente la pala y el lugar que debía ocupar pero no apostaría mucho por esa factibilidad. Dió unos pasos dentro del pequeño cuarto haciendo frente al mar que brotaba de su frente y soltó la puerta de hierro que de inmediato fue directo a golpearse contra la pared como siempre lo hacía. El cuadrado de sol dibujado en el piso desapareció de inmediato y
otra vez se sobresaltó, pese a lo cotidiano de ese ruido. ¿A qué le temía, a que mamá no estaba? Soy grandecita, se dijo, tratando por todos los medios de no darle vida a los fantasmas que le acariciaban las plantas de los pies. Esos que su padre había creado. Hermosa herencia de regalo.
» No había contrapiso en el galpón, sólo tierra. El desorden prevalecía gracias a decenas de porquerías inservibles que nadie se había tomado el tiempo de tirar. La cortadora de pasto la miraba desde un rincón con un aire de reproche. Un viejo sillón, muerto y destripado por arañazos de gato, ocupaba el rincón opuesto. Una pila de diarios viejos hacía equilibrio aún torcida como estaba, desafiando al piso y al frenético paso de los días. Una lámpara colgaba desnuda de tulipa, y nutrida de telas de arañas y bichitos muertos. El lugar, pese a estar repleto de herramientas de trabajo, no alentaba para nada a realizar ninguno.
» Mayra retiró una bolsa de arpillera, corrió un enorme hule negro y debajo –para su sorpresa- aparecieron tres palas, una con el mango roto y astillado, otra plana ancha y corta, y con terrones de tierra adheridos, y la restante: larga, filosa, casi sin uso. Su compañera de los próximos minutos. Agradecida con su suerte y con su memoria salió del galpón. El sol aún estaba ahí. Negro también.
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» El pozo comenzó a tomar forma justo cuando el sol lograba el punto máximo en el cielo celeste pleno. El jardín no tenía sombras sino diminutas manchas oscuras a los pies de las cosas. Ni siquiera el viejo eucalipto del fondo las proyectaba. Nada se movía. El cuadro del calor se pintaba con acuarelas intensas y tintas sofocantes. Una palada, otra palada, una palada más y gotas como lluvia mojando la tierra. Con cada intento le cimbraba el hombro, los pechos le dolían, pero el suelo solo mostraba rastros de pobres arañazos desesperados. El piso se resistía a la fuerza del hierro y a la poca de ella. No había caso, algo tendría que idear, antes de dislocarse.
» Fue hasta la heladera, la puerta volvió a golpearse, se sirvió Coca en un vaso de promoción de Coca y lo llenó de hielos bolita hasta que las burbujas de gas rebalsaron el borde y pintaron su terraza de un marrón claro, como un amarillo sucio. La intención era idear algo lejos del abrasador febo. Y en segundos lo logró. En la radio sonaba un viejo tema de Queen.
"¿Es éste el mundo que creamos? ¿Nosotros mismos lo hicimos? ¿Nosotros lo devastamos?"
-Qué raro, ¿qué radio será? – se dijo.
» De golpe, así de rápido como encontró la solución a su problema de rigidez, otra irrupción trepó por sus neuronas y una catarata de imágenes sepias, desdibujadas, hasta ese momento olvidadas llenaron su percepción con la misma frescura y determinación con la que la Coca había llenado el vaso. Era su padre, no cabía duda. Regresaba. Para qué fui al galpón de mierda ese. Fueron sus palabras, no mias. Lo cierto que los gérmenes de su mundo irreal comenzaban a filtrarse en su lógica logrando alterarla. Era estúpido, o al menos insensato, pensar al mundo en términos de fantasmas y duendes, pero así acostumbraba a hacerlo su progenitor. Su padre fue un tipo especial, no cabía duda alguna. Sin embargo, pese a su intensión, a Mayra más que interes, el asunto le trasmitía vergüenza ¿Podía hablar con sus amigas de esas creencias, de sus inclinaciones? No, seguro que no ¿Podía invitarlas a la casa tranquila? ¿Podían quedarse a dormir? No. A nadie le contó nunca de todo aquello y suponía que nunca lo iba a hacer. No al menos hasta encontrar a la persona adecuada. Se acordó de los Duendes del Eucalipto, o de la lucha de espíritus en el mueble del baño, del espejo roto...Qué oportuno todo ese revival de su padre y justo cuando estrenaba su papel de enterradora...
» Salió a toda carrera pensando en una larga manguera verde y blanca conectada a una canilla chorreante. La puerta se golpeó con violencia una vez más. Quizás la intención era dejar a los recuerdos atrás pero no lo logró.»
-¿Eh, jefe... disculpe... pero no era una historia verdadera? - dijo Ernesto Falla, mi amigo como sintiendose estafado. El otro en la mesa era Ramiro Paez quien hasta el momento no había dicho palabra.
-Verídica, usted lo ha dicho.
-¿Y qué es todo eso de los duendes? Con todo respeto ¿no se fue un poco al carajo?
-Es todo cierto, al menos ella me lo aseguró y yo le creo. (Ahora el estafado era el fabulador). Usted no tiene porqué creerme a mí, si no quiere. Mi amigo, (aunque Ernesto era mi amigo y no de él) está en todo su derecho. Si quiere puede tomarlo como un cuento de hadas, si lo satisface. Si no...
-Siga, siga... (algo arrepentido por haber abierto la boca) a lo mejor a los demás les gusta. Yo voy hasta el baño... No se me ofenda.
-No, hombre, vaya tranquilo. Y no se me moje el pantalón y lávese la mano.
¿Continúo?
- Sí (dije).
- Sí (dijo Ramiro).
- Sí (dijo Ernesto casi desde el baño).
- Bueno, creo que les debo un par de aclaraciones ¿Tienen tiempo o prefieren que siga con la historia?
- Ahora tengo curiosidad, ¿vos? (Ramiro habló)
- Sí, que lo cuente. Adelante, hombre. Se achicó la concurrencia pero... (solté aire)
El fabulador continuó.
-Les voy a dedicar unos minutos al padre, enseguida continúo. No voy a hablar de él porque no lo conocí, sólo les voy a contar lo que me contaron. La historia es así: Primero el padre de Mayra apareció diciendo que en el eucalipto del fondo vivían duendes y por supuesto lo sacaron corriendo. Ahí quedó y con el tiempo todo se olvidó. Meses después, una situación conflictiva con un vecino al que le molestaba dicho árbol reavivó el tema. El tipo quería que lo podaran y él contestó que no le convenía pensar de esa manera, que quizás las fuerzas que lo habitaban se volverían hostiles con él o con su familia. El vecino no lo tomó por loco, pensó que lo estaba cargando y se peleó a muerte con Daniel. Dos meses después una tragedia, que prefiero no detallar, tocó la puerta de la casa de al lado.
» Por un tiempo, no se habló de situaciones similares en la casa. No hasta que Daniel llegó un día con un mueble para el baño, un aparador que serviría para guardar toallas y esas cosas. Construido con una madera muy oscura, medía casi un metro setenta y tenía su única puerta recubierta por un espejo muy conveniente. Daniel dijo que lo había conseguido muy barato en un remate, en el puerto y que lo había traído desde allí en colectivo y en tren. Una locura que lo caracterizaba.
» Lo cierto es que, una noche, a la hora de la cena, la puerta del baño se cerró de golpe y el espejo, ese tan conveniente, estalló en mil pedazos, bañando todo el cuarto de reflejos y vidrios. Daniel, Mayra y su madre corrieron al baño y trataron de abrir la puerta y ninguno pudo. Estaba trabada por un trozo del espejo, supusieron ellas, pero la explicación de Daniel no fue esa.
» "Son dos espíritus que llegaron en el mueble y que se pelearon por su posesión. Pero, ya arreglaron su problema limítrofe y habrá paz, no se preocupen."-dijo cambiando la voz. Ellas se preocuparon aún más. Contra todo pronóstico, hubo paz.
Mejor volvamos al jardín.
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» Mayra conectó la manguera, la estiró hasta donde había decidido hacer el pozo y abrió la canilla con la intención de anegar la zona. El agua brotó caliente primero y tibia después. Se mojó la cabeza y tomó la pala para continuar con lo suyo. La lengua de Negro se había escapado de su hocico y tenía adheridas bolitas de tierra. Los ojos vidriosos la miraban embalsamados, ella se había propuesto no quebrarse, pero de esa forma no podría continuar. Recordó el hule negro y con esa idea brillante en la cabeza, sin saber que sería la última acción racional del día, caminó hasta el galpón, se hizo de él y tapó el cuerpo del enorme perro. Negro sobre negro. El agujero tendría que ser muy grande.
» Casi tres horas le tomó, pero lo logró. Arrastró el hule que ya no era Negro, sino simplemente un hule negro y lo arrojó dentro del pozo. El barro se trepaba por sus piernas como sanguijuelas, hasta podía verla reptar. Latían. El sol ya no estaba en lo alto del celeste sino dentro de su cabeza, sus hermosos pelos negros eran una ensalada de fuego. Y había algo peo, sus manos. Hinchadas e insensibles luchaban por deshacerse de un mango de madera que ya no tenían. Por suerte, el hule –había tenido la precaución de amarrarlo- se amoldó al fondo del hoyo y no tuvo necesidad de tocarlo. Todavía faltaba el paso final, el entierro. En su retina se dibujaron dos guantes de trabajo pero quería terminar con ese acto horrible lo más pronto posible y ni se acordaba dónde hallarlos. Además, ¿no era ya demasiado tarde?
Ramiro volvió del baño haciendo todo tipo de inoportunos ruidos tratando de llamar la atención. Enseguida se fue a la puerta y se dedicó a mirar gente pasar. La voz del fabulador estaba en su punto justo.
" Trepó a la improvisada montaña construida con el barro del pozo y un mareo fulminante llenó de estrellas y explosiones su campo visual. Por el lapso de diez segundos el mundo se subió a una montaña rusa y el pozo a sus pies fué una invitación ineludible. Negro, en dos patas, la llamaba. Con sus ojos cándidos, con sus orejas enormes la reclamaba. Mayra ya no pudo mantenerse y cayó, pero su suerte la orientó hacía la otra pendiente, la contraria al pozo. Su pantalón también se llenó de barro y sus manos desaparecieron hasta las muñecas. ¿Qué hora era? ¿Qué día? ¡Qué estúpida era! Pateó la montaña más por bronca que por conveniencia y así comenzó a completar el último paso. La tierra se desplazó y cayó en el pozo. ¿Medía veinte metros, ya, ese pozo?¿Se escuchaban voces allá en su fondo, donde el sol no iluminaba?¿Las sanguijuelas se resistían a volver a él, o simplemente le agradecían ese gesto humano, esa buena acción de devolverlas a las profundidades como un pez que se devuelve al agua luego de ser pescado.
» El agua, sí, el agua, el agua, el agua. El agua la salvaría, limpiaría sus bajezas, su suciedad, arrasaría con las sanguijuelas, con la peste. Corrió a la canilla, resbalando y desconectó la manguera. No tuvo fuerzas para girar la canilla lo suficiente y un chorro ínfimo, egoísta, brotó del seno de la tierra. De nada servía. Sólo le generaba ansiedad, ganas de limpiarse, necesidad de pureza, de agua corriendo por su espalda llevándose todo, de pelos chorreando, de ojos cerrados, lo que, en definitiva, la debilitaba aún más. Miró la puerta vaiven como al final de un gran campo minado y se dispuso a alcanzarla a cualquier precio. La ansiedad había mutado en sed, en miedo, en un extraño manto como una tela de araña adherida a sus pupilas.
» De golpe se levantó y acudió a la sombra bendecida de su cocina como un mandamiento. El paisaje se aceleró a su alrededor, las líneas se estiraron, oblicuas, redondas, punteadas, incandescentes. Las paredes se hicieron ruidos, las pisadas levantaban colores naranjas de miedo y amarillos ocre de calor. Cayó dos veces, en la segundase hizo daño contra el cemento mal peinado del piso –¿o era un cocodrilo gris?- sangrando de inmediato, igual alcanzó la puerta. La sombra estaba ahí esperándola, casi como una reina con una corona dorada entre sus manos presta a colocarla sobre su mugrosa cabellera. Todos aplaudían, alguien se acercó y la besó, y entre todo ese bullicio hecho de vítores y felicitaciones, se desmayó.
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» La puerta vaiven se golpeó con violencia y retumbó dentro de cada recoveco de su cabeza como un eco insostenible. El sueño se extinguió de inmediato.
"¿Mamá?"
"¿Mamá?, repitió. Pero el silencio no se dignó a contestarle. Entonces, los ínfimos pelos de su espalda se crisparon, los de su cabeza le contagiaron un frío enorme, profundo y una mano huesuda áspera y helada la rozó, recorriendo su espalda de abajo a arriba con una lentitud espasmódica e interminable. Mayra casi la entendió como algo inanimado, casi como una prótesis viva. Casi pudo adivinar que lo que fuera que tenía a su espalda estaba muerto.
» Entonces sí, la muerte se puso de pié, atravesó su cuerpo y se dirigió a la puerta, y se perdió en el terrible fulgor del sol de la tarde. Mayra dejó caer la cabeza que tanto le costaba mantener erguida y sintió con placer el frío de la cerámica del piso y cerró los ojos. La puerta vaíven, por supuesto, se golpeó.
» A las cuatro de la tarde, el teléfono sonó una vez más pero su animo no alcanzó para la titánica tarea de levantarse y caminar hasta la sala y contestar. La radio hablaba de 38 grados. El calor lo invadía todo, entrando por las ventanas, las puertas, sus poros. El teléfono volvió a sonar. Se detuvo y volvió a sonar. Mayra se levantó y atendió. Algo dijo, algo escuchó. Rió. Aceptó. Cortó. Agarró una toalla al azar, eligió malla, se duchó, se vistió y salió sigilosa, con gracia. La puerta no se golpeó esta vez."
La Ginebrita estaba paga.

Ruta

y ese auto
estaba todo roto
y con fuego en su interior.

Abrí la puerta y me dejé caer en el asiento. La llave que mi mano suponía estar introduciendo en la ranura oscilante se tornó esquiva y rodó al suelo para esconderse en la oscuridad lejos de mis dedos torpes. Toqué sobre mi pecho el bolsillo de mi camisa, y del paquete de Marlboro casi terminado, saqué un ejemplar arrugado y triste. Quise recordar que había sido del encendedor pero no lo logré, entoces apreté el botón en la consola del auto y traté de mirar el reloj de palotes verdes que tenía frente a mis ojos pero no logré descifrar la hora. Pensé, son las cuatro más o menos, o eso quise que fuera. Temprano sí, pero ya no tenía nada que hacer ahí. Además, todavía me sentía capaz de manejar. Solo, con el auto de mi viejo, cansado, medio frustrado y a cien kilometros de Arrecifes. Suena lógica la razón, entoces.
Mientras esperaba que el auto me avisara cuando el encendedor estaría listo, se me dio por poner en práctica una mala costumbre. Evaluar la razón de mi aventura ahí. Parecieron años esos segundos pero no pude sacar una conclusión muy clara, sólo un par nombres anidados: Marcela, una invitación, una amiga especial, en serio, vale la pena te digo, venite, te esperamos, no es tanto, tenés auto, te esperamos. Pero, ni rastros de Marcela, ni de la amiga, ni de especial. Y por supuesto, nadie me esperó. Fue dificil no sentirme miserable, y no era hora para eso, las madrugadas son peligrosas para los miserables. Por suerte, apareció Mara. Rubia, linda, gordita, decidida, rápida -es cierto, también rápida para desaparecer-. Desapareció y en el mejor momento. Te digo, que de no ser por éste gustito, te diría que la soñé. Pero, no. Nos besamos, hubo abrazos, y hasta llegamos a las manos, pero... al rato solo tenía un vaso de vodka y un atado de estos casi lleno y nada más. Sí, algo más, un palo que ni te cuento. Bueno, te imaginarás...
Chasquido. Gracias auto.
Encendí el cigarrillo y me quedé un rato mirando la puerta del lugar. No hacía ni frio ni calor. Estaba lindo. No salía nadie. Es más, varias chicas entraron portando un tambaleo terrible y cagándose de risa. Había barro en el piso y huellas de autos. Los carteles brillaban demasiado, los murmullos crecían sinpermiso.
Puse la radio, por suerte tiene un botón enorme para prenderla, es un stereo braile. Subí el volumen pero no logré sintonizar nada coherente. Opté por un CD al azar de los muchos que tenía en la guantera. Smiths. ¿Cúanto hacía que estaba ahí? El sonido brotó lúgubre y opaco, "Girlfriend in a comma". Descontrolado. Sonaba a cinta gastada, acelerada, pero era CD. No me preguntes porqué pero me acordé de las cenas en casa con mis viejos y mis hermanas, y el perro, afuera, mirándonos por la ventana.
Tanteé el piso del auto y atrapé las llaves. Milagro. Tratando de dominar mis brazos dí arraque y salí de ahí. Otro milagro. Te digo, traté de despejarme sacudiendo la cabeza pero mi mareo empeoró. Ambas músicas se mezclaban en el aire. Por un lado, el golpeteo sordo y grave del dance que se filtraba del boliche como desinflando las paredes, y por el otro la escarpada voz de Morrisey como pidiendo perdón. Enseguida el boliche se perdió en el espejo retrovisor, al igual que las casas, las fábricas, los grandes galpones, los brumosos pastizales. Llegué a la rotonda color naranja pálido y doblé a la derecha. El camino parecía el correcto al menos. Me sentí mejor, como si hubiera cumplido con una urgencia, como mear. Un cartel verde me deseó buen viaje. Viaje, sí, me dije. Gracias, aceleré. Me sentí prepotente ante la inmaculada oscuridad de la ruta -parecía virgen- pero si quería dejar atrás esa sensación estúpida eso tenía que hacer: acelerar. Piloto automático y a acelerar.
"Arrecifes 98", decía otro cartel verde, éste más alargado que el anterior. El siguiente diría 48 y, el último, "Arrecifes 3" y una flechita blanca señalaría a la izquierda. Los conocía bien, solo esperaba mantener los ojos abiertos hasta ese momento. Intenté subir más el volumen pero los parlantes distorsionaron convirtiendo a Morrisey en Lemmy en un segundo. Me quedaba otra opción, un viejo recurso del borracho. Abrí la ventanilla del acompañante, la mía ya estaba abierta, y el viento -una trompada de lleno en la cara- me despejó un poco. No mucho. Tampoco era hora de andar derrochando milagros... Y hablando de eso, ¿vos cómo estás? Dejá, no te esfuerces mucho. Sigo, ¿querés? Supongo que eso fue un sí.
160.
Traté de hacer calculos de velocidad y distancia pero me perdí. Mi cabeza comenzó con los pensamientos raros que, claro, desbordaron en sensaciones fuertes, por así decir. Te traduzco: ojos fogozos, un corpiño lila dificil de abrir, brazos frágiles resistiendo con fuerza, formas hermosas besándome con labios bien abiertos, sombras esfumándose en la confusión, en el humo denso del tabaco, la marihuana, el lavaropas de sentidos. Giraba. Mara. Sí, y se levantó y se fue. Después desperté, aunque ya estaba despierto. Le dí mi celular. Vomité el número. No lo anotó. Pero es facil, le dije. Saludó. Después desperté y ya no estaba. Era hermosa. Como todas. Digo, esa confusión las iguala, nos iguala. Es bárbara. ¿No fuíste nunca? Música, cortinas de humo, muñecas, elíxires etílicos, decile alcohol si queres. Era tan hermosa... Te lo juro. Sabés a lo que me refiero, Sebastián. En la ruta, unos minutos después, me pasó algo parecido, raro. Te juro. ¿Ubicás esas animaciones con plastilina? Las que psan en el cable a veces, para los chicos. Bueno, así se había puesto la ruta. Un listón gris, rayas intermitentes, algunos parches azules. Se repetía y se repetía, como una animación de esas. Tenía ganas de felicitar al creador, me resultaba irresistible y hermosa. Alguien había puesto ahí toda esa plastilina de colores vivos y formas que querían ser lisas, tan mónotona y divina como la noche. Una noche cerrada, negra. Claro, si es ésta misma noche, y se está yendo. No sé, me parece que pasó hace tanto...
Ah, te decía. Le dí mi celular. Seguro me llamaría. Lo tenía decidido, lo que iba a hacer. Daría la vuelta en una U terrible, así, sin mirar y enfilaría de nuevo para allá. A 160, obvio. Pero claro, hubo un detalle impensado, no llamó. Qué diferente hubiese sido todo si hubiera llamado. Qué poderosa debió sentirse, digo teniendo dos vidas en la mano. La tuya y la mía. Se puede decir hasta que la culpa de éste desastre es suya. Si hubiera agarrado el puto celular, que le costaba... Y sí, así son las mujeres, amigo. Son histéricas. Creo que hasta si hubiera sabido lo que lograba con ese llamado, igual no hubiera apretado el botoncito la muy turrita. Te dije que usaba un conjutito lila. O violeta, es lo mismo. Estaba oscuro. Pero se me fué, se esfumó. En definitiva, estaba en el auto pensando...

...llamaría, seguro, estaba seguro. Nunca había estado tan seguro de algo. Por un momento la euforia aniquiló la bruma esa que tenía delante de mis ojos y me sentí fresco, intacto. Volvían mis reflejos. Probé el volante. A un lado, al otro, a un lado al otro. Imaginate la situación a 160. Avancé enloquecido en zigzag. Dibujé eses negras en la ruta negra, en la noche negra. De lejos, las luces deben haber parecido dos luciérnagas borrachas pero deliciosamente sincronizadas. Borrachas...
Tanteé pero no lo encontraba. Me pregunté si estaría prendido. El celular. No recordaba haberlo apagado pero viste como son esas cosas. Comencé a desesperarme. Tenía que estár colgando de mi cintura, en el cinturón, sin embargo no estaba, dónde carajo lo metí, lo dejé en el baño, seguro, o se me cayó al subir, pensé, no se lo dí a ella, no pude ser tan boludo, no, no lo fui, tiene que estar acá, caido, seguro, sí lo tenía!, no pude haberlo perdido de nuevo, dejame ver, si... Qué puta es la vida, siempre inventa algún recurso para hacerte saber que estás en sus manos. Mi euforia se esfumó. Ahora estaba furioso. Y confundido. Empecé a tantearme como si de pronto una tarántula hubiese entrado por la ventanilla. A mi izquierda, a mi derecha, con la misma mano, otra vez a mi izquierda y sin soltar nunca el volante. ¿A vos no te pasa que revisas el mismo bolsillo dos o tres veces como si las cosas pudieran materializarse ahí después de la primera vez que te fijaste y no estaba? Tenía que encontrarlo, no te imaginas cómo me había puesto. De repente, la chica se había convertido en lo único importante del mundo y casi podía verla marcando mi número y moviendo la cabeza de un lado al otro, contrariada y todo por mi culpa. Me convetí en un policía. Sí, en un policía de mí mismo, tenías que verme palpándome de armas, o mejor dicho, de celulares. Fué entonces cuando me desentendí de todo, largué el volante, saqué mis ojos del camino y me dí vuelta buscando mi salvación, y vos, boludo, elegiste justo ese momento para cruzarte en mi camino. ¿Se puede saber que mierda hacías ahí, en el medio de la nada, a la madrugada y subido a una puta bicicleta sin luces?
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A pesar de la oscuridad, cualquiera podía ver los dos pares de rayas oscuras impresas sobre el asfalto como trazos queriéndose escapar de un papel, y el desparramo de barro, y los surcos profundos en el pasto húmedo, y los metros y metros de alambre derrivado y amadejado en esa llanura, o el techo del auto hundido en una banquina devenida en una absurda laguna extendiéndose paralela a la cinta asfáltica cumpliendo con su flamante papel de hermosa trampa hecha de juncos y neblina, solo ese techo porque el resto del auto yacía sumergido, irreconocible y con un rutilante estreno: un boquete redondo y perfecto en el parabrisas del lado izquierdo, el lado del conductor -o sea, yo- que desde ese momento había dejado de ser conductor para convertime en volador, y luego, en un histórico y emotivo -y definitivo- instante en aterrizador sobre barro, el inmundo lodazal que -vida irónica- al final salvó mi vida.
Me costó encontrate, no sé cuánto tiempo estuve desmayado -a juzgar por esa luna, no mucho- pero no puedo asegurarte nada. La luna, esas texturas tan misteriosas, me gustaría explorarla. Te digo, entre la confusión y éste ped..., traté de convencerme que no existías, de olvidarte en verdad, ¿me explico? Asegurarmelo: nada pasó. Total la imaginación siempre me jugó cada una... una revancha nunca está de más. Me sonó lógico. No podía ser que alguien anduviera por ahí en esa oscuridad. No podía. Me resultó facil aplicarle la lógica a todo eso, y borrón y cuenta nueva. La ambulancia ya llegaría y me curarían. Pero aún me quedaba un tema por resolver: el ruido. El golpe, ese sonido horrible, algo quebrándose como el hielo cayendo al piso, y la frenada, y los pastos enloquedidos, y el deslizarse sin poder dominar nada, y la luna rebotando. Eso sí que no lo podía olvidar, y aúnque te parezca mentira, todo eso me hizo pensar con claridad de una vez por todas. No podía permitirme dudar, ni estar borracho -si es que aún lo estaba-, tenía que salvarte, encontrarte, muy lejos no debías estar, además, te sentía vivo.
Con solo levantarme...
Ahí me dí cuenta. Estaba quebrado. Mi pierna izquierda se veía mal, no sabés el angulo, imposible. No podía estar bien de ninguna manera. Te digo, de dolor, nada. Solo un calor difuso aunque presente. Y algo parecido a una picazón. ¿Te picó una abeja alguna vez? No podría ir caminando, claro. Quise sentarme y me encontré de nuevo pensando en esas animaciones de plastilina, esas que te dije antes. Nada en mi cuerpo estaba como antes. Me dió risa sentirme como un mazo de cartas cuando lo mezclan; te debo parecer un loco pero te juro que eso pensé. Arrastrarme, eso me dije. Pero una vez en posición me dí cuenta que no sabía para donde ir. De casualidad ví un reflejo rojo destellando debil entre los pastos y para ahí fui. ¿Sabés qué pensé? Qué la muerte te venía a buscar. Tuve miedo, mucho miedo. Pero no me quedaba otra, le puse el pecho -lo que quedaba de él- y para allá fuí. ¡Esa luz de mierda! La de tu bici, digo. ¿Con esa porquería pretendías que alguien te viera? Es una garcha, no alumbra un carajo. Pero fijate, anda. No se rompió. Digo, yo tengo la pierna en fascículos, la muñeca no la puedo mover y andá a saber cuantas costillas me quebré, y vos, ni te digo ¿sentís algo? Dejá, dejá, ni me cuentes, me dá un poco de impresión mirarte. ¿Viste?, los dos hechos mierda y esa luz roja estúpida sigue ahí. Es irónica la vida. Te digo, por más que me esfuerce no puedo entender como Dios planea éste tipo de locuras, en serio. Dejá, ni me digas, te imagino pensando parecido. De por sí nos gustan las mismas cosas, por así decirlo. Es un buen camino el acercamiento, dos personas pueden estar juntas si lo desean, siempre fue así.
Me arrastré, no sabés lo que costó con un solo brazo, decí que el barro me ayudó. Parecía un soldado en plena guerra, como de cine. Ahora, cuando te ví, se me fue el alma al piso, disculpá mi sinceridad. Sangre por todos lados, golpes, la cara... Mejor, ni te cuento. Mi intención es ayudarte, no matarte. Además, tu pecho no subía y bajaba que es lo primero que uno pretende ver en estos casos. Chau, se fue, pensé. Pero aún así, me acerqué un poco más y por suerte noté tu aliento. Casi nada, pero aliento al fín ¡No sabes como me puse! Feliz. No podía permitirme que mueras antes. Ya sé, nadie muere antes de tiempo, pero en tu caso vale la consideración. Desde ese momento, calculo, pasó una hora, y no pasó nadie. Pero vos no te preocupes, todavía es de noche. En cuanto amanezca alguien llegará. Sí, alguien nos va a encontrar. Vos seguí ahí escuchando, hacé de cuenta que soy una radio. Parezco, ¿no? Me lo dijeron, no paro un minuto. Nunca pensé en ser locutor o algo así pero ahora me doy cuenta que condiciones tengo ¿no te parece? Aparte, mi voz no es tan fea. También me lo dijeron. Sí, mamá, ¿cómo sabías?¿no cuenta? Ya sé, no importa, no debe ser tan jodido te digo. Igual más o menos sé de que se trata. Les pasan los textos y los leen, la temperatura, los nombres de los temas, datos de músicos, un par de giladas más y listo, se acabó el programa. Te digo, la tienen fácil. Un poco de gracia, una buena voz, dicción clara y a cobrar... La puta, ya me empezó a doler acá, el pecho. Mejor descanso un poco, a ver si me muero yo antes y se me caga el plan.

Ahora que salió el sol puedo leer esto, tus documentos. Estaban tirados, no te ofendas. No sé si falta algo, los encontré medio desparramados. Tampoco hay mucho para robar. Así que Sebastián Casafus; ¡qué apellido hermano! La primera vez que lo escucho. A ver... Brown, un carnet de futbol parece. Ah, sí, acá dice. Club Atlético Brown de Arrecifes, futbol, cuarta división. Bien! No me sorprende, tenes pinta de jugador. ¿No podrás ocultarlo mucho, no? Debés ser de los buenos vos. En algunos se nota a la legua, como dice mi vieja. Yo, en cambio, no pateo ni sandías. Lo mio no es el futbol, son los autos, las carreras de los domingos a la mañana. Igual te digo, mucho no existo a esa hora, hace mucho que no veo una, para mí es como si no hubiera vida en ese momento, un hueco vacío de la semana, del mundo. Duermo, paso de largo hasta el mediodía. Haga frío, calor, llueva, eclipse o guerra mundial, yo duermo. Un poco porque salgo y me acuesto de día, pero ya es una costumbre, por más que me acueste temprano igual me levanto a cualquier hora. Es un regalo que le doy a mi cuerpo. Mis viejos ya saben y, por suerte, me lo respetan. Una vez los escuché discutir sobre esto. Así, entre tules, medio dormido. Mi viejo le decía que algo tenía que hacer y que él se encargaría de encontrarmelo, sino lo inventaría. Dificil no le iba a resultar. Mi vieja, tranquila como siempre se quedó con la última palabra, la sentencia inapelable: para qué querés tenerlo de zombie dando vueltas por acá si ni bola nos va a dar, ni a vos ni a mí, ni a nadie. Mi vieja...
Me parece que llegó el momento. ¡Ey! Despertate. ¡Despertate te digo, no soy tu noviecita! Prestá atención, tengo que contarte algo antes que... Sí por allá están llegando. Como te decía, mi vieja es de esas personas que nunca se mandan una macana grande de esas que le cambian la vida a uno. Sin embargo, con vos me parece que sí se equivocó. Con vos, sí. Sos el primero ¿Te sorprende? Sí, así como lo oís. ¡De vos, idiota! Seeebiiii...Justo en el momento en que empezaba a sacarme de la cabeza a Sabrina ¿Te suena ese nombre? La pifió. Me hizo enojar. Ese día sentí lo que seguro sienten los animales cuando les pasa algo similar. Un fuego, una gran fogata creciendo acá; consumiendote, comiendo lo que comés, llevándose lo bueno y dejandote el odio ahí guardadito, aferrado, haciendo de garrapata en tu corazón. El odio es eso, un quiste, un tumor. Estoy seguro, eso le sucede al león cuando lo usurpan así, cuando le roban. No entendés nada, no hace falta que lo digas. Así sin palabras estamos bien. Sin tus palabras. Mis palabras son las que vas a escuchar, las únicas. No te hagas mucho problema, igual no te queda tanto tiempo para albergar ésta duda tan intrascendente. No. Yo asesino no soy, te lo aclaro de entrada. No voy a matarte. ¿Para qué esforzarme si ya estás medio del otro lado? No. Te vas a morir solito. Con mi sutil y humilde ayuda, eso sí. Tan humilde que nadie lo va a saber. Un accidente de ruta... hay tantos...
Sabrina, vos la conocés, me dijeron. Sabrina, tantos años que la conozco. Te lo aseguro, nadie la conoce mejor. Nadie. De chiquita la formé. Catorce tenía cuando le dí el primer beso - el primer beso que le daba a un hombre-; dieciseis cuando se me entregó -virgen por supuesto- y hoy que está cumpliendo veintidós añitos le tengo preparada una sorpresa superior, el mejor regalo que recibirá en su corta y hermosa vida, mejor aún que el anillo de oro que le mandé hace dos años. Hoy va a cambiar su vida y ella, seguro está durmiendo en su hermosa cama, abrazada a sus sábanas blancas y tersas, relajada, ajena, con la inmensa tranquilidad del que nada sabe. Pobre, Sabri, tan buena chica, cómo vamos a preocuparla con niñedadez... Igual lo va a saber muy pronto, vos sabes mejor que yo como corren las noticias en los pueblos. Sí, Sebi. Vos también te equivocaste feo. Elegiste la fruta prohibida, la mía. La viste colgando ahí, al sol, tan solita, tan frágil, tán confundida que dijiste, es mía, lo sé y no te culpo. Es así, tal cúal. Voy a ser benévolo y suponer que pensaste que no tenía novio, que estaba sola y por eso la quisíste.
Mirá como son las cosas, si te hubieras callado esa noche, si te hubieras aguantado con los pantalones puestos dos semanas más tarde, si te hubieras olvidado rápido de sus infítas bondades femeninas, aún estarías entero y no hecho un rompecabezas respirante. Qué le vas a hacer, así son las cosas en ésta Pampa húmeda. Todos tenemos un propósito y yo, por suerte, lo tengo tan claro... Como en el teatro. No tengo ninguna duda de la chica que ocupará el papel de la amada ¿Hace falta que te lo diga? No. Si sos tan inteligente... Así se arreglan las cosas entre hombres, a la vieja usanza. ¿Te crés que me importaba algo la idiota esa del boliche de anoche? ¿O esas que me curtía para que Sabri se enterara? ¡Obvio! ¡Esa es la respuesta correcta! ¡¡¡Diez mil pesos en efectivo de premio, acá para el amigo!!! Lástima, señor futbolísta que no le queden minutos en el frasco de la vida para gastarlos. Lastíma bandoneón mi corazón. Qué poco sirven las cosas materiales... Bueno, ahora que estás al tanto de todo, comienzo con el repaso de las respuestas que voy a decir. Ya llegan todos y tengo que hacerla bien. Además me duele mucho acá. Me callo. Que duermas bien.

Cuesta


"Vamos / bajando la cuesta
que arriba en mi calle
se acabó / la fiesta."

Decía "Apagar" y acepté, dando por terminado el trabajo de meses. Miré por la ventana, la quietud que noche a noche me acompañó estaba ahí, intacta. Me sentía tan cansado y solo que en ese momento la sentí compañera, colega. Fue cuando la chispa lúcida, extraña se produjo. No había peso, ni ansiedad, ni temor en ella. La sentí frágil y urgente como una burbuja. Era mía.
Uno a uno fueron desapareciendo los íconos en la pantalla y ya no hubo otra cosa en ella que la foto de mi hijo. Reparé en algo: hacía días que no lo veía, pero visitarlo en esa casa horrible me contagiaba derrotas y dolores que no deseaba filtrar en mi música, no hasta que el disco estuviera listo; por eso nuestros últimos contactos se limitaron a mails y largas conversaciones telefónicas. Solo eso. Lo extrañaba.
La máquina se apagó y en el aire quedó flotando el significado mismo del silencio. Me sentía bien, casi eufórico. Había dado mucho de mí y eso me llenaba de orgullo. Apagué también ambos interruptores del Marshall y un switch que tenía al alcance de mi mano. La columna de luces rojas y amarillas al fondo de la habitación, oscureció hasta desaparecer. Luego todo quedó a oscuras salvo por el pequeño velador que absorbía en su haz al humo del cenicero rebalsante. Coloqué la guitarra de doce cuerdas en su soporte y me puse de pie. Un mareo me aconsejó dormir, pero no iba a hacerlo. Era mi hora para andar por la calle. La única. No habría nadie, nadie me reconocería. Más tarde dormiría algo si podía. Cargué en mi mochila el Sony con el CD que acababa de grabar (rotulado "Imposibles – Versión Final"), una petaca casi vacía, un libro ("En el Camino") que seguro ni abriría, un anotador, una birome negra y salí.
Del pasto del jardín brotaban pequeñas gotas de agua que podía palpar, oliéndolas, saltándolas como preciosos colchones trasparentes, adustos paraísos de los antes fué sed. La calle caía en una suave pendiente hacia el norte. Una tenue brisa traía aromas a cuerdas mojadas y a barandas de madera barnizada. Los ruidos se limitaban a grandes micros, cuadras arriba, acelerando. El resto, muerto. Miré a ambos lados y giré la llave, la vieja reja cedió, gané la vereda, me asomé a una caída lenta, probé el aire de la luna teniendo en mis oídos lo que quería escuchar, teniendo en mi destino calle abajo, mirando al rio negro, plano, muerto pero vivo, sucio pero plateado, necesario.
La calle, una sucesión perfecta de empedrados con una leve pero sostenida pendiente, contaba con un cuidado boulevard, jardines profesionales y cordones blanqueados con cal, casetas de vigilancia, luz y en cada esquina un cartel con el nombre de la calle auspiciado sobre un fondo de pintura verde. Las casas, todas con el cartel de la empresa de seguridad privada que las velaba.
Nadie. Salí y apreté play. Decidí regresar cuando terminara el tema 14, el final del disco. Eso me daba más de una hora de cuerda, lo mismo que debía significar el aire para el buzo, luego sería Cenicienta, pero sin tacos. Subí el volumen y me ajusté bien los auriculares, encaminando con destreza los sonidos al alma y caminé cuesta abajo.
Dos bestias salieron a mi encuentro ladrándome en cámara lenta y muda. Luego callaron, aburridos. Habría grillos y langostas. Más adelante, dos sombras doblaron y se escabulleron, lo ví. ¿Quiénes eran? ¿Qué hacían? ¿Qué querían de mí? Aminoré el paso justo cuando la pendiente comenzó a pronunciarse haciendo imperceptible mi intención. Me separaban más de cien metros de ellas. Pensé en volver; con la alegría entumecida y la idea desdibujada, la excusión no tenía sentido. Aún así continué. Crucé la calle y el ruido de un motor me rozó la espalda. La intromisión fue tan prepotente que me sentí ultrajado. Con ira giré para mirar al culpable pero sólo ví el asfalto virgen, el agua mansa a los costados navegando y la nada hacia un lado y el otro. Ni autos, ni motores atrás, ni intrusos furtivos adelante. Las almas de la noche estarían reíndose de éste enfermo.
Track 1. La ausencia de sonidos me rescató. El tema terminaba y solo su fade out me recordó que antes algo había sonado.
"Ya no soy el que te habla // ya no soy el que se arrastra sobre ti."
"Ya no soy esa maqueta // ya no soy un..."
En mi memoria no había nada de él. Cada sensación me susurraba lo inútil de esa salida mía a la calle. Traté de ser fuerte, tanto había hablado de todo esto, tantas horas inertes, tanta intimidad ante analistas, pero cada vez, con cada paso ahí afuera, todo el infierno volvía a mí, como gigantes olas rojizas. Me veía a mi mismo corriendo despavorido tanto hacía que no veía la calle... Tenía que tranquilizarme. Respiré. Saqué cuentas. Tema 1, tres minutos cuarenta y dos. Sólo cuatro minutos afuera... No podía darme por vencido tan pronto. No.Además, no había sombras. No vivas, al menos.
Entereza, esa es la palabra que usaba mi analista cuando se refería a esto. La entereza que debía tener, la fuerza interior a la que tendría que acudir para sobrellevar todo este peso, mi mal. Quizás de algo sirviera tanta palabrería. Confianza tendría que tener además de entereza, aunque... Mis dudas me resultaban insoportables. A veces todo yo me resultaba insoportable. Mi cabeza era una radio mal sintonizada que no podía apagar. Que más dá. Traté de no pensar en lo que podía perder sino, simplemente, en lo desconocido. La destreza de lo desconocido. Pisé fuerte, el suelo no cedió. Mis Nike dejaron su huella en la tierra rojiza de la esquina y mirarlas me recordó el optimismo que había cargado en mi mochila cuatro minutos atrás. Sí. Eso era lo correcto. Seguir, afrontar. El rio. Sí, el rio.
Track 2. Mis fantasmas subieron al auto y desaparecieron. La noche seguía oscura y, con ello, mi refugio intacto. Latía controlado. Mi voz comenzó a cantar. Me propuse seguirla, me avoqué a ella, ya no mía, sino como una voz ajena. Intenté formas, inflecciones. Escenas para ella. Primero, sólo como un eco, como una variaciones de la música. Parecían murmullos dentro de una caverna, casi murciélagos vocales. Colores negros rebotando descontrolados contra las superficies irregulares, abovedadas y ciegas. Se lastimaba y ella toda se cargaba de un morboso, oculto e infinito placer. La tenía que seguir, mi voz me llevaría a campos inéditos. Lo hice. Camine por la cuesta siguiendola, de la mano, como un chico, ella guiaba mis pasos en ese calvario que hacía meses no pisaba. Así, con suavidad, entre papeles tersos, entre aromas a pinos y eucaliptos, me fui de mí, me alejé lo suficiente.
"Saber perder / es todo
Saber caer / es todo
De pié / siempre de pié
Siempre hasta que el aura vuelva"
Track 3. Cerré mis ojos sin detenerme. Es una buena experiencia de seguridad y confianza, me dijeron. Caminar a tientas siempre me pareció una estupidez pero en ese momento una cierta lógica tenía. Miré adelante primero, tratando de memorizar el camino estableciéndome tiempos y distancias, y me dejé llevar por esos señuelos. En mis oídos irrumpió mi voz luego de una intro lejana y inglesa. pero ya no era mía. Me excluía de su sonido envolvente, parecía alejarse de mi carne. Un verbo carne con materia propia. La voz de la conciencia, quizás, la voz del interior pero no mi interior. Todos los interiores de todo el mundo, algo así como el estómago del arte. El sentir de todas esas palabras de alguna manera me pertenecía pero lo cantaba una voz extraña. Una voz que acababa de conocer.
"No siento mis ojos / Tal vez ya no me pertenezcan
Quizás ese día que te fuiste / te llevaste algo mío entre tu ropa"
Track 4. No fue muy grato. Me sorprendí buceando en palabras que tan hondo me llegaban, de filos tan certeros, de alusiones tan directas, que por un momento me sentí inmerso en un proceso degenerativo, una autoflagelación. Me derretía. Una sensación correcta en términos comerciales, a eso apelaba mismo mi canción –porque en definitiva esa era mi canción ¿no?-, al corazón, a lo profundo. Y funcionaba. Confieso que me sentí un tonto cayendo en mi propia trampa. Por suerte terminó rápido, y ese fín coincidió con la última bocacalle que cruzaría. Más allá, luego de la explanada, de la vereda zigzagueante, del parque verdoso y oscuro, del sendero de redondas luces blancas infectadas de insectos quemados, más allá susurraba el rio, paciente.
"Sienta un precedente /
Es el aire el que arde /
Ya es hora que vengarte /
Es hora que vuelvas a mí."
Track 5. Las ramas se abrieron y ahí estaba él, negro, coherentemente nocturno, casi un toldo pendiendo del cielo y ahogándose en su llanura en movimiento. Aclararía enseguida, pero eso no impidió que la belleza del rio se filtrara en mí. La brisa aumentó y de un ramalazo reemplazó los aromas anteriores por sensaciones plagadas de humedad y decoloración mineral. Hierros y cobres, óxidos y piedras ovaladas, ínfimos oleajes grises. Algas. Solo.
Me acerqué. El pasto raleó y se convirtió en una arena torpe, gruesa y marrón, que el rio bañaba con una regularidad cronometrada.
Mi camino se tornó horizontal, no sin pendiente. Las huellas se hicieron profundas y mis pensamientos también. Sentir la vitalidad trepar por los músculos es algo tan incomparable... Tenues crujidos en la arena me seguían pero sin que lo supiera, ya no dobles, sino cuádruples, se mezclaban en mis auriculares. Alguien más estaba ahí.
"Un angel se posa / reposa
El cielo cae en picada
Si somos eternos / es que encontramos la fórmula
Si somos así / ¿porqué dejar de serlo?"
Track 6. -¿Qué haces acá? –me dijo como si me conociera de toda la vida y me miró fijo. De inmediato esos ojos se anegaron, precediendo, creí yo, a una gran explosión acuosa. No fue así. Recurriendo a una extraordinaria fuerza de voluntad, la chica se dominó y evitó lo lógico.
-No er io nando to!?
-¿Eh? –dije retirando el auricular izquierdo de mi oído.
-¿¡No puede ser, en serio está pasando esto!?
-...
-Hace días que espero verte. Hace días que te busco y no te asomas ni a la ventana. ¡Qué digo días, semanas!
-No entiendo... Pero, dejá, no importa... Me tengo que ir...
-Miro a través de los cortinados de tu casa pero nada... Horas y nada. Días enteros. Casi ni al baño iba, no comía por si aparecías. Llegué a creer que todo este viaje había sido al... bueno... tú sabes. Sin sentido.
-En serio. Tengo que irme, perdón.
-Pero no, acá estás, parado enfrente de mí.
-Ok.
-Espera, no te vayas. Me tomaron por loca, ¿sabes? "¿Hasta allá te vas a ir? Tu estás mal ¿Y tus cosas?" No saben que tú eres mis cosas. ¿Te das cuenta cuanta razón tenía? Todo este viaje, el trabajo, el dinero, los permisos, el pasaje, todo. Fue duro, ¿sábes? Hasta tuve que... Bueno, no importa ya. El hecho es que acá estoy. Espera, escúchame.
Hablaba rápido y tenía en su acento raro. Aceleraba y frenaba dentro de una misma frase, como si cantara en vez de hablar. Una cadencia graciosa. Lo mismo le sucedía a sus emociones: aceleraban con rapidez. Pero acá no había frenos. De la sorpresa a la incredulidad, un paso corto hasta la emoción, luego la llegada de la excitación y, por ultimo, lo que parecía ser una especie de ataque de nervios. Me saqué el auricular y lo dejé reposando sobre mi cuello. La música brotaba pero ahora en forma de murmullo. Un murmullo que la chica no tenía reparos en sepultar bajo una montaña de palabras.
-No es buen momento ahora. Estoy cansado.Tengo que dormir un poco.
-De Chile, de Chile vengo, dame un tiempito nomás. No pido otra cosa.
-Sí, sí. En serio. Más tarde. Ya conoces mi casa por lo visto. Me golpeas, salgo, charlamos. Aho...
-No! Mirá. Temuco. ¿Conoces Temuco? De ahí soy. ¡Lo que dijeron mis amigas, mi familia cuando les comenté que viajaba unos meses a Buenos Aires! Ni te imaginas el lío...
Ella volvió a la carga.
-Una sola cosa y no te molesto más. Ya sé, te asusté, aparecí así, de la nada, pero otra no me quedaba. Y eso es culpa tuya, si no sales nunca. ¿Te cuento a que vine?
"No. Matáte, no me importas. Contá todos los problemas que quieras. No tengo ganas de saber nada de vos. ¿Tenés cáncer? ¿En serio? ¿y te vas a morir ahora?¿Ok, a quién querés que le avise?¿Querés algo mío? ¿Mi pelo, mi ropa? Ya sé, querés sexo antes de suicidarte con la Uzzi que llevas en el bolsillo, ¿es eso? Pero, ¿te viste? Seguro que lo del novio es cuento. Digo, petisa, gordita... bonita de cara, eso sí, pero...", quería decirle pero...
-Me voy -dije.
Ella me agrraó del brazo -esa fue la primera vez que me tocó, la segunda siguiente sería en circunstancias muy distintas- y dirigió una mirada furtiva al recorrido del cable que colgaba de mi cuello como cerciorándose.
-¿Qué número de tema es?
Track 7. Todo seguía en su lugar, tan hermoso e intachable como minutos antes lo había visto. Sin embargo, algo había cambiado. Por mi mente navegó la imagen de un escenario de teatro iluminado con rojos densos. Supuse enseguida que ese velo que todo lo cubría no era más que la forma visible de mi pesimismo. Lo calamitoso hecho color. Estuve a punto de correr. Correr, quería desaparecer, desvanecerme, no ver la cara de esa chica, ninguna cara, alejarme, ir a casa, cerrar las cortinas, bloquearle la entrada al día próximo, no ver el sol, su claridad despreciable, dormir, dormir días, luego mandaría el CD a editar, el disco saldría de todas maneras, con masterización o sin ella, con retoque o así, saldría ya, estaba listo, ¡basta!, ¿con todo perdido para qué carajo seguir?, dormir, sí, dormir, soma, dormir días, fumar, Martín, el sí, esperar, trascender sin salir, ¿no es posible el éxito sin salir de casa?, no entres, no quiero a nadie, ¿dónde?, ¿dónde estoy?, matáte, sí, no me importa, correr, sí, estoy a punto de correr, de morir, de reír, de ser el solista del año, de la década, del siglo, andáte por favor, andáte a la mierda, por favor, correr, a salvo, soy vampiro, soy el más grande, soy nadie, soy el nabo más grande, un nabo con un arsenal de miedos increíble, sí, eso, pero no voy a contarte eso, ¡no!, ¿quién sos?, me voy, correr a casa, ¿qué hago acá todavía?, casa, agua caliente, bañera desbordándose, un viejo disco de pescado, y que se mueran todos, que se vayan todos, estoy a punto de morir, autógrafos de 20 a 21, perdón a punto de correr, ¿dije perdón?, perdón ¿de qué?, decrépito, mierda, correr, correr, correr. ¿Cómo voy a correr así exhausto? Acababa de notarlo. Además, ¡en mi vida había corrido más de tres cuadras seguidas! Me sentía agitado. Quería gritar. Gritarle. Gritarme. Pero sólo un suspiro en forma de "voy a casa" fluyó de mi boca.
Sin soltarme, ella acercó su cabeza a la mía y la ladeó como en los besos de telenovelas. Estaba seguro que eso quería. Una catarata instantánea de sabor desagradable se produjo en el fondo de mi garganta. Traté de dominarla y lo logré cúando ya estaba a punto de vomitar. Traté de liberarme de ella, pero fue infructuoso el intento. Que débil estoy, por favor, pensé. Forcejeé una vez más pero ella ni lo notó. Lo había hecho o solo me imaginé resistiéndome a tal bestia. Treinta y siete años y ya piltrafa. ¿Qué debía hacer? ¿Ya podía considerarme un prisionero? ¿Era cierto que una chica de un metro y medio, gordita, con carita de buena, me estaba secuestrando? Ahí me soltó dejandome con una duda más: ¿escuchaba mis pensamientos? Es la oportunidad de correr, me dije, remontar la cuesta, casa, doble vuelta de llave, respirar. Esas premisas se apresentaron visualmente en mi cabeza como una lista de acciones a seguir. Palabra a palabra, renglón a renglón. Ordenes con un tilde rojo sobre el margen izquierdo. Ordenes, sí, órdenes urgentes, casi como la burbúja de jabón que ya no existía.
La chica, ya serena, luego de haber logrado su cometido según demostraba, enderezando la cabeza, retomando la distancia original, mirándome con irreal suficiencia, emocionada aunque ya no sorprendida, me dijo: tema 8.
Track 8. Casualidad, sí casualidad. ¿Qué otra cosa? Ni ella, ni nadie, podía saber qué escuchaba, y menos qué número de tema. Lo dijo por decir y acertó. Tiene suerte la guacha, o es muy calculadora. Eso!, cálculos! Tiempos. Salí de casa hace veinte minutos. No! Más. Media hora, más o menos, me siguió, estaba ahí, en la puerta, me siguió, me espiaba en el momento en que me puse los auriculares, tomó el tiempo. Desde el principio pensaba en sorprenderme. Una treta muy creativa para empezar una conversación. Es peligrosa, me dije. Astuta e inteligente, la chilenita. Me alegré por haber descubierto su jueguito, eso hizo olvidar un poco del miedo profundo que empezaba a dominar cada músculo, cada nervio. Un miedo que ya había inyectado una sustancia elástica y pegajosa en la sangre, en las suelas de mis Nike y en cada una de mis articulaciones. ¿Estás pedido, lo sabías?
En ese instante certero, casi abeja muriéndose luego de aguijonear, supe que no tenía elección. Ya me había convertido en víctima, ese papel que tanto conocía. La araña subiría en momentos más, treparía por la tela que me apresaba y me inocularía. Luego, el final. Dulce, ajeno, oscuro.
La chica había crecido –como todas ellas, siempre- al menos unos treinta centímetros. Ya era mas alta que yo, mas fuerte, mas viva –en términos de muerte transpuestos-. Ella tenía el derecho, la decisión, la directiva correcta. ¿Qué podía hacer yo, pobre mortal, si al final, cada mujer era igual, cada hombre era igual, todos los habitantes de este vasto afuera eran iguales? Tenía razón en temerles.
A desgano pensé en mi libertad, en el divorcio, en Javier –mi hijo-, en mi capacidad artística, en mi casa, en mis discos de oro, mis canciones, mis instrumentos, todas ellas partes huecas integrantes de mi presente, y la utopía de resistirme regresó. Iba a decirle un par de cosas, que ya estaba bien, que no necesitaba de nadie, que la tormenta había pasado, que ya no volvería a caer. Iba a escupirla, a ignorarla, a lastimarla, porque en ella veía a cada uno, a cada ser, a cada habitante del día. Ella era una más de ellos, una ejemplar, la representante. Respiré, miré al amanecer que nacía y...
"Estoy muriendo de a poco / alguien mató al ángel que me guía
Pena por mis miedos / pena por mi carne.
Siento el sol que quema mis entrañas
y vos llegando de lejos /
a rescatarme."
Me dijo.
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Track 9. Mis ojos se llenaron de sangre, mi sangre se pobló de tachuelas y el amanecer se retrajo y se inundó de sombras, cada resquicio, cada rincón.
Traté de evaluar lo que acababa de suceder, tal cual era mi costumbre. Pensar, evaluar, someter a la lógica, reflexionar. No. No había dicho eso. No. Mis palabras no habían salido de su boca. Volví atrás. Me ví apagando la PC. Me ví retirando el CD de la grabadora. Me ví dudando por las opiniones que vendrían. Me ví feliz. Me ví poderoso con el arma que nadie conocía. Me ví fuerte, orgulloso con mi flamante obra. ¿Flamante?
El track nueve no tenía letra. Un ambient perfecto. Soberbio.
-No te asustes, nadie más lo tiene, ni lo va a tener de mis manos. Sólo yo. A mí nada se me escapa y, además, no existen barreras para lo que quiero. Lo conseguí. ¿Ahora me crees que es importante?
-No puede ser.
-¿Me llamabas? Vine.
Track 10. Si alguna vez, en mi entera vida, había estado confundido. Ahora, esos momentos me resultaban niñerías. Si cuento que en ese momento me sentía subido en la montaña rusa más alta del mundo y a punto de afrontar la primer caída, la mas estrepitosa, muchos se reirían. Pero es cierto. Así me sentía.
No había viento ahí arriba, ni ruidos. Asientos vacíos y el trepar lento, inexorable. Rayos de luna, sin cinturones, sin arneses que me sujeten, sin fuerzas, sin manos, sin ganas de vivir. Y así, subiendo y luces desparramadas allá en el piso. Y así, suspendido, en lo desolado, en el aire. Y así, perdido. Sin saber el instante preciso en que caería.
-No me equivoqué. ¿Estoy en lo cierto?
No, no se había equivocado nada. Lo sabía. Lo sabía todo. Ya no importaba nada más, ni siquiera mi miedo. Me sentí desnudo ante ella. Y lo peor era que a ella no le interesaba mi cuerpo, mi desnudez.
Quería mi sangre.
-Pero eso no está en la calle, de ¿dónde...-traté de preguntarle.
-No importa, una tiene sus recursos. Pero eso no es lo importante. Hablemos de ti. No sé lo que te pasa, pero algo hay, ¿no? Te conozco hace tanto...
Aún siendo un ínfimo susurro, ella había recitado la letra en el instante justo, cuando la música la necesitaba. Cuando el texto se apareaba con los sonidos.
-No, no me conocés hace tiempo. Me conoces hace diez minutos. Y todo acabará en otros diez. Así que, chau. Buen viaje. Ah, pero antes, decime, ¿quién te dio eso? ¿De dónde lo sacaste? ¿Entraste a mi casa? Decime.
-No perdamos tiempo, mañana sale mi avión. Ya no tengo donde quedarme. Hagamos lo que tenemos que hacer. Lo que está escrito.
-Estas enferma.
-Creo que no, pero gracias por preocuparte. Tu, sí.
-No.
-Sara.
-Eh?
-Que soy Sara. Así me llamo.
-Ok, felicitaciones.
Sara acababa de entrar en mi vida.
-Así que Sara. Bueno, un gusto. Pero démosle paso a la lógica.
-¿Tú, lógica?
-No me interrumpas. Sí, lógica, aunque no lo creas soy terriblemente lógico. Y eso tenemos que hacer ahora. Hacerle caso a la lógica. ¿Tenés hora?
-Sí, las cinco.
-¿Qué te dice la lógica? Las cinco, hoy es lunes...
-Martes.
-No me interrumpas.
-De acuerdo, gran señor.
-¡No me jodas!
-Bueno, ¿algún otro no más, gran señor?
-Mirá, es tarde, necesito terminar con algo. Eso significa que tengo que estar solo, ¿te dice algo eso?
-Sí, que me necesitas.
Track 11. Volví a ponerme los auriculares, subí el volumen al máximo. Odié al limitador de volumen, siempre me pareció que sonaba bajo, que necesitaba más intensidad. Por suerte en mi estudio no pasaba lo mismo. Igual sirvió para cambiar el clima. La miré pensado en no verla nunca más y la saludé como saludaría un capitán a sus soldados. Luego me encaminé a casa. El tema comenzaba con una intro furiosa, sonando a power trío, a adolescencia. A mi izquierda la claridad se filtraba entre las bocacalles irrumpiendo entre las sombras languidecentes. Mi capa se llenaba de humo, mi carne de fuego, la cuesta de padecimientos. Mis pulsaciones aceleraban como el tempo de la canción madurando hasta el final. Solo necesitaba llegar a casa, estaría mejor ahí. Pero claro, ¿porqué mi suerte, la de toda mi vida, iba a cambiar justo en ese instante? Los fantasmas volvieron. Me miraban reconociéndome.
-¡A ese lo conozco! –dijo el jorobado. Tenía la piel marrón con retazos verdes.
-Estás en pedo, ¿te tengo que hacer caso?
El amigo, cojeaba, pelo a mechones, cadenas, botas roídas y varias cicatrices llenas de barro y sangre seca. Ambos contrastaban con el alba como si esta los hubiera tomado desprevenidos. Vidrios rotos a sus pies los llenaban de reflejos.
-Claro, boludo. Te digo que lo conozco. Es... puta no me acuerdo el nombre. Es músico. Te juego lo que quieras. Dejáme pensar...
-No grités, boludo, vas a despertar a todos. Sabes que acá llaman a la cana por cualquier boludez. Vamos –dijo y lo tomó del brazo pero el otro se resistió.
-No, esperá, le voy a hablar. A mi hermana le gusta. Tiene fotos. Seguro que algo me dá para ella. Parece que tiene onda.
-Para mí tiene un cagazo...
Rodearía la manzana, entraría a casa por la vuelta, no me verían. Pero...
No. No sería bueno, no podía retroceder y salir corriendo. Llamaría su atención y era no último que quería hacer. Al final, seguro, corriendo, en menos de cincuenta metros sería su presa fácil. El venado. Estaba solo, ellos al frente, la loca a la espalda y para colmo con el cielo despejado como estaba el sol no tardaría en aparecer.
-Ey, amigo, vos sos el que canta, ¿no? Sos famoso. Te tengo visto.
-Dale Chape vamo’
-Tenés a todas las minas, vieja. Me contó mi hermana que está reloca por vos. Dice que sos el más lindo, el más grande. Debes tener de todo, ¿no? ¿No tenés algo acá para los amigos? ¿Nos tirás unas monedas?
-Chape...
-Esperá que el amigo nos va a dar algo. ¿Nocierto? Che, no serás puto, vos como todos esos que cantan giladas, ¿no?
El monstruo levantó su pulgar derecho pretendiendo posarlo en mi pecho. Estaba a más de dos metros y se acercaba arrastrándose.
Tenía que gritar. Tenía que...
"El mar amaneció rojo / ¿alguien pudo verlo?
Yo estaba ahí / seguro no me vieron
Yo estuve ahí / cuando solo había desierto"
Track 12. Mi espalda gritó, pero con voz de mujer.
-¿¡Qué está pasando acá!?
-¿Eh?
-¿¡Qué, qué está pasando acá!?
-No, yo no... de onda... quería algo nomás.
-Píerdete amigo, si no quieres problemas. En serio hablo.
-¿y vos quién carajo sos, loquita, saliste de alguna novela?
-Mirá, no queríamos joder a nadie, ya nos íbamos. Dale, Chape.
Ahora sí, al verse tomado del brazo Chape se dejó llevar. No sé si por la voz autoritaria de Sara, su fuerte presencia y si fue la cara de loca que portaba –yo mismo le temí-, lo cierto que los monstruos recularon y se perdieron por el camino contrario del sol. Iban envueltos en una bruma extraña azul, apurados. Sara, en cambio, radiante, sintiéndose heroína, me miró sin reproches desde el fondo de esos ojos y me dijo lo que temía escuchar: la verdad.
-¿Vió, gran señor, que vine a ayudarle?
Caminamos una cuadra en silencio.
-Igual no fue eso lo importante. Me lo agradeces, lo sé, pero tu problema no tiene relación con los robos y todo eso.
-No te vas a dar por vencida así nomás, por lo visto.
-Ya te conté por lo que pasé para llegar hasta acá, ¿que te parece? Sácate los auriculares al menos ¿Puedo pedirte eso?
-Sí, disculpa. –Me los saqué.
-Ahora, ¿hablamos? Traes algo ahí dentro que nos pueda ayudar –dijo, señalando mi espalda.
-¿Vos sos algún tipo de vidente o algo así? Si, claro que tengo algo.
Saqué la petaca. No iba a alcanzar, pero ayudaría. Me senté antes de llegar a la esquina en medio del boulevard. El pasto frío y húmedo ofició de alfombra. Ella me imitó al instante. Destapamos la pequeña botella y un aroma impropio impregnó el aire. Ni ella preguntó que había dentro ni yo lo recordaba. Su gusto me reconfortó, ella no puso ninguna cara en particular. Supuse que a mi me tocaba la responsabilidad de comenzar a hablar. Sara había hecho ya todo lo que le correspondía. El miedo no representaba ese insoportable ruido blanco en mi nuca y me pareció una buena señal. Algo auspicioso.
Entonces comencé a hablar.
"Seguíme / es el camino a casa.
Es el sendero de todo
Es donde podremos ser así"
Track 13.
Al levantarme las rodillas me crujieron y un dolor intenso en la cintura me recordó que ya no era un pibe. Ella, cambio, fue toda silencio y destreza. Dos vecinas caminaban en su ritual de gimnasia matinal. Ambas nos miraron. Me hubiera gustado escuchar us conjeturas. Reirme un poco.
-¿Qué dirán, no? -dijo Sara
-En eso pensaba...
Hicimos otras dos cuadras en silencio hasta llegar a casa. Su perfume, o mejor dicho, su natural perfume -no parecía ser más que eso- se filtraba en mí con naturalidad. Era como el correspondiente olfativo a su personalidad gracil y ligera. Toda ella despedía su agilidad en forma de mirada, de movimiento, de voz o de perfume. Y, además, estaba seguro que no lo sabía, que no pretendía sacar partido de ello.
Sara caminó mas rápido y se detuvo frente a las mismas rejas que yo había cerrado una hora y pico atrás. ¿Se podían cambiar tantas cosas en 74 minutos?
"Hipnóticos pasillos son tus venas
peldaños hacia la eterna sapiencia
te escondes tras tus ojos de inercia
y sos como quiero ser"
*
-Sí, voy a pasar. Pero primero voy a llamar a casa -me dijo.
De fondo, en casa, sonaba el Track 14.

Teo

Si lograra describir lo que sentí al verla, si estuviera menos viejo y más lúcido. Pero no es así. Ya no es así. Estoy viejo. Inexorablemente viejo. Pero no es eso, no es lo que me afecta. Lo peor es ésta pérdida y la rapidez con la que se extingue, y la conciencia que tengo de todo esto.
Algo habré hecho, digo, porque no me queda otra alternativa que definir esto, mi envejecimiento, como una venganza. Ya no hablo como antes, me cuesta expresarme, veo a las palabras boyar en un mar de olvidos hasta que al final se tornan transparentes, hundiéndose con pasmosa lentitud, se me escurren entre los pocos dientes míos, me esquivan y ya no sé como decirlas. El diccionario, mi viejo diccionario de 1500 hojas, ilustraciones, bosquejos y significados no es más que un suplemento, y mis casi cuarenta años de estudio se notan aún menos que mis pectorales. ¿Y todos esos libros? ¿y los viajes de investigación, las horas de museos, las tesis, las exposiciones? Dónde...
-Hasta el puente ese... el de Cabildo.
-Saavedra. 1,25
-Gracias.
La ambulancia paró unos metros adelante, salía de casa, venía para la parada, las siete, traía las luces encendidas pero no la sirena. Yo hacía rato que estaba despierto. En las paredes grises alguien pintaba y despintaba tonalidades azules. El motor continuó en marcha, no venía a llevarse a nadie. A Dios gracias no. A traer venía.
No veo bien, por eso aceleré el paso sin pensar en lo que hacía o tal vez resignándome dócil a las garras del sadismo que tanto critiqué siempre pero que a todos nos habita, no tenía duda, él me obligaba a tal vergonzoso acto. En segundos tenía otro panorama: una respiración agitada, pitidos de alguna máquina que monitoreaba no sé que cosa, movimientos certeros y rápidos, y una parsimonia en esas personas de guardapolvos celestes que me contagiaba algo de tranquilidad, lo que más necesitaba.
Si tanto me costo reconocerla en ese instante fue -pensé con claridad más tarde- por una negación clara a querer entender lo que empezaba a pasarme, la etapa crucial en la que acababa de ingresar. Cronológicamente no era otra cosa que la última etapa, el cierre. No quería escuchar pero alguien golpeaba a mi puerta.
La vi a ella, a Coco, tan demacrada que –recuerdo- pensé en una fotocopia viva de su cara, de su habitual color. Es precisamente lo que no podía describir, digo, Coco es tan independiente que me resultó imposible unir esa imagen de ella sentada en la ambulancia con las que albergaba en mi memoria. Coco, cinco años menor a este viejo que habla, es una persona que siempre admiré, por su grandeza, por su fuerza, por algo enérgico que me resulta imposible ponerle un nombre. Coco es una de esas personas a las que nunca les va a pasar nada malo Es un espejo, una guía para nosotros los que arrastramos nuestros huesos casi carentes de carnes firmes como una procesión de mutantes en camino del gran portal del cielo, la puerta de salida de la vida a la que tanto tememos y que tan próxima ahora siento.
Ella sentada en una silla de ruedas dentro de la ambulancia miraba al infinito como si todo lo que estuviera más acá fuera trivial y obsoleto. Y lo es. Traía su mirada fija como un soldado volviendo derrotado de una batalla, con la memoria puesta en algo que quedó allí, en donde nunca regresará. En esos peligrosos ojos celestes, un brillo vidrioso se había trepado a su destello empantanando su misterio, rotulándolos. En mi mente se repetían recuerdos de animales en vitrinas, y pasillos largos con olor a desinfectante, y carteles vetustos.
-Dejá, piba, ya bajo, gracias no te molestes.
-Abuelo para puente Saavedra falta como una hora con suerte. Siéntese.
-Sí, sí. Gracias.
Vergüenza me da de decir que sentí vergüenza al verla. Y eso que traté de evitarla. Estaba seguro que cada joven de la cuadra me miraba desde su ventana y me decía con la mirada Usted es el próximo, lo sabe. Y no era una pregunta, ni una advertencia. Era parte de la venganza. Claro que lo sabía, de muchas cosas me había olvidado, pero de esa no. Lo sabía, y quizás por eso brotaba esa vergüenza de mis hombros, de mi cuello. No miedo, vergüenza, como si la muerte más que un final decoroso resultara algo indecente. No, indecente no es la palabra; tachable, reprochable, sucio, bajo, vergonzoso. Sabía que en esos ojos vidriosos se sintetizaba el acto mismo de envejecer y sabía que actuaba de una manera terriblemente idiota (a mi perro una vez lo atropelló un auto, fue muy triste y muy shoqueante para un nene como lo era en ese momento. Ver morir a alguien tan cercano, tan querido, tan carnalmente próximo es algo que nunca vas a olvidar. Y ver a los perros de la esquina huir desesperados tratando de alejarse lo más pronto posible del cuerpo sin vida de mi perro, tampoco. Tal vez ellos en su limitada mente canina pensaban que la parca que venía a llevarse a mi perro también se llevaría a quien estuviera cerca franqueando su camino, desafiándola), pero como todo buen anciano nada podía hacer para evitarlo. Así, es el miedo a lo desconocido y poco me costó darme cuenta que yo actuaba de la misma -e irracional- manera.
En la llegada de la decadencia a la vida de Coco había un mensaje claro, casi significaba lo mismo que un explosivo en la puerta del vecino. Sabía que en ese recinto hecho de sábanas, guardapolvos, camillas y sirenas una sombra negra se agazapaba y me miraba de reojo, si es que a esos pozos oscuros se les podía llamar ojos. Sabía que en esa primera derrota de la mujer, la primera de las sucesivas que pronto llegarían, quedaba expuesta la intensión de ésto a lo que llamamos vida. Todo se acabará pronto, lo sabés viejo, le decía la voz y mientras tanto le acariciaba la nuca con sus yemas frías.
Tiene razón, Teo, hacéle caso. Sé de lo que habla, me decía Coco.
Sí, lo sabía.
-Oiga señor, ¿me permite?
-¿Sí?
-Su boleto, abuelo (mirándome como quien ni mira) .
-Sí, como no, sí me da un minuto que lo busco...
-... (mirándome impaciente)
-Un minuto por favor, por acá lo puse.
-Búsquelo tranquilo (mirándome vencido)
-Gracias.
Espero no tener que caminar tanto. Tengo este temblequeo en las piernas. No lo soporto. Pero bueno, ya que estoy en el baile voy a hacer lo que tengo que hacer, bailar. Sino ni me hubiese ofrecido y listo, me quedaba en casa, tranquilo, dándole de comer a los pájaros y leyendo el diario al sol en la mecedora del fondo. Que lindas se ponen las cosas lindas cuando están lejos, y uno que siempre las hace sin pensar. Ya está, además nadie podía, quién más iba a hacerlo, y ésto no podía esperar hasta el lunes. Acá me tienen ¿Faltará mucho para el puente ese?
-¿Saavedra? No. Quédese por acá que yo le aviso.(fastidiado)
Si pudiera con éste cansancio cuánto mejor estaría. Me siento mal dormido. Es verdad, duermo poco últimamente. Cinco horas a lo sumo, siempre es así. Sin embargo, esta sensación aumenta y me alarma. Hace unos años, no tantos, sólo me pasaba al final del día -aún durmiendo la siesta-, llegué hasta convencerme que mi máquina funcionaba a energía solar porque el ocaso mío coincidía siempre con el atardecer. Podrido de verdad lo tenía al Rolo, mi sobrino, diciéndole lo bien que estaba yo de joven, que casi ni me enfermaba, de lo poco que iba al médico, de lo fuerte que era y la energía que tenía, si hasta maratones corrí. Todas esas cosas le cuento. El pobre siempre escucha sin chistar, no se queja de lo pesado que soy, debo parecerle un estorbo. No lo culpo. Si tan errado no está. Ahora que la cosa avanzó, se agravó, a veces pienso que... La cruz es muy grande, el bocho sigue y sigue, sabe que se consume, que tiene los días contados y no puedo ocultarle nada.
-Acá abuelo y tenga cuidado con las escaleras... (Ahora más humano)
-Sí, gracias, gracias. Es usted muy amable.
-...son empinadas
No hablaba de los tres escalones del colectivo -¿hace un tiempo no tenían dos?-, de eso me di cuenta levanté la vista del piso. Había quedado al borde de una escalera que más se parecía a una pirámide Maya que a lo que pretendía ser. Una forma de ascenso - descenso para todo tipo de personas. Hablo de las normales. Como imposibilitado de contener tanta sorpresa, tanto vértigo, mi cuerpo se negó a dar un paso más. Tenía toda la razón. ¿Porqué nadie me avisó ésto? Estaba arriba de un puente y no en una parada al nivel del mar. La muerte me estaba proponiendo un desafío, y llegaba de la manera más impensada y absurda.
Mi miedo es entendible. ¿Alguien reparó alguna vez en la inclinación de esta escalera? Desde acá ni siquiera puedo contar cuántos escalones tiene, y no es la vista la que me falla, por mi vista pongo las manos en el fuego. Setenta u ochenta serán los escalones. Y descansos, descansos no hay ninguno, eso sí.
¿Qué hago ahora? ¿Pido ayuda? A quién, si todos corren como si los estuviera por alcanzar un derrumbe. Aparte, qué van a decir de este pobre viejo que ni en pie puede mantenerse. Y van a tener razón, nada les puedo retrucar. Me siento vencido, si alguien pudiera como yo verlos pasar, a las corridas. Y claro, si son pibes. Tendrán unos veinte años la mayoría, por acá estudiarán algo, todos acarrean libros y mochilas, y se saludan efusivos, se palmean, o se besan, ellos también, como si nada, distendidos, desentendidos, ellas son tan tan tan... fatales ¿Qué les puede pedir esta pobre alma antigua, si ni siquiera lo ven a uno acá parado? Me intimidan, soy como un contagio para ellos.
Los autos que van pasando bajo el puente, bajo mis pies, me producen un raro efecto, como si estuviera parado sobre un piso flexible, un lugar seguro pero no fijo. Será por la velocidad y por la cantidad, van y vienen sin parar. Ninguno se detiene un segundo, todos juntos forman un gran esquema prolijo y dinámico. El fluido de metal nunca se acaba, es casi una canilla chorreando chapa y ruidos, zumbidos vivos, insensatos, que por suerte el viento dispersa. Sino todos estaríamos finados o locos.
La desesperación, la siento llegar. Por Dios, que lejos estoy ¡Que lejos estoy! Tendría que gritarlo para sentirme mejor, y no me animo. Enseguida me doy cuenta que no sirvo para gritar. Igual nadie me mira. Gritar. Nunca pude hacer algo así y encima ahora estoy seguro que todo me hubiera salido un poco mejor si contase con esa facilidad. ¡Que lejos estoy! Y lo pienso gritando dentro mío para contentarme al menos con eso, consuelo tonto. No lo logro y me siento más tonto, y más tonto aún por sentirme así. Cómo se convence a un viejo tonto, todo una cadena de eslabones tontos. ¡Que lejos estoy! Qué lejos estoy de donde quiero, qué lejos del placer, qué lejos del entusiasmo. Esta vida me obliga a deducir algo y no me animo a llamarlo pena. Lo vital se va me deja sin pasiones. Será cierto nomás, nada me contradice, nadie se atreve. Lejos del amor, lejos de la piel, casi hasta del placer mismo, con el lenguaje del cuerpo ido, y a solas con esta montaña de arrugas y dolores atentos, tengo tan pocas razones que no tengo nada. En mí, todo se reduce al "Siempre hay que tener a mano algo de que dejarse".
Si no hubiera viento sería una mañana perfecta. y quizás hasta estaría allá abajo, tranquilo con mis cosas, haciendo lo que vine a hacer, a paso lento, el trámite, eso, el trámite, ya me había olvidado del bendito trámite. Ahora con qué cara voy a decirles que no pude cumplirlo. Otros más que van a decir lo mismo, viejo inútil. Y van a tener razón.
No.
No miento, yo lo cuento tal como ocurrió para quién quiera escucharlo y no me importa el qué dirán, demasiado tiempo perdí sufriendo. Así fue: Caminé por la caída de la cascada, una caída de veinte metros al menos, torrente de montañas de agua. Y caminé con el viento a mi espalda obligándome, y con el verdín de mis músculos haciendo que mis pies resbalen, haciendo que mis ojos sufran. Era una mañana de sol, temprano. Todo se movía. Una mañana más, esas de costumbre fácil. Así caminé por esas aguas; así, sin sogas, ni sostén, sin guías, sin redes, sin fuerzas, sin ángel, domando mis miedos, apoderándome de mis temores, de mí mismo. Tuve tanto miedo, tanto que ya no supe que sucedía a mí alrededor. Todo el mundo se movía, y en el piso alocadas sombras de nubes se sucedían en un desfile indescifrable. Es más, hasta el cielo caía por la cascada, mi pasado caía, mis hijos que no tuve caían, mis sueños hechos sangre caían, mis lágrimas hechas sueños caían, mi esposa querida caía, mi amada madre -¿cómo era esa cara tuya tan suave? No puedo olvidar tus manos, calor de caricia- caía, pero yo por desgracia no terminaba nunca de caer, ni por despecho ni por suicidio, nunca caía, me aferraba a tiempo, algo debía querer de este mundo al fin, pero dónde estab...
-Oiga, abuelo. Tenga cuidado con esa baranda. Está floja. Yo ayer casi me caigo. Trabajo en los bondis ¿sabe? Vendo. Ando seguido por acá. Deje que lo ayude. Espere que me organice con estas cajas. No se preocupe, estoy acostumbrado.Ya está. Bajemos. Despacio, por favor, que tengo un vértigo.

Pertenece

Acaba de cortar.
En su cara ya no se respiran praderas floridas. No. Ahora parece un coctel de sensaciones conocidas: inseguridades, misterio, ansiedades, miedo, angustias y hasta un poco de excitación tal vez -la nunca satisfecha excitación-. El departamento es luminoso y llamativo. El detalle que lo realza es ese pasillo escalera -tan agosto y empinado- que conduce al cuarto de allá arriba, construido en un desacostumbrado desnivel para viviendas de este tipo. Y fue por ese detalle que se decidió a alquilar la pequeña vivienda, único departamento del último piso del viejo edificio, tal vez el más antiguo y excéntrico de la zona, el macrocentro. "Lo bueno que tiene éste lugar es que, a pesar de estar muy bien ubicado, es tranquilo, seguro y silencioso, ya vas a ver", le dijo el tipo que se lo alquiló, el que acababa de cortar. No le había gustado nada ese remate, el "ya vas a ver", dando por descontado lo que al final sucedería, terminaría alquilando el departamento. Además, claro está, de la excesiva confianza al tutearla. La verdad, desde el momento que vió ese pasillo-escalera, y el dormitorio arriba -como retirado-, y los dos pequeños balcones a la calle -¡porque tenía dos!-, estuvo segura que el lugar le pertenecería, al menos por un tiempo. Un amor a primera vista clásico, aunque, claro, potenciado por la cantidad de cuchitriles -su madre estaría orgullosa de esta palabra...- horrendos que le había tocado en suerte visitar gracias a los clasificados del domingo. Seguro, ese entusiasmo se le notaba en la cara, nunca fue buena ocultando cosas, en especial las buenas. El tipo se dió cuenta enseguida, se dijo en voz bien alta, mientras miraba absorta cómo cada palabra se apareaba con los brillos que el sol de la mañana repartía sobre la baranda de aluminio del balcón más bajo, el que contaba con el ventanal altísimo y varias plantas que ni intención tenía de regarlas. El precio lo aceptó enseguida, más sabiendo cómo había ido cayendo en picada en los últimos dos meses. El diario lo delataba, domingo tras domingo, los tenía guardados. Marina se preguntaba porqué le resultaba tan dificil alquilarlo, si era una preciosura. Dos veces lo visitó antes de decidirse y en las dos le había tocado en suerte el mismo tipo.
Las pocas cosas, sus pertenencias, ya estaban ubicadas, tarea que no le insumió casi nada de tiempo. Sólo restaba una mano de pintura pero, en contra de toda lógica y de las recomendaciones, la había pospuesto. Nadie mejor que ella conocía su ansiedad y estaba segura del poder que ejercía sobre su voluntad y, por consiguiente, sobre sus actos. En el aire, Cramberries empezaba a conocerse con las paredes, pasarían mucho tiempo juntos. Qué contenta estuvo hasta ese llamado, el estúpido disturbio, otro. ¿Un bolso? Sí, lo había visto por ahí -¿para qué mentir?-, pero, en medio de la vorágine y la novedad, ni tiempo de reparar en él tuvo. No al menos de manera conciente. "¿Un bolso?", "Por la tarde, por favor ¿puede ser?", "¿paso a buscarlo?". No se negó. Poqué iba a hacer tal cosa. Solo pasaría por el bolso y se iría. Ni siquiera tenía que hacerlo subir, sólo bajaría los once pisos con el lento ascensor y le daría al arrendador -así constaba en el contrato- sus pertenencias olvidadas -¿adrede?- en lo que ahora era su morada. Sólo eso. Ni tan dificil, ni tan riesgoso. Casí una definición de su estilo de vida.
Marina subía agradecida por no haber engordado tanto, de otra manera no habría cabido en esas hermosas -y estrechas- escaleras. Se metió en el baño contenta, desafiante dejó la puerta abierta y desde el pequeño habitáculo pudo ver el edificio de enfrente, dos pisos más alto que el suyo. Y más sucio. No encendió la luz, no la necesitaba. Lo que estaba haciendo lo conocía de memoria. Segundos más tarde, abstraída en un silencio compacto, con la bombacha estirada de rodilla a rodilla como un tender, se permitió navegar entre corrientes de pensamientos cálidos y placenteros. Ultimamente, varios de estos ejemplares la habían asaltado por sorpresa. Ejemplares de pensamientos, situaciones hipotéticas con extraños hombres. Encuentros furtivos en rincones poco visitados de la oficina, en ascensores trabados en entrepisos, en boliches atestados pero convenientemente oscuros, en departamentos vacíos y soleados... ¿Y si el tal Mario Gonzalez, el arrendador, la buscaba? Casi ni había alcanzado a preguntarselo cuando la represión llegó a tiempo para desarmar la ensoñación. Se levantó y se dirigió a la ventana. ¿Qué escondía ese llamado telefónico? No una maldición Inca por cierto. ¿A qué le temía? ¿O era otra cosa, y no temor, lo que sentía? ¡El bolso! Volviendo en sí, como si hubiera recibido un baldazo de agua helada, prácticamente se arrojó por la escalera como si tuviera los minutos contados para cumplir con un mandato trascendental. Poder, sí, irradiaba poder. Ese maldíto bolso...respiraba.
Minutos después, una toalla color natural tapaba el bolso y Mariana se asomaba a la heladera buscando algo para su almuerzo.

Una vieja camisa oscura, arrugada, llena de pequeñas manchas blancas; dos revistas recortadas, una de fisicoculturismo, la otra en alemán, sin fotos, indescifrable; cassettes sin tapa, desconocidos, tal vez también alemanes, demasiadas consonantes para que una persona normal pudiera leerlos; un frasco pequeño de vidrio, imposible de abrir, con la tapa pegada; un atado de Gitanes; medias sueltas, sin par, al menos ella no pudo formar ninguno; tintura y decolorante de mala calidad; una navaja oxidada; una pirámide de cuarzo; un manojo de postales de lugares nevados, escritas todas en otro idioma y con letra redondeada y prolija; monedas sueltas, la mayoría uruguayas; un folleto de un aliscafo; un sobre abierto de donde cayeron al piso fotos en las que él no estaba; otro sobre cerrado, lacrado, con el sello postal del mes anterior y una etiqueta donde alguien lo llamaba "muy señor mío"; papel para armar; un instrumento similar a una pipa indigena; tres encendedores llamativos pero descargados, en uno una chica bamboleaba sus pechos desnudos; cuatro círculos metálicos grandes e idénticos, como esposas pero sin la cadena que las une; compactos vírgenes; un pantalón de tela gruesa, en apariencia sin uso; un par de lentes oscuros, rayados; un mapa hecho a mano con lapicera negra con varias cruces rojas marcadas, un mapa del centro con anotaciones ilegibles y números carentes de lógica –al menos para Marina-; un manojo de biromes de varios colores sujetos con una banda elástica y varios sobres de nylon cuadrados que supuso –bien- que alguna vez contuvieron profilácticos.
En el aire flota esa quietud que tanto la exaspera. En la tele nadie habla de cosas que le interesasen. Decidió apagarla, aunque eso la hizo sentir más sola. Tanto esperó, inconcientemente primero, concientemente luego, peligrosamente alerta al fin, que sin darse cuenta terminó exhausta. Las más árduas batallas se disputan en la vigilia y ella siempre encontraba algo que la hiciera sentir así, pequeña, como una flor rodeada de grandes edificios altos. No podía creerlo, no quería que fuera así pero siempre le sucedía algo similar.
El timbre sonó al fín. El tiempo lo había transformado de temido en añorado, o al menos esperado con ansiedad. La toalla continuaba tapando la criatura. El tráfico emigrante parecía esquivar con demasiada facilidad ese edificio perdido. En los vacíos departamentos lindantes nadie hacía el ruido cotidiano que se escucharía minutos más tarde, como cada jornada. El timbre volvió a sonar. ¿Tanto tiempo había pasado desde el primero? ¿Tan ansioso estaba el tipo? ¿Porqué tanta urgencia, si el bolso sólo contenía porquerías? Cabían dos posibilidades, o no se había fijado demasiado bien y el bolso contaba con un doble fondo repleto de droga, o bien el tipo venía por ella. Sólo por ella. Marina se asomó al balcón sin saber qué esperaba ver. Enseguida volvió adentro. El timbre sonó por tercera vez. Lo dejaría afuera, que tocara todo lo que quisiera, total ni se enteraría de nada. Las luces permanecerían apagadas tal como ahora, la música también, al igual que la tele. ¿Podía escuchar algo desde ahí doce pisos abajo? No, seguro que no. Se cansaría pronto. Y ahí sí, ella lo vería desde el balcón alto, el de la derecha, caminando cabizbajo, triste, hambriento, sin bolso y sin presa. Pero, ¿qué pasaría si el portero le abría la puerta? No había pensado en ello. El tipo llegaría así hasta su puerta -la de él- y hasta las llaves tendría. Era el dueño ¿o no? En ningún momento pensó que fuese necesario un cambio de cerradura o al menos de combinación. No porque fuera confiada, sino, simplemente, porque ni se le había pasado por la cabeza. Se la veía arrepentida ahora, claro.
-Es lo primero que voy a hacer mañana -dijo. No quería pensar en la llave del tipo pero su cabeza se empecinaba en imaginarla entrando en la cerradura, dulce pero impetuoso, y haciendola girar. Una y otra vez. Una y otra vez. En medio de la vorágine se encontró en el espejo y le costó reconocerse, luego al sacarse la vista de encima miró el departamente y tampoco lo reconoció. ¿Adónde estaba? ¿De quíen era ese sitio tan nefasto? ¿qué le sucedía? Si hasta de primera vista le había resultado en principio, familiar.
Amagó con volver al balcón pero se detuvo a mitad de camino. La segunda idea del día la tomó de sorpresa. Sonrió. Luego corrió al portero eléctrico y recuerriendo a a una voz tan calmada como ajena, dijo: "Un momento, ya bajo". Enseguida agarró un manojo de llaves y salió decidida por la puerta, empujandola luego con el pié e ignorándo el estruendo de ecos que el golpe produjo en el hueco del ascensor.
Al rato estaba de vuelta.
-Como no, no hay ningún problema. Yo se lo alcanzo señorita, para eso estamos. Olvidese del tema.
-Gracias. Qué amable es usted.
Marina cerró la puerta, anotó algo en un papel que luego pegó en la alacena a la altura justa de sus ojos y llenó el lavarropas. El agua, el jabón en polvo y el suavizante no tardaron el mezclarse. Había llegado el momento del estreno y en el departamento había una toalla sucia.

Gdansk



-Al rojo, sí, al rojo. Por ustedes... –y besó la ficha.
La apoyó sobre el rombo dibujado sobre el paño, rojo sobre verde, como si con ese rectángulo plástico de múltiples tonalidades violáceas se fuera su última conexión con la vida, o con las cosas felices de la vida al menos, y cerró los ojos dejando que el vacío lo engullera aún sabiendo que su vida estaba en juego, la suya y otras dos más.
La sensación se coló en él haciendo estragos, como si su cuerpo fuera un cumpleaños de quince de alguna chica bien y la sensación, una banda de borrachos descontrolados. El solo perder el contacto con el plástico de la ficha le dio vértigo, un vértigo desquiciado. Ya estaba jugado.
La esfera de marfil blanco inició su carrera errática y enloquecida de cada noche como remontando un ciclón. En simultáneo, la rueda numérica comenzaba a girar a igual velocidad en sentido contrario. Chocarían, sí, chocarían al encontrarse y ese choque se inscribiría con letras doradas en el libro sagrado de su destino, el resultado de ese choque al menos: el resultado de la primer batalla.
-Colorado el tres –gritó el crupier. Ezra suspiró, dejando escapar el aire viciado que llevaba por más de un minuto retenido. La primera, sí, la primera es nuestra, mi amor, se dijo. La primera es nuestra. La quinta parte del pasaje, pensó y con su mano golpeó el bolsillo grande del saco gris que vestía. Lo había alquilado a cambio de una semana de trabajo en una obra no precisamente de teatro. Ese saco, el pantalón negro y los zapatos... La camisa era suya. Su sonrisa creció, distendiéndose, ínfima. Confianza necesitaba. Y fe. Mucha fe. Dios lo guiaría y pondría en sus manos la elección correcta. La única que cabía en realidad. Era una apuesta a matar o morir, lo sabía.
Cinco batallas, ya lo tenía estudiado. Cinco, con la primera ya ganada. Cinco, y cada una, progresivamente más difícil. Cinco, y todas formando parte de un plan. Un plan desquiciado pero lógico, si se piensa en términos de amor y distancia. Un plan extremo, que si lo lograba cumplir, lo convertiría en un hombre feliz. En definitiva, cinco golpes de suerte no eran una locura, un imposible. Digo, por cinco de esos no iba a firmar un pacto con el diablo, aunque si hubiera sabido cómo hacerlo seguro lo habría hecho.
Cinco pisos hasta la terraza donde brilla el sol, pensó, y ahí vamos a estar juntos, amor. Juntos otra vez, los tres. Los extraño. Los extraño mucho.
Su primer paga se amontonó sobre la mesa y un palo, con algo parecido a un limpiador en la punta, se lo alcanzó. El contacto con el plástico le devolvió a su cuerpo la tranquilidad.
-Fe, si que la tengo –se dijo.
Jugueteó con las fichas sin levantarlas del paño y sin pensar las reacomodó sobre el rectángulo donde decía "segunda Docena". No cambiaría sus planes, Dios le había dicho qué hacer. Bueno, en realidad, era un trabajo en equipo. El equipo de los sueños: Dios, él y los sueños. Dios, el mentor, el supremo; los sueños, el método, la vía de comunicación; y él, Ezra, el traductor por llamarlo de alguna manera, y el ejecutante.
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En el primero de sus cinco sueños vió a su hijo, Noha.
Noha, de tres años de edad y casi tres que él no lo veía. Se podía decir que casi ni lo conocía. Dos años, nueve meses y once días en la vida de alguien de tres es prácticamente toda la vida.
Su sueño con Noha fue vívido, tanto que despertó buscándolo en los alrededores de la cama como si fuera natural que ahí estuviese. Lloró, ¡cómo lloró cuando lo tuvo enfrente! Si hasta podía tocarlo... Los ojos grandes y castaños con los que miraba se parecían mucho a los suyos, no cabía duda. Y estaba tan grande y tan fuerte... La pena inapelable de no haberlo visto crecer, caminar, hablar, lo aniquiló. Noha usaba un trajecito rojo. No negro.
Dos semanas después tuvo el siguiente sueño.
En éste, apareció su esposa: Nadiah. La tercera parte implicada en el plan. Aun no había olvidado el de su hijo y ya llegaba ése. ¿Qué debía pensar? Con toda seguridad, algo trascendente, pero todavía no se le ocurría.
Sí, fue un sueño fuerte, pero sólo en un aspecto más que el anterior: en lo erótico. Perturbador, incisivo, cruel. Seguro tardaría mucho en dejarlo atrás. Una cama, sábanas blancas, vírgenes pero a la vez gastadas. Un lado plano, liso y prolijo, un espacio vacío en espera, y otro arrugado y lleno, ocultando formas, montañas irregulares, curvas de mujer, las formas de la mujer que más había amado es su vida. La última que había tocado. Las formas se movieron, se incorporaron en la cama y, ya sentada, dejaron al descubierto dos razones nada modestas y casi perfectas; mientras Ezra apoyaba sus rodillas en un colchón terso y blando tratando de llegar a ellas. El sueño luego discurrió caliente y lógico, pero él se quedó con sus dos razones pétreas.
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-¡No va más! –gritó a la par del crupier pero cuando éste lo miró, Ezra ni se dió por enterado. De nuevo la bola blanca, maciza, corría su loca carrera, casi inacabable. Tenso, trató de levantar y bajar sus hombros para relajarse, pero no obtuvo ningún resultado positivo. Si la segunda batalla lo llevaba hasta ese estado de nerviosismo no soportaría la cuarta, de eso estaba seguro. Debía encontrar una forma de tranquilizarse, de distraerse, tal vez un trago, pero, ¿con qué iba a pagarlo? ¿Con el dinero del pasaje de Nadiah? No. Seguro, eso no sucedería. Casi se olvidó del tema al escuchar ese nombre mágico pronunciado por su propia mente.
La bola llegó a su punto de mayor velocidad girando bien cerca del aro superior de la ruleta, y luego, obedeciendo a la gravedad, cayó para chocar con la rueda numérica que, como de costumbre, giraba en el sentido contrario. Saltó, golpeó, rodó, volvió a saltar y se posó firme en una de las ranuras mientras los números jugaban en su calesita de la fortuna. Era negro. Vueltas, vueltas. Si, negro pero... tenía dos cifras? Vueltas, vueltas. Los ojos de Ezra habían aprendido a ver en ese frenesí. A interpretarlo. Trece. Estaba seguro.
-Negro el trece –gritó a la par otra vez, sólo que ahora el crupier ni se molestó en mirarlo y empezó a retirar las fichas perdedoras de la mesa. Un desparramo numeroso en donde no figuraban las suyas. Una gota se descolgó por su espalda y se detuvo incómoda en el borde de los pantalones. La primera gota de la noche. El alivio se instaló otra vez en sus músculos, pero ahora en una ración más reducida, como las raciones de comida que recibían en su tierra, su Polonia natal. La amada y odiada Polonia. Ya nadie de su familia sufriría más. Esa tierra nueva que lo albergó a él, los hospedaría a ellos, y con trabajo, y con esfuerzo, lograrían lo que nunca habían podido hacer en su puta vida: ejercer su dignidad. Ser.
Voces sonaban en su cabeza. Casi sin darse cuenta dejó de lado el castellano torpe que hablaba y volvió a su lengua por unos segundos. Alguno lo miró a pesar de la indiscutida indiferencia reinante. Quizás se debía a lo común de ver extranjeros en esa época en Buenos Aires, más, tan cerca del puerto como estaban. Los barcos los traían como racimos. Almas viejas escapándole al horror de la post-guerra -casi peor al de la guerra misma-, llegando desesperados, abandonando sus pocas pertenencias, desertando de la vida. Sentir al infinito pisarte los talones es mejor a quemarse por siempre en él, solo que Ezra había dejado a dos suyos ahí dentro y eso le quemaba más que cualquier hoguera. El terror y el hambre le amputaron sus brazos y habían quedado allá, en la vieja Europa, entendiéndose por brazos a Nadiah y a Noha, por supuesto.
-Sí! -se dijo, y cerró el puño con la fuerza que contagia la alegría de la victoria, aunque contrastando demasiado con su presente.
Dos quintas partes.
Dos anhelos partes.
Los dos primeros sueños ya formaban parte de una realidad. Ellos fueron la clave de esas victorias. Efímeras, pequeñas, pero victorias al fin. Ezra supo interpretarlos y en eso residía su mérito. De ahí en más, le quedaban tres duras pruebas, eso significaba que no debía dormirse. No ésta vez. Debía saber ver el momento y atacar, el plan perfecto, el que traería a las razones de vivir de vuelta a su vida, a través del mar, un viejo conocido.
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El casino, o casi eso, funcionaba en Retiro, y no creo que haga falta decir lo clandestino que era. Lo que sí hace falta decir es que en él (casi) nadie había ganado una fortuna, ni siquiera, una gran cantidad de dinero, aunque éste circulara a montones. En el aire podía sentirse su áspero olor. La fama del lugar era mala y se rumoreaba que las trampas para engatusar a los clientes más tontos (o más inexpertos que es casi lo mismo, solo que éstos últimos tienen la posibilidad de curarse) eran muchas, aunque nunca se había descubierto ningún fraude ni nada parecido. O al menos ninguno había visto la luz. Lo cual significaba una suerte muy conveniente para sus dueños, entre los que se encontraban varios prestigiosos políticos de la República. Aunque la palabra prestigio era un termino que comenzaba a bastardearse con mucha rapidez en las calles empedradas de la reina del plata.
Todo eso Ezra lo sabía, no en vano había vivido casi tres años en esos conventillos atestados donde todo se terminaba sabiendo con el paso del tiempo. Lo sabía bien, pero la fé lo guiaba con autoridad y él debía seguirla; además, tenía un plan. Lo que quizás no sabía es que la fé es ciega. Siempre.
El casino funcionaba en Retiro, y Retiro no era una de las zonas más destacadas de la ciudad, por así decirlo. Zona de conventillos e inmigrantes. Zona de necesidades y simplezas pero también de miserias y penurias. Inmigrantes tanto internos como externos se codeaban en sus dominios. Chaqueños e Italianos, españoles y santafecinos. Personas diametralmente opuestas pero unidos por una misma desgracia: el desarraigo, y una desgracia nunca es un buen augurio cuando de unión de personas se trata.
En esa época, las distancias resultaban inexorables, y decir mil kilómetros y decir diez mil significaba, prácticamente, referirse al más allá. Sus casas, súbitamente convertidas en lugares a los que jamás volverían, resultaban casi tan tangibles como el horizonte. Y existían dos razones de tal impedimento: una, la económica y otra la tecnológica, los transportes no eran de lo más eficiente y avanzado. El tiempo traería adelantos significativos pero tendrían que esperar muchos soles para verlos con sus propios ojos. Y muchos ni siquiera los verían.
Estar lejos te marca y en cada una de esas caras pobladoras de esos barrios aledaños al puerto se veía esa marca con nitidez. Caminando por las veredas angostas, raspando los empedrados grises, protestando por la humedad, comiendo en sus bodegones o perdiéndose en los largos pasillos multiplicados como ratas de pensión. En esas piezas se albergaban colchones sin camas (y quizás solo eso) y las maderas crujían, las escaleras eran tan estrechas que hasta había que usarlas de a uno por vez al subir o bajar. En esas piezas el sol equivalía a privilegio y el aire puro a lujo. Las puertas se multiplicaban tan contiguas y tan pegadas como las putas de cada noche; asomarse a ellas (a las puertas, no a las putas) era estirar los ojos para, en vano, tratar de divisar el final de esos lugares lúgubres y misteriosamente emocionantes.
El casino era una de esas puertas. Solo una puerta más del lado de la calle, marrón, opaca; pero un lujo del lado de adentro: terciopelo, alfombras, mármol, brillos amarillos. Un efecto irreal para el visitante distraído, un contraste supremo. Un engaño bien disfrazado para quien el juego lo asociara al vicio inexorable.
Una puerta, el pasillo largo, pulcro y austero, algunas puertas laterales conduciendo a piezas vacías, macetas secas, un recodo al final, una luz tenue, más pasillo, más puertas, y una puerta más al final: la puerta. Tras ella, gente de seguridad –grandes monos- porque solo caras conocidas o contraseñas correctas podían franquear ese acceso. Escaleras al sótano, una cortina densa y luego sí, uno podía ser Gardel si lo quería, y más si arribaba con la billetera bien gorda. En esos tiempos no había plásticos de crédito ni nada similar. Solo billetes y favores, nada más.
Una vez dentro todo era bueno: ruleta, cartas, dados, música, gatos y tragos, y hasta otros ingredientes especiales si el cliente lo solicitaba. Teniendo al gobierno de su lado, la casa podía conseguir muchas cosas, más de las que no eran tan cotidianas.
Ezra entró recomendado y con dos billetes grandes. No mucho, pero la cosa cambiaría con rapidez. No había que llamarla suerte porque no lo era, solo buena interpretación y un manojo de sueños. Y Dios, por supuesto.
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En el tercer sueño se presentaba su madre. Su santa y muerta madre.
La primera gran guerra se la había llevado, al igual que a su padre, a su hermano mayor y a otros familiares cercanos. De un plumazo (morterazo) todos dejaron el mundo y él con su suerte a cuestas solo obtuvo rasguños y algunas insignificantes esquirlas que aún su cuerpo hospedaba en algún sitio. Odió a su suerte como a la guerra misma durante años. Prefirió estar muerto más de una vez, hasta a Dios le había rogado para que se lo llevara. No podía levantar la vista y ver esa devastación donde antes habían crecido jardines y flores. Y madres.
En definitiva, todo fué muerte hasta que Nadiah llegó a su vida, sigilosa como un ángel. Radiante, como un ángel. Frágil y hermosa, como un ángel. Una mañana apareció de la nada, entre escombros y hambre, sin nada más que perder que su propio cuerpo y se echó a sus brazos (literalmente) a llorar, como si ese hombro le hubiera servido para eso durante toda su corta vida. Tal vez así había sido, porque para Ezra, el rostro de la chica –la que luego sería su esposa-, portaba un sabor muy conocido, un tesoro que un día descubriría. Diecisiete años tenía ella, veintiséis él y casi un año la guerra.
En definitiva, su madre apareció ante él.
Salió de abajo de un gran trozo de concreto –otrora una pared de nuestra casa- levantándolo como si se tratara de cartón, y sonreía. Sí, sonreía. Aunque para Ezra eso no era novedoso. Ella siempre sonreía.
-¿Qué sucio está todo esto, luego vas a tener que ayudarme a barrer, sí mi hijo? –dijo. Le faltaba el brazo izquierdo.
A Ezra, los ojos se le poblaron de lagrimas a pesar de lo profundamente dormido que estaba, lo supo al día siguiente por las manchas en la almohada. No podía ser, no podía estar soñando esa atrocidad. Se sentía profanando la tumba de su madre. Deseó con todas sus fuerzas el final del sueño, pero no era más que un deseo y en los sueños los deseos no funcionan.
El sueño, entonces, prosiguió.
-¿Me vas a ayudar, hijo? Sí, seguro así será, como en los viejos tiempos. ¿Te acordás cuando tenías seis años y salíamos juntos a pasear por las calles? ¿Éramos muy felices, no?
Ezra no tuvo tiempo de contestar, ni de reaccionar. Un ruido terrible llenó sus oídos y una pared de humo y cal se levantó entre ellos invadiendo todo el aire, haciendo difícil respirar. Haciendo difícil vivir.
Ya nada se vió.
El sueño había terminado al fín.
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La pila de fichas se veía tan erguida y tan pareja como un edificio sin derrumbar. Prolijas y apoyadas sobre la línea perimetral de la grilla numérica, en el único punto compartido por los cuadros uno, dos, cuatro y cinco, la pila desafiaba al destino. En la jerga del juego, ese tipo de apuesta se lo denomina cuadrado, o sea, se apuesta por cuatro números a la vez y, en el caso de acertar, se divide el premio mayor por cuatro, y es eso lo ganado. A más posibilidades menos retribución, por supuesto. Como en la vida.
Otra vez la carrera loca, o mejor dicho la traducción de la locura misma a un hecho terrenal o lúdico en éste caso. La bola blanca entre el pulgar y el índice del crupier, el hacerla rodar veloz en la ruleta, el roce perfecto del marfil y la madera, el encontronazo, el ´novamas´, la danza errática, las miradas lascivas, la vida y la muerte golpeándose codo a codo en disputa del papel principal en el reparto, la ilusión increscendo primero y desvaneciéndose luego, los rebotes, los latidos, el silencio, el frío...
Muchos continuaron atentos al movimiento circular de la ruleta tratando de verificar su suerte aún mucho después de que Ezra estuviera seguro del resultado.
-Negroooo, el cuaaatroo –gritó el crupier casi sorprendiéndose de no tener coro del loco de traje ridículo.
El polaco ganó por tercera vez consecutiva.
Ezra esperó paciente por sus nuevas fichas y luego, con sumo cuidado, las recogió de la mesa y se retiró al hall contiguo, donde un mozo de impecable negro y blanco le sirvió un trago como cortesía de la casa. Se sentó a una mesa, en un sector aislado donde había al menos otras diez o doce iguales, todas para dos personas, la mayoría desiertas. Un sitio especial para espectros. Probó el trago y en su cara se dibujó una mueca de duda, como si le costara identificar ese sabor caliente y expresivo que se filtraba por su garganta. Ginebra, en ese casino siempre se servía ginebra o Whisky, pero de los buenos, bastante diferentes a los que él acostumbraba tomar a solas en su pensión. Aún así, y a pesar de esas diferencias que para muchos serían duras, a Ezra no se lo notaba ni triste ni contrariado. Era un escapado de la guerra (toda la vida lo sería) y esa gente tiene bien aprendida esa lección que aconseja conformarse con lo que se tiene, no ser un conformista, pero sí dar gracias cada día por cada cosa.
Apoyó las fichas sobre la mesita y las examinó como si en su degradé de colores se escondiera una figura o un mensaje secreto solo para él. Esa faena lo mantuvo ocupado por más de diez minutos, cosa que se podría atribuir con facilidad a una inédita serenidad colándose por sus poros. O algo parecido.
La victoria tiene un sabor tan dulce, tan poderoso, que después de probarla el azúcar se torna amarga; por eso, la textura delicada de las fichas lo alucinaba tanto que le resultaba imposible dejar de acariciarlas, una a una, como si en ellas se materializara Nadiah, como si las fichas estuvieran recubiertas con su piel. ¿Podía estar tan cerca? No era una panacea. La mitad del camino tantas veces planeado, y pensado, y estudiado, y vuelto a planear, ya estaba cumplido. Y bien cumplido. Más de la mitad del pasaje Gdansk – Buenos Aires. La alegría parecía un germen diseminándose en su cuerpo con mesura pero sin ninguna traba.
Miró la mesa, o mejor dicho enfocó su parte conciente en ella porque sus ojos la habían estado apuntando en los últimos diez minutos al menos, y vió como alguien (él mismo) había construido una torre de elementos rectangulares tan alta que alcanzaba casi al vaso que prácticamente ni había tocado y sonrió. El momento del tercer asalto llegaba.
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De atrás de los pastizales a los que siempre le había temido, apareció el ser. Un hombre grande, adulto, viejo, como de treinta años. Desarreglado, corroído. Podía saberlo aún sin ver su cara con facilidad. Se le acercó, Ezra, como por instinto, ocultó del alcance de aquel extraño los juguetes que su padre había construido, y trató de hacerse visera con sus manos, pero el sol esa mañana se empeñaba en envolver las cosas en un extraño fulgor. Brillaba tanto... El extraño se paró en frente a Ezra que, desde su perspectiva, lo creía un gigante. Y quizás lo fuera. De repente, cuando el hombre se hizo visible al interponerse entre él y el sol, el rostro se le antojó familiar, o más aún, necesario. Un rostro futuro. El extraño, que ya no lo era, abrió el puño derecho y dejó caer sobre el pasto helado un papel blanco y arrugado que casi no se distinguía del suelo, y desapareció por donde había aparecido sin decir una palabra. Ezra se hubiese sorprendido bastante si eso hubiese sucedido de otra manera, si el hombre hubiese hablado: porque esa extraña voz sería suya veinte años más tarde.
Veinte años más tarde, Ezra despertó de la siesta transpirado y con la imperiosa necesidad de conseguir un lápiz. No podía darse el lujo de olvidar lo visto en ese papel. Si existen los momentos en los que uno no cabe dentro de sí mismo, ese era uno.
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Ezra se acercó a la mesa donde el crupier lo recibió con una amplia sonrisa, en vez de golpearlo como en realidad parecía querer. Ocupó el mismo lugar de antes y esperó con paciencia a la siguiente vuelta, el comienzo de la cuarta batalla. A tientas, sacó un papel arrugado del bolsillo, lo recorrió con los dedos como leyendo en braile el 15, lo estrujó y lo devolvió a donde pertenecía. Para Ezra era más valioso que un gran hallazgo arqueológico.
Un hermoso edificio de reflejos lilas y rojos se alzaba sobre la mitad de la línea externa del cuadrado número trece. Era una jugada más difícil que el cuadro pero con mejor premio, se apostaba por tres números, los tres que ocupaban esa fila: el trece, el catorce y el quince.
-Cada batalla va a ser mejor que la anterior –se dijo y preparándose como capear una tempestad, miró a la ruleta sacra, al crupier amagando con hacerla girar, esperó el "no va más y luego se abandonó a la fé (o a lo que fuera).
Esta vez no hubo bola que corriera, ni sufrimiento, ni espera alguna. Todo ese minuto discurrió dentro de un sopor inhabitado y distante donde nada pareció ocurrir. Como si se hubiera tapado los oídos para no escuchar, solo que logrando extender esa habilidad a todos sus sentidos. Como si por un momento hubiera desconectado el enchufe de alimentación de su propio cuerpo. No vió, no escuchó, no sintió, no nada. Un letargo -quizás bendito- se apropió de él y eso en definitiva salvó su vida. Al menos ese día.
Entonces, alguien palmeó su espalda, dos vivaron, varias mujeres se enteraron de su existencia, otro le dirigió una mirada de odio. En sus ojos se formó una imagen nublada como si alguien hubiera interpuesto un vidrio sucio entre él y la mesa. Daba la sensación de estar mirando la televisión al encenderse, solo que en ese tiempo no había muchos televisores en el mundo. La imagen empezó a aclararse señal que los motores de la visión comenzaban a funcionar de nuevo. Igual, le tomó un rato largo conectar la mente asociativa a eso que sus ojos enfocaban. Parecían tomas de prueba. Ensayos de fotos en movimiento. Todo Ezra lo negaba. No podía ser tan dulce una visión. No, no podía serlo.
Pero lo era.
Los edificios de fichas rectangulares se habían multiplicado hasta convertirse en una mini ciudad y permanecían en la espera, como una mujer sola en un café. Ahí, sobre el paño verde, hermosos. En sus ojos nacieron montañas de azúcar y su sonrisa se hizo tan amplia y tan radiante que en vez de dar envidia contagiaba alegría. Los rectángulos no estaban solos, ahora contaban con la compañía de diez hexágonos de bordes rojos y blancos, y un centro circular brilloso. Marfil, marfil puro. Casi un elefante.
-Desea recogerlas, señor, o ¿es una gentileza suya para los empleados? –le preguntó el crupier, con su sonrisa de alquiler.
-No, no, perdón... –dijo y apuntaló sus edificios sobre el cuadro perfecto que brillaba en su retina y en la mesa.
Un pleno.
Todo al veintisiete.
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Gdansk, fué en la primera mitad del siglo veinte uno de los puertos europeos que embarcó a más personas de la Europa Oriental hacia ese sitio misterioso y prometedor que se encontraba prácticamente del otro lado del mundo: Buenos Aires. Personas que, escapando de la guerra y de la locura, se subían a cualquier cosa en movimiento con tal que llevara como destino algún sitio alejado de Europa. La vieja y convulsionada Europa.
Así, miles de polacos dejaron atrás sus tierras, sus familias y sus diezmados recuerdos en pos de lograr convertirse en puntas de lanza en un extraño nuevo (¡y por favor, pacífico!) país, para luego, una vez instalados, poder llevar a su gente allá y, de una vez por todas, vivir con tranquilidad. Solo eso: Vivir. Aunque fuera mucho pedir para esa época.
Ezra Vladinwicz, era una de esas tantas almas. Un caso idéntico a muchos, un polaco no muerto con un logró muy importante en su haber, un paso importantísimo para su porvenir inmediato, aunque en realidad para él solo significaba la mitad de su cometido. Sin quererlo, había dejado en manos del azar a la otra parte de la historia, la integrada por Nadiah y por Noha, sin ninguna duda su motor vital. Algo así como el último tanque de oxigeno en medio de tanta mierda.
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Ese día, en ese puerto gris, el turno le tocó a Dios. Al menos eso pensó Ezra.
Era la mañana del día más cálido que le podría tocar vivir a Polonia y el sol parecía sonreír ante esa rotunda victoria. El barco estaba en posición. Los viejos amarres, las redes retorcidas, los marineros rústicos, los cajones apilados a punto de ser arriados, la bandera mitad roja, mitad blanca, mitad sangre, mitad frío, los pasajeros subiendo, el marrón y el gris prevaleciendo, los abrigos puestos y las pertenencias al hombro, los familiares, los amores, la guardia atenta de los soldados, dos tanques, la tensión y la emoción mixturándose, el adiós hecho lagrimas, los nudos de los amarres, los nudos en las gargantas, los pañuelos agitados, la confusión de los niños y la señal de la bocina, indicaban que la hora había llegado.
Entre la gente que despedía a los viajantes no se encontraban ni Nadiah ni su hijo, seguro ganas no les habían faltado pero varias condiciones les habían jugado en contra: la del dinero la principal. Igual la despedida ya había ocurrido unas cuantas horas atrás en su Varsovia natal, en la partida del camión que lo acercó a Gdansk y a su puerto. Esos besos y abrazos bastaron para Ezra, como basta el agua para el que tiene sed. Eso y la promesa.
-No te prometo volver acá, sino volver a vernos –dijo, y más que promesa sonó a juramento, y a fé. Después partió sin una sola muestra de dolor, al menos hacia fuera.
Ahora, Ezra apoyado contra la baranda de la proa del barco escuchaba con atención el dialogo de los viajantes con sus amigos y familiares. Se fijaba en sus caras desconocidas, en sus rasgos duros y rectos, no parecía buscar sino aprender. Su mente, quizás, repleta de dudas, pensaba en todo lo que le restaba aprender del nuevo mundo que lo esperaba. O mejor dicho que no lo esperaba.

En ese instante, entre toda esa gente, lo vió. Ahí estaba, sólo, impávido, estático, mezclado, sin nadie que se fijara en él, sin nadie hablándole, mirando fijo sus ojos. Dos lagrimas rodaron. Lo que siguió se parecía más a un torrente que a un llanto. La emoción se dibujó en su cara como si de golpe hubiera recibido la clave de cómo ser la persona mas expresiva del mundo, algo que no era su especialidad en absoluto. Justamente a él...
Dios lo miró a los ojos como si en medio de todo ese gentío solo él existiera. Pero no importaba, se notaba que Ezra lo sabía: Dios se le presentó en ese instante y insertó en su cabeza una imagen que él debería interpretar.
Un estruendoso ruido arruinó el cuadro y ya no lo distinguió entre la gente. El barco comenzaba su largo viaje.
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-Veintisiete dijo Dios, veintisiete será.
Retiró las manos de la carpeta. El contorno verde lo abandonó y los dolores arribaron a su cuerpo como una invasión.
–No son una buena señal -pensó crujiendo los dedos y acertando por quinta vez en la noche. La pila sobre el número veintisiete era por lejos la más alta de la noche, pero aún así no pagaba un pasaje Polonia - Buenos Aires ida.
La ruleta comenzó a girar y Ezra a perder el contacto con la realidad. Un click infrecuente, apenas audible, salió de algún sitio, y la bola rebotó una vez más de lo que tenía planeado, hizo equilibrio sobre un borde y se posó, muerta.
Dios se había equivocado.
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-No se ponga así, señor ¿Sabe cuánta gente salió por éste mugroso pasillo así triste como hoy se va usted, y a los pocos días les cambió la suerte, volvieron y se forraron? Muchos. No todos, seguro. Pero a más de uno conozco, se lo aseguro.
El empleado del casino, impecablemente vestido y falsamente comprensivo acompaña a Ezra a la salida y lo abraza en el largo camino a la calle. El pasillo es una oscura alegoría a la derrota. Ezra no responde, cuenta las baldosas.
-Hágame caso hombre. Repóngase. Junte algo de dinero, pida y cuando se sienta con suerte, vuelva. Va a ver cuanta razón tengo.
Doblan por el último recodo. La puerta se ve al final como un oasis. Siete, quince, setenta y tres baldosas. Ezra se suelta del abrazo empalagoso del empleado sin cortesía y camina adelante. El empleado sigue hablando pero ya Ezra ni lo escucha. Solo pide que al final del corredor, atrás de esa puerta, el día amanezca soleado.


Alambrados

No me explico qué hago acá.
Siempre me lo pregunto y nunca llego a una explicación decente. Envuelto en la lengua abrasadora del diablo, en los brazos calientes del sol, transpiro como si una nube me estuviera reclamando por cada gota de agua que llevo dentro.
Sin dudas, es culpa de mi viejo. Desde aquel día que se asomó sigiloso a mi cuna y me inyectó esta sangre canalla en mis venas, no tengo antídoto posible. Soy y seré siempre así, hasta la muerte. O tal vez la culpa sea de esta ciudad extrema y soberbia, inevitable. O del Paraná, que escupió este Gigante hermoso un día de sol en los albores de todo. Porque el Gigante está acá desde la creación misma, eso nadie lo niega, al menos en Rosario. Bueh, en realidad siempre hay ignorantes.
Transpiro. Todos transpiramos. Somos muchos y todavía falta más de media hora para el comienzo del partido. Los cánticos son cada vez más envolventes, todos saltan, los escalones tiemblan como poseídos por un ronquido profundo y a pesar de los días de cancha que tengo, siempre me intranquiliza. La tarde avanza, el calor es líquido y abrasivo. El alivio cobra forma de manguera, regándonos con un chorro larguísimo, casi una yarará de agua. El gordo, a mi lado, me habla sin acercarse a mi oído. No lo escucho. Igual asiento con la cabeza. Raúl, del otro lado, un escalón más abajo, se debate entre dos tipos más altos tratando de ver. Es bastante petiso y tiene seguido ese tipo de problemas. Los 3 vinimos juntos a la cancha como cada vez que Central juega de local, acá en Arroyito. El gordo es de ir de visitante también pero porque puede, tiene menos obligaciones. Decí que el viejo ya no puede andar que si no lo traía, y que Nala es muy chiquita, ahora cuando tenga un par de años más... Otra canalla nueva.
La masa de pelos se aquieta y deja de saltar por un minuto. La marea densa, estática por la temperatura, se relame por lo que está por suceder. Palpita. Desde el túnel dos tipos agitan sus brazos bailando una danza extraña, alertándonos. Con toda seguridad ya estarán oyendo los tapones golpeteando hartos de cemento, deseosos de verde gramilla. Oirán las arengas de los referentes dándose fuerza, recordándoles a los más jóvenes lo mucho que valen y la importancia de dejar el alma en la cancha por esa camiseta que usan. Lo último que diviso antes de la tormenta de papeles es una cabeza emergiendo del centro de la tierra, un porte orgulloso e inflado, vistiendo una casaca hermosa, sagrada, repleta de historias de padres y de abuelos, una cinta blanca de capitán y luego, nada. O todo. Un trajinar de cabezas, un desmoronamiento de empujones, un abandonarse de brazos entremezclados y transpirados, gritos, papeles volando y otros cayendo en masa sobre mi cabeza. Imagino a los once ya en la cancha preparándose para levantar los brazos y saludar. Otra que imaginarlos por ahora no me queda al menos hasta que el panorama no se recomponga. Los aplausos comienzan, primero tibios, luego explosión. Seguro estarán con los brazos arriba en el circulo central, ¡qué lindo ritual!
Los gorriones de papel aún revuelan resistiéndose a aterrizar, infectando el aire despejado con una nieve de tinta negra y hojas de diario. Ahora sí, todos vuelven arriba como escaladores. Yo hago lo mismo. Al gordo y a Raúl ya no los veo. No importa, en el entretiempo ya nos juntaremos en lo del Negro, el panchero oficial del Gigante, el punto de encuentro. Arroyito ahora mismo debe ser una mezcla de quietud, gritos contenidos y radios mezclándose. Siempre es así el barrio, cada domingo, cuando el mediodía empieza a extinguirse se convierte en testigo de nuestra procesión abriéndonos el paso entre sus amplias calles prístinas, sus jardines de modorra, y sus casas bajas y relajadas acompañándonos. Luego es latencia y una espera tensa para, al fín, convertirse en anfitrión de la alegría o de palabras repletas de insultos e injusticias.
Una pelota golpea el alambrado, los rombos plateados cimbran, un rumor de ecos metálicos crece contagiándose, avanzando eléctrico. Falta algo: los bombos. Se los extraña. Los prohibieron.
El arquero llega con sus guantes ampulosos y tras golpear con sus botines ambos postes, retira con pulcritud docenas de largas tiras de papel que cruzan el área, su dominio. Luego, agradece los aplausos y se dispone a atajar los primeros pelotazos de la tarde. Me sorprende su cara de nene, ¿me estaré poniendo viejo? La red es un tejido virgen y estático, y espero que siga siéndolo, al menos durante los primeros 45 minutos. El arquero es aún un simple ser humano.
Del otro lado, los rivales ya están. Parecen fantasmas. Esta vez no hubo ni chiflidos ni insultos. Casi no existen. No hay rivalidad, ni historia, ni cuentas pendientes con sus colores: es un tanto aburrido. Ellos recién ascienden y quieren sumar puntos para quedarse en primera. No conozco ninguna de esas caras. Hasta un poco de lástima me dan. Igual pienso en la victoria y en golear para llegar al clásico de la semana próxima con confianza. Un par de portátiles se imponen a mi derecha, sintonizan algo que conozco de memoria: "Tarde Canalla", el programa seguidor del equipo.
El pitido inicial se impone y un rumor, como agua a punto de ebullir, se eleva, explota, ebulle y luego pierde decibeles hasta convertirse en un murmullo. El partido está en marcha. Algo me dice, aunque parezca lo contrario, que no será una tarde relajada. Nunca lo son, últimamente. El sol se ensaña y nos ametralla a rayos la frente.
-Claro, si hace 39 grados –alguien cuenta. Le creo, aunque me parece que los 42 ya los pasamos también. La imagino a Nala en la pile de lona, con su mallita rosa, los voladitos y el pelo recogido con colitas, y la envidio. Los bomberos miran el partido mientras acá, de tanto en tanto, se abren desesperados pasillos acarreando desmayados. En cualquier momento lo veo pasar al gordo así, en andas. Eso sí, entre cuatro lo van a tener que acarrear. Los cantos continúan pero ya no se salta. Todo es monótono, hasta que un silencio extraño irrumpe prepotente. Cinco segundos, carreras desesperadas, un cruce llega tarde, el arquero sale, el nene, un ruido seco y después la alegría brota de treinta gargantas al otro extremo de la cancha. Gol, gol de los fantasmas. Gol de lo imprevisto. A sufrir de nuevo, sigo preguntándome qué hago acá.
El fín de la primera mitad barre con las alegrías planificadas. En el aire, la impotencia y el desencanto se entrechocan. La voz crujiente y metálica del estadio lastima los oídos. El resto es silencio, el aire huele a sorpresa y a hecho irreal. En la platea, a la derecha, varios se paran, tratan de sacudirse la modorra y buscan ojos compañeros para compartir el desencanto y las broncas. Miles de técnicos ensayan cambios, miles de periodistas marcan los errores. Alguno desempolva una virtud. Todos coinciden en algo: la esperanza.
Lavado de cabeza y a la cancha de nuevo. Los aplausos vuelven espontáneos, un poco más amortiguados tal vez. Insultos que alientan, represiones constructivas y a seguir sufriendo. De movida nomás llega el segundo gol de los fantasmas y me lo pierdo porque estoy pispeando para el lado del panchero. El gordo, Raúl, hubiera sido lindo tenerlos al lado. Bueh, ya pasó. Fué de cabeza, dicen, se lo comió el arquero, el nene, repite lo escuchado en la radio. Dos a cero abajo. Siento vergüenza por los pronósticos propios y ajenos. Siento vergüenza por sentir vergüenza. Se va a hacer difícil ahora.
El calor es una anécdota. Central ataca de cara a mí, al gordo y a Raúl. Ataca y ataca, pero a pesar de ello, el arquero fantasma no la pasa nada mal. Los minutos se esfuman y no llega el descuento. La victoria es desesperación y panacea, el empate lo añorado ¿Quién lo hubiera dicho?
Sin una razón aparente, las energías se unen, se positivizan y la química se produce: un estallido potente se traduce en un aliento sostenido, en gritos y, ahora sí, en saltos. Es el momento, el equipo se contagia y se hace más profundo. Lastima. El rival no retrocede más porque si no más que rival sería espectador. Nuestra energía irrumpe sobre el césped como un ejercito de refuerzos invisibles y arrasa con el equipo fantasma. El árbitro duda y no cobra a favor, lo hace en contra y recibe en la cara un ventarrón de insultos, amenazas y saludos a sus familiares. El contagio social es instantáneo. Instintos de furia, destellos animales, fuerzas imposibles de retener afluyen como si la emoción se tradujera en seres indómitos viviendo de incógnito en mis intestinos. La energía toma colores y dimensiones que exceden al estadio y nos transforma a todos en un solo hincha: un hincha colectivo, como si un único ser la habitara. Late, se comprime y se expande. Respira. El amasijo de cabezas respira como si cada uno de nosotros fuera una célula de ese terrible hincha colectivo. Entonces sí, el gol llega como hecho lógico, como encontrar la llave correcta en un manojo gigante y sentir cómo la cerradura cede y se desliza invisible retrotrayéndose, dejando la puerta liberada. La libertad de saber abrir es el placer en sí mismo, decía el viejo, recuerdo. Y en ese ruido agitado de redes raspando el balón, en ese combarse del perfecto rectángulo de piolines recibiendo el esférico, en ese amasijo de bocas dibujando círculos de O más profundos que un mandamiento, en ese sentir de emociones urgentes y simultáneas, en ese soberbio y preciso instante de la penetración, encuentra ese hincha colectivo, o sea yo, y el gordo, y Raúl, y todos, el placer. El placer que vinimos a buscar. Dos a uno, y todavía faltan cinco minutos.
*
Fué por Luca que me pelé. El tano la tenía clara.
Lo conocí tarde, es cierto, ya había muerto hacía rato. Descubrirlo, como quién abre la cortina de la ducha que oculta a la chica desnuda que espera, bajo la lluvia, entre el vapor, fue el placer en sí mismo. Aún más que su música, más que sus letras. Por eso estoy rapado. Y me gustó cómo me quedaba. Además enseguida conocí a Lorena y empezamos a salir, y eso... ¡Cómo me gastó Raúl! El gordo no tanto, no le pareció tan mal. Al tiempo todos se acostumbraron, me acostumbré y nos olvidamos del tema.
Lorena, pelirrojita, menuda, esbelta, preciosa, tenía todo lo que buscaba en una mujer. Me atraía de ella lo mucho le gustaba todo lo mío, y no lo hacía por obsecuencia, era deslumbramiento. Lorena poseía una energía auténtica. Me gustaba, me colmaba. Éramos felices como suelen ser los comienzos.
Lorena me regaló a Nala, y a ella, a Nala, no le tomó mucho tiempo ocupar el espacio de mi corazón que le pertenecía a su madre. Día tras día, a medida que fuimos conociéndonos Nala y yo, Lorena comenzó a perder protagonismo en mi vida. Empezaron a crecerle fallas, a nacerle defectos, a brotarle fealdades, cosa que con la nena pasaba a la inversa. Así, nacieron entre nosotros distancias inéditas, inexorables y, para peor, irreversibles. No hubo guerras, no hubo luchas, ni siquiera peleas. Las discusiones se espaciaron, como se espaciaron nuestras charlas. Esa ansiedad de estar juntos se fue perdiendo como se pierde la señal de la radio a medida que la estática crece. Y llegó el día en que Lorena fue sólo estática.
Hablé mucho con Raúl, él me ayudó más de lo que creía. Sus consejos fueron mi guía durante el tiempo que estuve perdido, mal, culpable. Lorena era la orilla y yo el bote que la mansa corriente del lago alejaba con lentitud. Sin lágrimas, sin fuego.
*
Los cinco minutos se convirtieron enseguida en cuatro, los cuatro en tres, y yo en un amasijo de tensiones emocionales hermosas.
-Uh! –grita el de al lado y todos nos contagiamos.
El tiempo se acaba y el equipo ataca con más tozudez que calidad, con más vergüenza que fútbol. Llueven centros -deben ser los primeros fantasmas con chichones de la historia- y el arco se me esconde tras una araña de brazos alzados e inquietos. Apostaría mi hija a que ninguno ya se acuerda del calor. Un cartel de luces amarillas indica los minutos restantes. El tiempo reglamentario terminó. Creo ver dos minutos más, al menos lo asocio con lo que escucho por ahí. Los fantasmas sacan del arco porque un disparo fallido se perdió lejos de todo. El arquero encuentra todas las excusas posibles para perder el tiempo. De repente, como suspendida en el aire, la veo, viaja y se siente mirada, se sabe estrella cuando cruza la mitad de la cancha volando, se convierte en doncella cuando dibuja su parábola descendente, pero el zaguero nuestro, un rústico que nada sabe de poemas, la revienta de un derechazo y la devuelve a campo fantasma. Si la pelota hablara... Alguien cabecea, dos se empujan, un rebote, un agarrón, un árbitro miope, otro agarrón y, de repente, una siniestra le pone claridad a todo inventando una trayectoria tan impensada como soberbia y lo deja al 9 canalla cara a cara con el arquero. Supongo al 9 ya repartiendo su mirada entre la redonda y el tipo de guantes que sale a su encuentro. ¿Alguien ve algo, che? Espero que el 9 sí. ¿Qué pasa? ¿Qué pasó? De golpe, lo impensado. Todos caemos. Con cada paso que doy pasan cinco escalones bajo mis pies. Nunca imaginé que tantas imágenes podían caber en mi cabeza cuando la vista es inútil. Veo a mi viejo saltando con la radio enfundada en cuero en la mano, la veo a mi vieja colgando la camiseta en la soga del fondo y la camiseta chorreando charcos sobre el contrapiso desparejo y gris; lo veo a Raúl borracho volviendo de bailar y cantando estas canciones que escucho; la veo a Lore, sí, Lore, ¿qué nos pasó?, tan hermosa tras la cortina y bajo la lluvia, que...; la veo a Nala abriendo los ojos y mirándome rutilante por primera vez, me veo en la foto del diario, acá, en la cancha, como ahora. Todo, de alguna manera extraña y sublime, se aparea con esta emoción rotunda. El nueve lo hizo. Empató el partido, el juez de línea corre a la mitad de la cancha, es un milagro, sí, me hace llorar, y gritar, y sentirme lleno. El tipo, el goleador, salta los carteles y se acerca a mí. Salta ágil y se agarra del alambrado en un ritual simio. Los botines trepan, los tapones engranan, él sigue hasta quedar cara a cara con la popular. Lo veo, lo tengo. Gol, grita él. Gol, gritan todos. Gol, grito yo. Terminó, grita el referí. La caída continúa, la soporto, me mantengo, floto. Y, de golpe, el alambre agranda sus rombos, mi cuerpo acierta el camino, lo veo al nueve acercarse hasta tomar una estatura normal. ¡Sí, es real! Me estiro, me empujan, me empujan más, y con el último aire, (Lore) con mi mano izquierda, (Lore, mi cielo) con el ultimo aliento mezquinado al sol, lo toco. (Lore por Dios) Sí, al héroe lo toco. (Lore, soy yo...) Gracias, Dios, por esta alegría. (Lore, ¿qué nos pasó?) Por estas (Lore, te amo) lágrimas...

A Nado





"Y el miedo se abre paso entre la espesura del instante" J.G. Bonillo


Uno de ellos tiraba de esa tabla de maderas podridas y mal atadas como un viejo marinero. Aunque ni a eso podría llamarlo balsa ni a ese líquido negro agua. Tampoco a ese chico marinero para ser claro. Más bien todo se parecía a una escena sombría sacada de algún documental del Africa o algo así.
Ambos debían tener la misma edad, diez, a lo sumo once. Uno era bastante más alto que el otro aunque su cara de nene lo delataba. Además lo miraba al otro constantemente como esperando instrucciones. El más bajo era más expeditivo, actuaba rápido, como si siempre supiera lo que estaba haciendo. No me extrañó que pareciera un adulto, acá en el sur la mayoría son así, aprenden de golpe. O a los golpes. Depende, sí no es la vida la que los golpea son sus padres, padrastros o ambos. Las marcas que se reflejan en sus caras, esas sombrías muecas, son secuelas de días largos y difíciles donde un hecho lúdico es más o menos lo que una vertiente a un desierto. Veo en sus sonrisas un contagio consumado, un virus escondido. Esconden algo, algo crónico, una venganza latente quizás, algo que en la foto del carnet de la jubilación será tan notorio como ahora -eso si llegan a viejos alguna vez-. Sonrisas peligrosas son las que nunca fueron francas y ésas, francamente, no lo eran. Las de un chico son el reflejo del alma... Aúnque, pensándolo bien, me equivocaba. Sí eran su reflejo.
Del líquido negro brotó un sonido tosco, de ecos pesados, espesos. Ambos estallaron, reían descaradamente con sus sonrisas peligrosas. Sobre los pastos veía dos pilas casi tan altas como el jefe y una serie de objetos amontonados que no lograba distinguir, envases plásticos, bidones. La bruma y el silencio, elenco estable de cada noche, se mezclaban sin desentonar con la aplastante humedad del ambiente y la falsa calma del Riachuelo. A sus olores insoportables me acostumbré después de un tiempo. No muchos siguen viniendo desde aquella noche, tienen miedo, los entiendo.
El más alto fue el primero. Se sacó las zapatillas barrosas, se arremangó con prolijidad el pantalón y no dudó en meterse en el agua hasta las rodillas. Ahora parecía lisiado. Sostenía la balsa y a la vez intentaba cargarla con su propio peso. Parece mentira, la balsa resistía. El otro seguro clasificaba visualmente todo el fabuloso botín que venderían seguro en lo de Mariano Compra Metales. Metales y cartones, y diarios secos, y ese tipo de cosas. Parecía satisfecho, como si mezclara cuentas de multiplicar simples con desacostumbrados olores a comidas.
-Está lista -dijo el mojado.
-Más bien -contestó el otro.
Enseguida puso manos a la obra, manos pequeñas, manos expertas. Abrazaba esos rectángulos marrones como yo abrazaba a mi mujer cuando la tenía.
-Dale, tenela firme que la cargo.
Así estuvieron un largo rato. Impertinentes, ruidosos pero trabajadores. Luego ataron sin mucha convicción los cartones a la balsa y volvieron a tierra firme y se sentaron. Bajaron la voz y desde acá nomás pude ver las luces intermitentes de un encendedor chispeando entre manos ahuecadas. Bien cerca uno del otro, planeaban algo. ¿Me habían visto? ¿Querían robarme? Así oculto, en un lugar tan oscuro, difícil verme. Al cabo de un rato se reanudaron las risotadas, ahora amplificadas y tan desbocadas como el agua que atraviesa una represa.

Una película sensible, con eso bastaría. 400 asas, un trípode todo terreno adaptable a estas pendientes, obturador abierto, dos o tres segundos y todo quedará en la película, en el estómago de mi noble Nikon. El Riachuelo planchado y muerto, con esa bruma superficial casi celeste, casi al filo de lo creíble, la balsa como empantanada en el cemento negro, gomoso, ambos niños retenidos casi por la fuerza en esa actitud inmóvil -¿de qué otra forma mantendría a un niño quieto?-, los verdes pastos enfermos de alquitrán doblándose por su propio peso como agachando la cabeza y perdiendo al sol -que es como perderlo todo-, los pájaros ausentes, los peces ausentes, los perros ausentes y hasta los gatos ausentes -son demasiadas las ratas y grandes como pollos-, ambos chicos con sus caras contarán la historia que está por suceder y, en la foto, en ese umbral de lo petrificado, estará todo lo que vendrá, en la tensión de los músculos, en la inclinación de los cuerpos, en la movilización del botín, en esa flotación abstracta, en esas piernas cercenadas aunque a la vez intactas, en el viento infructuoso -en ese páramo nadie encontraría nada por mecer, ni siquiera el viento-, en el frío de la noche presente con su color, en ese gris entre violáceo y amarillento presagiando lluvia o más frío que convertía a los dos protagonistas en noctámbulos, solitarios, aventurados, desafiantes, hábiles, inocentes, como todo niño: presas.
Lista la foto, la primera de la noche.

Con mi Nikon, que ya no tenía, lista, con el trípode afirmado y yo sentado con mi disparador en la diestra. No me importaba a quién le daría el material ni quién lo compraría. No me importaba, a nosotros no nos importa el después sólo nos importa el instante preciso, el milisegundo abrumador cuando el mundo real se detiene para oficiar de modelo ante la lente. "El umbral de lo inmóvil", como decía mi maestro. El umbral de lo inmóvil, buena definición.
El cuadro se movió apenas. Las cosas se mecían con vagancia, como el letargo cadencioso post siesta de verano, siesta larga. En el agua, media docena de círculos concéntricos quisieron multiplicarse pero no lo lograron, la intención se deshizo en silencio. El jefecito seguía con su trabajo. Se agachaba, abrazaba un pilón su tesoro de cartones, se incorporaba y caminaba hasta la balsa. El otro lo miraba fijo, me interesaba lo que podría estar diciéndole con esos ojos, con esos labios sellados, que quería ser como él seguro, o que quería terminar de una vez e irse a tirar panza arriba en su cama ahora que la cama era totalmente suya y que no tenía que compartirla con otro hermano, o que ya estaba bien de trabajo y que a algo podrían jugar, eso de jugar a ser adulto no resultaba tan divertido ya. Si los lugares donde el silencio reina son inquietantes éste era el sitio más inquietante del mundo, tanto que si hubieran estado más atentos habrían escuchado los latidos de mi corazón. Tan delator como el de un cuervo negro.
No exagero, nada justificaba el uso de la película blanco y negro, no hacía falta. Ya lo decía Mastrángelo, un viejo jefe que tuve, "si no se escucha el silencio tu foto no existe, ¿Ves? ¿ves acá? Decime qué ves. ¿No te parece que hay algo delante de todo esto, una hoja de calcar o algo así? Es soberbio", me decía y con el dorso de la mano, con el grueso anillo dorado sonando contra el vidrio llamaba mi atención al cuadro que siempre ponía como ejemplo. En la foto un viejo dormía -o estaba muerto- en primer plano, atrás una calle empedrada, vacía; de una alcantarilla unos metros más allá brotaba vapor, se elevaba como un gris tótem gaseoso. El resto de la calle era una cinta irregular empequeñeciendose hasta perderse de vista.
"Es soberbio. Así tiene que ser todo. ¿Está claro, tanito?", él a mí me decía tano y él era tano hasta la médula. "Es un soplo de movimiento, y el movimiento es vida, es grito, es sabor, es aroma, acá, en la naricita, entendés lo que te digo ¿no?, sabés la confianza que te tengo. Ahora, si en tu foto no veo silencio, la rompo y te la zampo en el culo. Creo que está claro."
Estaba.
En otros tiempos me hubiera quedado pensando, ¿qué pretenden éstos críos?, ¿no saben qué lugar es éste?, si el agua ni se puede tocar de lo contaminada que está y ni te digo beber, sería un suicidio, no pueden ser tan inconscientes; y me habría levantado para persuadirlos, me aprovecharía de lo alto que soy, flaco y alto, y de lo abajo estaban ellos, y los echaría a los gritos -la mejor manera de convencer a un crío- diciéndoles con cariño que los cagaría a patadas en el ortito ese inmundo que tenían. Se enojarían seguro pero sería por su bien. Además si este viejo loco les daba miedo, mejor, así lo pensarían dos veces antes de volver.
El petisito se sacudió la ropa con la elegancia de un elefante y algo le dijo al otro. A veces parecía que hablaban otro idioma. El otro respondió con la cabeza y se acomodó a babor, los cartones estaban todos apilados sobre la balsa -no puedo asegurar en qué momento lo hicieron-, hasta los bidones viajaban en un equilibrio ingenioso e infantil. Dos cualidades que se conocen muy bien. Con agilidad y sin mojarse el petiso subió a la balsa y se sentó al lado de su amigo. Ambos tenían gruesas estacas que usarían como remos. Dudaba mucho que pudieran avanzar, lo confieso, aunque tantas cosas interesantes perdí en mi vida por prejuzgar de esa manera. Calculé el tiempo: les tomaría más de dos minutos pasar por enfrente mío y más de una hora si lo que pretendían era llegar al Claro de Banfield, el único lugar seguro para desembarcar y salir de ese inmundo riacho. El más cercano en realidad. Varios atractivos turísticos les esperaban: polución, basuras atascadas en más basura, manchas químicas, ratas que se creen Cristo caminando sobre el agua, formas muertas, cadáveres de fábricas, esqueletos de autos, olores humanos, oscuridad y contornos construidos con un fango inclasificable, casi una ciénaga en plena ciudad, al borde de la gran ciudad donde las luces comienzan a enrojecerse.
*
Luego me enteré, los tenían marcados, por eso habían optado por esa ruta acuática. Y según escuché, no era la primera vez. La provincia estaba vacía y seca, no había más remedio que cruzar la frontera a la Capital para dar con la comida y sus increíbles recursos de subsistencia. Parece que los jodidos esos los habían cagado a palos no sé por qué razón -si es que debe existir alguna- y no hubo más remedio que hacerse fugitivo y traficante a los 10 años... Más de una vez me pregunté si con ese tipo de gente de su lado, la ley, la justicia en realidad, no se daba cuenta del mal negocio que estaba haciendo. Pobres pibes. Y eso que eran pibes...
Nadie se animó nunca a repetir su proeza y por años nadie puso un pié en este fango. Ahora muchos vienen acá a rezar, al altar ese que estas manos construyeron, a pedirles favores, como al Gauchito Gil, creen que sus almas fueron salvadas y que ahora son poderosas, sanadoras. Uno ya no puede andar tan tranquilo como antes, no todos son creyentes. Aunque algunos creyentes son más peligrosos que Satán mismo. Así van pasando las cosas. Lo cierto es que tardaron menos de lo que pensaba. Remaban bien, estaban cancheros. La balsa, en su endeble fisonomía, resistía y se acomodaba a los dobleces del agua crujiendo, demostrando que aún existe gente que cuenta con protección del cielo. Eso no podía estar flotando pero lo hacía. Parecía un desafío para las miradas incrédulas, pero en detrimento del espectáculo no había más que una sola platea ocupada.

La balsa dibujó sobre la película una trayectoria recta y uniforme. Su movimiento era lo único impreso, eso y el esfuerzo de ambos chicos al remo. La balsa flotaba sobre un manto tan oscuro que resultaba inevitable titularla "Vuelan". Un buen título para una foto así. Revelarla no sería fácil. El obturador tanto tiempo abierto, la película tan sensible, la ínfima luz... pero tenía silencios, la puta si los tenía. La podría oír hasta un sordo.
Uno de los chicos se paró y me señaló. Me sobresalté. Algo le decía al jefe, algo que no escuché. Escuchar sí, escuché. Con ese silencio podía haber escuchado al cabo de la Federal cortándose las uñas apoyado en la baranda del puente Alsina a unos 500 metros de acá. Escuchar sí, escuché, pero no había forma de entender ese idioma. Instintivamente me agaché y me quedé así por un tiempo. No estaba seguro de porqué debía esconderme, eran chicos, yo no les importaba, no tenía nada que pudiera interesarles -excepto mi equipo- pero no perdía nada escondiendome. Además me sentía tranquilo así tan cerca del olor a barro, de las caricias de las ramas. Escuché. El agua, su lento murmullo, un codo que cruje, maderas que crujen también como un andamio demasiado cargado, como un lobo marino en cubierta haraganeando, y redes. Qué especial es el olor a redes... Pero ahí no había nada que pescar, años hacía que nadie andaba por ahí con esas intensiones. Las voces holgazanas se tornaron lejanas. Era el momento de asomarse. No habían visto mi flash, ni el titilar rojo de mi Nikon, ni los leds verdes de las baterías, ni mi cigarro encendido. Cómo iban a verlo si nada de eso existía ya. En ese momento me acorde otra vez de mi jefe y de sus sonidos del silencio. Me había acostumbrado tanto a escuchar hasta lo que no sonaba que tenía los oídos más entrenados de la profesión, y eso que me dedicaba a la imagen y no al sonido. Había algo acechante en toda esa quietud y la niebla lo tornaba más notorio. Algo -casi- imperceptible acababa de suceder y ahí estaba yo en posición con mi Nikon para demostrarlo.
*
Que falta me hacía mi máquina. Uno, acostumbrado a tener tres manos, cuando quedan solo dos, sufre y mucho. Ellos lograron eso, me cercenaron, me alejaron de ella. No los pibes éstos, otros. Unos más grandulones, ¿y para qué? ¿Para venderla? ¿Para rematar todo mi equipo por centavos? ¿O por miles de dólares? Qué importa... Nadie puede usarla como yo, estrechando sus alargados recovecos, amándola; sí, estaba hecha para mis manos, nunca en mi vida estuve tan seguro de algo. Había nacido para mí, de Tokio directo al sur, a Banfield, a mis manos. Estas manos que se quedaron solas e inútiles desde ese día.
*
El jefe pibe era algo especial. Uno lo notaba enseguida. Nada le iba a costar llegar a convertirse en lo que soñaba ser. Cuestiones de personalidad, cuando uno tiene personalidad las cosas resultan de una manera casi lógica, como si uno contara con el manual de instrucciones para la vida en el bolsillo de atrás del pantalón. A mí no me pasó. De momento ser jefe de una banda -una banda de dos- y capitán de un navío -una balsa lastimosa- no resultaba poco. Tenía los ojos rasgados y esa sonrisa que ya comenté. Sus pómulos prominentes, su nariz infantil y un manojo de pelos lacios que mucho se parecían a un casco alemán -al menos a un casco de guerra- inspirando respeto. Ni rastros de barba, ni de imperfecciones, ni de acné. Su tez era trigueña, sus labios finos, hasta ínfimos. Los dientes mejor que estuvieran lo más ocultos posible. Seguro habría decidido usar bigote, uno bien tupido, a lo cana, aunque los odiara. Su escuálido cuerpo no coincidía con su personalidad, a él no parecía importarle. A esa edad los complejos son todavía diminutas preocupaciones perdidas en una parte poco visitada del cerebro. Ya tenía las manos callosas y un tanto grandes para su edad. Su voz no se decidía, un poco de niño, un poco de hombre, dependiendo del clima, del aire o del momento del día. Dentro de su cabeza -en la parte más visitada- sucedía algo similar, sólo que las veces que se comportaba como un niño debía pagarlo, y en esos casos los precios suelen ser caros.
El jefe, siempre me pregunté si alguien más lo llamaría así, porque ser el único no me hacía mucha gracia. Algo que en los últimos tiempos se repetía con frecuencia. El único que lo llamaba así, el único que podía visitar un lugar así, el único que podía pasar tanto tiempo ahí, el único que lo había elegido como vivienda. Sentirse único es casi tan correcto como sentirse loco aunque la locura no es un hecho definible, digo, nadie nunca escribió un manual de instrucciones de la locura, cómo explicarla y conocerla, léalo y sepa en solo media hora si usted ya está loco, si alguna vez lo estuvo, si está en vías de serlo o si nunca tendrá esa tremenda dicha. ¿Qué me dice? ¿Se anima?
Sí, me siento único. O me sentía. Quiero hablar de ellos y no hago más que volver a mí a cada momento. Soy incorregible.
Los seguí, seguí por tierra la trayectoria de la balsa, aunque llamarlo tierra era sólo un eufemismo. El barro por momentos alcanzaba mis rodillas, el ramaje me dejaba marcas en las mejillas. Yo seguía, fumaba y los observaba, fotografiándolos con mis manos rectangulares, mis dos manos. Por momentos la niebla los envolvía o los arbustos los ocultaban; por momentos era la vista cansada, o el humo del cigarro aguijoneando mis ojos o el fango que me quitaba altura. Me sorprendió la falta que me hacía verlos, la desesperación embargándome en esos segundos, porque no eran más que tres o cuatro los segundos, hasta que el cine monótono y previsible se restablecía. Tenía las piernas cansadas y el corazón desbocado, y para colmo, la cosa empeoraba, conocía bien ese camino. Seguir era una locura y más siendo de noche.
Seguí.
Al otro chico, al subordinado, al marinero, le sucedía algo similar. Tenía en su imagen marcada a fuego su futuro. Y mirá que son muchos los que piensan que el futuro se lo hace uno. No. El futuro, los grandes trazos del futuro, ya están escritos. Eso se lo discuto a muerte a quién sea. Los pequeños detalles, sí. Esos los elige cada cual. Hablo de lo fundamental: la compañera, los hijos, la profesión, la enfermedad, las habilidades, los miedos, las desgracias. Todo eso ya está escrito. Tiene un lugar, un momento inapelable dentro de cada vida. No digo que haya que sentarse a esperarlo pero... Que gracia me hacen los que piensan diferente.
En este chico, lo de su futuro resultaba tan claro que parecía la demostración misma del Teorema Carranza, o sea mi teorema. Un gran teorema. Pero no volvamos a mí, hablemos del marinero. Ahora que no remaban, sino transcurrían, algo hablaron -en su idioma- mientras descansaban. Es en los descansos cuando surgen las genialidades. El marinero tenía su mano derecha hundida en el líquido negro lo que equivalía a decir que no tenía mano. La balsa avanzaba lento y de a ratos se quejaba aunque no parecía importarles. En la boca del marino había un rictus que antes no había visto, me jugaba que se debía a esos pegamentos de mierda, y su nariz goteaba de una manera particular. Los ojos, ahora menos vivaces, se esforzaban por enfocar algo -lo que fuera- pero a pesar de los repetidos intentos fracasaban. Entonces volvía a intentarlo como preso de un juego absurdo y desquiciado. El futuro que iba a caerle encima en cualquier momento, lo aplastaría. Con cada paso, más se ponía del lado del abismo, y yo de abismos conozco bastante. Intercambiaron algunas palabras y luego se quedaron empapados de un silencio profundo y reflexivo. Me contagié.
Estudié su cara proponiéndome no llegar a la conclusión fácil del Teorema Carranza, no pude hacerlo; todo en ese chico se asociaba al desastre inminente. O más que inminente, inexorable, lo que en definitiva es peor. Tenía ganas de abrazarlo aún sabiendo que me rechazaría. Lo sentía cerca, no hijo, cerca. Lo sentía... particularmente cerca. El cigarro me quemó el dedo en el lugar donde se me amontonaban las quemaduras y me sacó de la ensoñación. A él, el marinero, le sucedió algo similar, se sobresaltó justo cuando parecía a punto de dormirse. Todas las noches sueño que caigo de golpe en un oscuro pozo sin fondo. En eso nos parecíamos. Se paró de golpe recuperando sin secuelas la mano derecha -ésta vez el agua había decidido devolvérsela-, perfiló su cuerpo con un cuidado excesivo y quedamos frente a frente. Podía hasta oler la tierra que emanaba su piel, lo rancio de su ropa, la suciedad hecha espadas en su pelo. Sabía que su niñez lo protegía de los desagradables olores del adulto, pero poco quedaba de su niñez. Ahora que el otro dormitaba su siesta de cuelgue él era el dueño, el jefe, el capitán. ¿Existía esa expresión orgullosa en su cara o yo la imaginaba? La imaginaba, la veía nítida en el encuadre que nunca llegaría a convertirse en foto. Ahí estaba.
Primer plano.
Torso y cabeza ladeadas, una gorra con inscripciones en inglés, un sueño inconcluso en cada pupila, una expresión seria, una tenue luz naranja llegando desde algún sitio, la brisa visible, un aire falso, la actitud relajada y a la vez un alerta apenas escondido tras sus ojos entornados y un tanto estrábicos.
Segundo plano.
Difumado, fuera de foco. El capitán descansando, la pila en equilibrio, olor a maderas mojadas, sensación a ratas que corren.
Resumen.
Algo alarmante, inminente, futuro escrito. Silencio.
*
Algo pisé, se movió y se perdió. Otra rata. Un silbido voló. Un crujido de maderas. Traté de concentrarme. El capitán hablaba con el marinero mientras ajustaba con destreza unos bultos cubiertos de arpillera. Algo acababa de suceder, algo que me alejaba de los crujidos, de la alarma. Ideas y conjeturas me atraparon. ¿Cuanto tiempo había transcurrido desde que zarparon? ¿Una hora? No podía asegurarlo pero no importaba. Tal vez más. Lo importante era otra cosa. Estuve a punto de olvidarlo y me odié por eso. Lo importante claro, a eso iba, lo olvidé y al mismo instante lo recuperé como quién agarra de las muñecas a un amigo que esta a punto de caer por un barranco. Lo importante no era el tiempo sino las cosas sucedidas en ese tiempo. Si tan solo transcurrieron sesenta escuálidos minutos cómo podía yo navegar en ese mar de certezas. Un mar tan claro y profundo que más parecía un sueño que la realidad. Mar ansiado, tan disímil al manojo de cosas desenfocadas que sucedían en mi mente que ya no me pertenecían. Profundidad, como nadar suspendido en gloria celeste, efímera, inexistente, no digna de mí. Como no corrían tiempos de andar desperdiciando decidí un cambio repentino de táctica.
Nadie andaba por ahí más que yo, así que para qué andar pensando en delirios persecutorios, una puesta en escena ideada sólo para engañar a este pobre estúpido. Nadie comprendía mejor que el viejo Carranza lo que estaba pasando ante mis ojos: un viaje, una procesión secreta. ¿Cómo podía alguien llegar a ser tan estúpido? Mi ceguera avanzaba aunque jamás le ganaría a mi estupidez. Los resultados saltaban a la vista. El viaje era mucho más que un mero viaje. El viaje de los dos chicos no se trataba sólo de una aventura infantil por un rio inmundo, ese viaje tenía algo más, ese viaje llevaba mi reputación a cuestas, ese viaje zarpó con mi locura bien atada sobre la cubierta como un cartón más y tenía como destino final -además del Claro de Banfield- ese puerto tan lejano anclado en el fondo mi memoria: un paraje hermoso, mundano, tan celestial como praderas soleadas, necesario, dotado en cada ápice de una despojada alegría, un sitio al que muchos se empeñan en llamar lucidez. A mí me parece que lucidez se parece tanto a Lucifer que prefiero decirle así: luz. Estaba de vuelta. Chau locura. La represa se quebró al fin dejando pasar el agua. Mis campos se regaban, mis semillas agonizantes volvían a beber, la gramilla del suelo creaba humus y reía, creó humus y se contagió de sol, de aire, de alimento vital y se hizo oxígeno, y color transparente, brillo, y represas rompiéndose, y estelas de movimiento, y vertientes, y arroyos, y ríos, y mares dinámicos, y luz, y hambre, ambición de ser, de volver a ser, de ocupar, fuerza, ruptura, movimiento, ruido reseco rompiéndose, ataduras cediendo, espacios desérticos extinguiéndose, volviendo a ser lo que eran, reconstruir, minutos edificantes. Todo cobraba sentido. Fotos comenzaban a llenar mi álbum: ella tomando mi cara con sus dos manos doncellas y mirándome a los ojos como si fuera yo todo que necesitaba de éste mundo, mi cara de perfil con la barba que ya no tengo, su cara de perfil -algo que ya tampoco tengo-, sus manos, cada ínfimo doblez de su piel, cada huella digital como un pequeño y delicioso barranco, anillos capturando el reflejo del flash como si estuviera construido en brillantes valiosísimos, y nada más, como si en ese rectángulo no entrara nada más. O sí, había más. Ese tinte rojizo, ese color azaroso que irrumpe y se instala caprichoso completando la obra. Ahora sí, nada más. Es que lo importante ya estaba ahí. ¿Para qué más? ¿Para qué menos? Eso también lo decía mi jefe.
Agolpándose en mi puerta, una cola que quería ser larga esperaba su turno para volver a entrar. Traían color y calor. Bienvenidos a casa, los esperaba a todos. Sabrán disculpar que no los recuerdo, aunque sepa desde el fondo de mi alma que son todos míos. Todos míos. Siéntense juntos que preparo la cámara.
Algo. Alerta. Sonidos desde afuera. Agua. Algo en el agua. Algo penetrando en ella trabajosamente, como si la materia fuera más densa que lo normal y se opusiera a ser, de alguna manera, desvirgada antes de tiempo. En un segundo todo era una imagen perfecta y al segundo siguiente todo me resultó confuso y difícil. Alguien había arrojado un cascote gigante contra mi bandeja de copas de cristal, alguien reía a carcajadas. Lo odié, lo odié con todas mis fuerzas hasta que supe quién era. Entonces me odié a mí mismo por odiar a ese angelito.
Uno de los dos reía, no supe distinguir cual. De espaldas eran tan parecidos, por no decir iguales. Desgarbados, flacos como espigas. Uno era más alto, es cierto, aunque en cuclillas parecían dos muñecos idénticos. Uno alzó la mano y la soltó con violencia, y otra vez el agua volvió a sonar. Le apuntaban a algo pero por lo visto la puntería no era lo mejor que tenían. Al menos el que tiraba las piedras -o lo que fuera que tiraba-. Reían tanto que en cualquier momento se desmayarían. Había un código, les hacía gracia algo, tal vez en ese cuelgue en el que estaban no podían hacer algo que en situaciones normales les resultaba sencillo. Las piedras siguieron, y las risas, y los minutos como arrastrándose contra la pared de un reloj. ¿Eran las 2, ya? ¿Era un día nuevo? La oscuridad naranja de la noche, la bruma enferma y el agua inquebrantable generaban una sustancia única ante mis ojos.

No pude entender cómo el flash no llamaba su atención. Sólo tenían ojos para su cargamento, las inmundicias que no representarían más plata que tres atados de cigarros. Igual no me detuve. Cambié el rollo, el otro lo puse dentro de un cilindro negro y prometí guardarlo en la heladera hasta tanto lo revelara. Puse un Blanco y Negro aunque no hiciera falta y tomé la cámara con mis manos. El trípode trastabilló, amagó con caerse y volvió a estabilizarse como si nada. Sin ayuda de nadie. ¿Será que nos falta nomás una pata para no andar todo el tiempo por el piso? Yo siempre quise que me llamaran trípode, pero... Podía sentir el torrente de sangre fluyendo por mis parietales en llamas, las fuerzas de regreso, el mundo entero de regreso. Estaba eufórico, algún gurú había olvidado cerrar la puerta del cuarto blanco y las luces, el aire y todo lo que se filtraba allí me invitaba a dejar para siempre ese encierro. "Las sandías me tiran azares", como quien diría, y yo qué hice..
Un crujido ahogó las risas. Fue la única vez en mi vida que escuché ecos en ese lugar. Estaba seguro que el aire era el causante del fenómeno, es que en ningún lugar del mundo podía existir un aire tan denso. Al menos no un lugar sano. Más que aire parecía algodón, ese que encuentro siempre en las bolsas grandes que viene a tirar por acá. ¿Podrá mi Nikkon fotografiar el eco? En ese momento la pregunta tenía su lógica. La expresión de las caras de los chicos era tan distinta que ahora parecían otras caras, caras extrañas de niños adultos, de adultos ancianos. Una transición de preocupaciones. Aunque no podía ser cierto, lo era. Uno de ellos llevaba mi cara, los dos llevaban mi cara. Así era, lo juro. Los dos.
La balsa que un minuto atrás no mostraba ningún desperfecto ahora resultaba tan estable como un secante en la orilla del mar. Otro ruido, algo se desató. Nico corrió a la proa. ¿Nico? ¿Proa? Se resbaló en la carrera y dió con los labios abiertos contra el piso recién lustrado. Un par de líneas rojas brotaron. Se levantó y siguió corriendo obstinado, supe que tenía la necesidad de llegar a la proa en segundos. No obstinado entonces, responsable. Zozobraría la embarcación por su culpa y eso se le notaba en las líneas de la cara -la mía- que ahora se adentraba en el terror. No quedaba tiempo ni espacio para el dolor, las líneas rojas quedaron ahí como dibujos rupestres. Llegar, correr, levantarse, anudar, sacar el agua, saltar, correr, anudar, gritar, mandar, pensar. ¿Cuál era el orden correcto? La orden. Lito llegó y gracias a su altura alcanzó sin dificultades la vela, y trató enseguida de amarrarla al mástil; giraba enloquecida y golpeaba sin piedad todo lo que estuviera a su alcance. El cargamento caía, varias piezas ya flotaban con esa cadencia caótica que tienen los objetos a punto de hundirse. A alivianar la carga, alguien dijo, a alivianar la carga, traté de gritarles, corrimos, esa sería la salvación, la última oportunidad. Seguimos corriendo, la madera de la cubierta era suave y húmeda. Un motor explotó, fuego, humo negro, ecos. A alivianar... De golpe tenía la imperiosa necesidad de salvarlos, salvarlos era salvarme, claro. Salvarme era imperioso. ¡La carga! La carga cayó y el estrépito en el agua fué atronador. Todo por un instante estuvo salpicado de negro, nuestros cuerpos y mis tres caras inclusive. La ciénaga tragaba los bártulos sin piedad, hambrienta. No iba a contentarse con tan poco. Me equivoqué, ya no creo que alivianar la carga sea la solución. Otra explosión, vidrios que se rompen, suena la alarma general, gritos, empujones, el capitán adentro le grita a la radio tras el vidrio polarizado pero nada, muchos sacan agua pero nada, la carga ya no está, pero nada. Las piletas son el doble de profundas, las barandas ceden y se hunden como robots derrotados, un menú pasa flotando ajeno a la tragedia. Las acciones osadas merman cuando los héroes comienzan a morirse y eso es precisamente lo que sucede. El transatlántico está irreconocible, los salvavidas naranjas no soportan el peso de los... ¿cúantos?¿trescientos?¿quinientos?¿mil pasajeros? Ahora, todo se quiebra, y lo que se quiebra abajo también se quiebra acá, adentro. Alisto mi cámara. Es ese Lito, el que cae al ¿agua? Le grito, Atilio! Verifico el rollo de reojo. ¿Es ese? Sí, doce son suficientes. No me escucha ¿Es Nicolás el que quiere ser de goma en éste mismo instante porque por más que estira su bracito no alcanza, no puede salvarlo? Y le brotan lagrimas, y disparo y gritos pidiendo ayuda. Disparo. ¿A quién? Si no hay nadie. ¿Yo? Disparo de nuevo. No, yo no soy nadie, ya lo recuerdo. Nico se tira ahora, lo toca al amigo, lo roza con su miedo, lo quiere ayudar, lo alcanza con su mano, con su deditos que ahora son más de nene. No los veo. Los siento, como tienen mi cara veo el agua que está allá lejos y que a la vez se me refriega en las mejillas. Los ojos me arden terriblemente. Lito ya no lucha, justo él que es un capo en el agua y Nico, que no sabe nadar, intenta animarlo, quizás sacar fuerzas desde algún puto lado para tomar a su amigo del forro y sacarlo del agua, ponerlo a salvo. Mimarlo. Pero no, y no se siente superheroe. Acuaman tendría hemorroides en ese riacho. Los latidos se aceleran y el cerebro se empasta. Disparo al agua, la foto saldrá negra, lo sé. Un último esfuerzo. Trato de... No, no los ayudo, yo también me doy por vencido.
El silencio comienza a ganar la batalla: chapoteos silenciosos, gritos silenciosos, desesperación silenciosa, horizonte chato y silencioso, y a tragar veneno, y a empezar a dejarse, claudica la respiración, el agua es pegajosa y sedante, ya veo que no ven, ya respiro que no aspiran, ya siento que lo que sienten es negro, sólo eso, y que no hay dolor en lo negro. El cuervo vuela en círculos. Los entiendo. ¿Para qué seguir? No me sorprende estar de acuerdo. ¿Para qué seguir? Disparo una vez más, la Nikkon tose y rebobina. Me paro, tiro la máquina al piso -estará bien- y los aplaudo, los admiro, les deseo buen viaje. Concéntricos son los círculos que se van cerrando en vez de abrirse. Concéntricos, equidistantes al punto, idénticos en forma pero no en tamaño, radio y perímetro calculado, estimación perfecta, grado de inclinación único e irrepetible. Alguien está cerrando la puerta, lo negro se pierde, la puerta no cruje, los ruidos se pierden, la trayectoria inequívoca, las formas precisas, los contornos encastran en goma espuma, el movimiento, todo se queda afuera cuando la puerta se cierra del todo y sin golpearse, sin alarma ni sorpresas, y todo se vuelve blanco, otra vez blanco.

Bastones

El hombre que pasa a mi lado escucha a Nirvana. Sé que es hombre por su perfume y aparte porque no soy tonto. Sé que es Nirvana porque conozco bastante y aparte porque no soy ni tan viejo ni tan inculto. Sí, tengo casi sesenta pero no soy viejo, me resisto. Y mi actitud, mi fuerza, me enorgullece, por eso sigo con la mía. Como siempre.
Sordo no soy. Sé lo que dicen de mí, pero no me importa. Allá ellos con sus miserias y su hipocresía. Miserable es aquel que no tiene nada y yo no soy uno de esos, estoy bien seguro. Tengo mis manos, por ejemplo. Tengo mis piernas, tengo mis oídos, tengo mi música, y mi bandoneón, y mi hija, que aunque la nombre en último lugar ella ocupa el primero en mi corazón. Hilda, viene a verme seguido, al menos una vez por semana cuando puede llegarse por acá, por la capital, sino qué va, no podría pagar esa enormidad en el viaje desde Ezeiza a donde estoy. Son unos cuantos mangos, el colectivo, el tren, el subte, si ni para comer tiene a veces. Yo le junto, amucho monedita tras monedita, y cuando viene le doy. No es mucho pero para dos o tres platos alcanza, y eso le rinde ahora que está sola. Llora, patalea, se niega, pero sé que lo necesita y me siento bien porque no es tristeza lo que le provoco sino gratitud, sana. Lo que sí siente es bronca, mucha bronca acumulada. Por su suerte, dice, pero no, yo le digo que no es así, que no hay que llamarle mala suerte ver a un hijo morir por la medicina asesina que tenemos, ni es mala suerte perder el laburo y ya no encontrarlo más, ni es mala suerte que tu casa se caiga a pedazos. Ni es mala suerte hablar mal, y no saber tantas cosas. No señora, le digo, no le digas mala suerte. Decilo tal como es: bastardos. Son bastardos. Los que nos gobiernan son bastardos, lo fueron todos desde que Perón murió. De ahí hasta hoy, todos fueron bastardos, y eso reúne a ladrones, cínicos, amnésicos, estúpidos, asesinos y egoístas. Y así estamos. Me escucha, yo sé que me escucha. Está bastante bien aprendida la Hilda y cada día la quiero más.
Gato, me dicen, y hace más de quince años que estoy acá, debajo de la tierra. Quizás más, no soy bueno para las cuentas. De domingo a domingo, de seis a diez de la noche en este pasillo, o en algún otro, pero la mayor parte en éste. Esa sí es una señal de que me estoy poniendo viejo: el estar siempre quieto. Después me escabullo por ahí y sigo viviendo del subte, así ahorro en pensión y no duermo en la calle. Acá estoy a salvo. Ojo que lo hice, eh, pero ya pasó, para eso sí estoy viejo, como mi bandoneón.
Sí, soy tanguero, me gusta bastante, pero no soy fanático, conozco a Nirvana y a los Stones, y a un par de orquestas más que ahora no recuerdo los nombres. El tango me gusta, o quizás debería decir me gustaba, porque ahora me la paso de tango en tango y ya le perdí un poco el gustito ¿Se entiende? Es mi trabajo, y el trabajo desgasta. No hay que echarle la culpa a nadie por eso. A veces las culpas existen pero a nadie le pertenecen.
Allá vuelve el de Nirvana, desde acá lo escucho, seguro que fue hasta el final del corredor donde a esta hora reparten diarios gratarola, muchos hacen eso. Así tienen algo para leer en el viaje. No sé para qué, si siempre dice lo mismo. Bueno, yo lo digo un poco por envidia porque no puedo hacerlo. Ojo que sé leer y muy bien. Leía mucho, antes, ahora no sé si me acordaría. Igual para eso la tengo a la Lola. La gorda tiene una voz hermosa. No lee bien, se traba bastante pero pone ganas y eso me gusta.
Hilda me contó cómo es la gorda, me la describió tan bien que fue como si la estuviera viendo. La ví, bah, a mi manera, como siempre. La nena me dijo: es gorda, muy gorda. ¿Te acordás de la tía? Bueno, así. Muy gorda -con la U bien larga-. No sabés cómo tiene las piernas, várices, sí, parecen mapas. Esos en donde se ven todas las rutas de un lugar, ¿me entendés?
¿Cómo no voy a entenderla? Si la escucho a Lola quejarse todo el día, especialmente cuando llega, cuando la traen mejor dicho. ¡Cómo grita! Los hijos son los que la traen, entre tres. A upa según parece. La fuerza que hay que tener... y ahí la dejan. Con su bolsa de red -de las viejas-, algo de frutas, abrigos, vendas, su bastón, y andá a saber que más trae. Comida seguro, porque lo que debe comer esa mujer. A veces la escucho, mastica que parece como si se encendiera una máquina, es un ruido monótono y desagradable. ¿Qué más me contó? Ah, sí. Su cara es más bien redonda, carnosa. Pero bien linda, dulce, como de madraza. Pensar que los hijos la traen acá, la tiran como una bolsa de pasto seco, para que muestre esas piernas como las tiene, así da lástima y le tiran algo. Yo lo sé por lo que comentan los que pasan. ¡Lo que dicen en voz baja!, les impresiona, claro. Más a los chicos, que no se callan nada, y que dicen la verdad siempre. Las barbaridades que escucho... pero me divierto, ¡eh!
Hablaba de la cultura, sí. Hilda me trae libros cada tanto, ellos son mi cultura. No sé de dónde los saca pero los consigue, y hasta más de uno trae a veces. Los comprará por chirolas, alguien se los regalará, andá a saber. Robarlos sí que no, ¡que yo no me entere! Si hasta prefiero no tenerlos nunca más. Lo digo en serio, ¿eh? ¿Sabés lo que sufro cuando no siento ese olor a lo interminable cerca de mí? ¿Sabés lo que es no sentir a Lola leerlos? Pero, lo prefiero antes que saber que mi hija es una ladrona. Es una tontería, ya sé, pero así se empieza. No, no. Así fui siempre, qué va a hacer. Los libros son mi puente con la otra vida, esa que no tiene miserias, esa que no tiene enfermedades; y Lola, mi compañera de trabajo, es quien de la mano, aun sin poder caminar, me lleva a ese mundo maravilloso.
-Gato, buen día -me dijo esta mañana. "No sabés el solazo que hay afuera. Quema. Estoy empapada, qué manera de transpirar. Vos, ¿cómo estás? ¿A qué hora llegaste?"
Los hijos se fueron y ninguno saludó al paquete, ni el paquete los saludó a ellos. Como de costumbre.
-Si no tengo reloj, lo sabés-. Igual sabía con certeza la hora pero no la dije por no parecer un obsesivo. "¿En serio sol? Ayer me pareció oler a lluvia, pero se ve que pasó de largo. Iría para el Uruguay seguro."
-O Paraguay.
-Paraguay queda para el otro lado.
-Bueh, es igual. Poca gente, ¿no?
-Sí, poca.
La gorda me lee los libros con una paciencia. Además, desinteresadamente, lo hace por mí porque sé que a ella no le interesan. Quizás no los entienda. No la culpo.
Sus dedos juguetean con uno ahora. Las páginas susurran, se acarician, se desean. Se nota que el libro es viejito, son los que más me gustan. Su voz se filtra de la que imagino una gran bocaza de gruesos labios casi cariocas. Atruena, es poderosa, pero aún así fluye repleta de inflexiones y cavidades sonoras. Tiene un don hermoso, al menos para quien sabe escuchar.
Y escucho.
"Un día oyó relatar una causa célebre que se estaba instruyendo, y que muy pronto debía sentenciarse." –dice, tose y continúa. "Un infeliz, por amor a una mujer y al hijo que de ella tenía, falto de todo recurso, había acuñado moneda falsa. En aquella época se castigaba este delito con la pena de muerte."
-Cuántos menos seríamos, ¿no?
No contesto esperando que continúe, pero frena como si el cerebro se le hubiera inundado y, consternada, me confiesa:
-Gato, ¿sabés? No aguanto más esta vida de mierda. Mis hijos, los guachos no parecen hijos míos. ¿Viste cómo me tratan? Y al borracho no lo conocés. Mejor. Y estas piernas... Parecen llenas de fuego. Se están consumiendo ¿sabés? De adentro hacia fuera. Un día de éstos vas a ver el humo. Bueno, ver, no. Disculpá, soy una boluda. ¿Viste? ¡Otra vez! No sirvo para nada. Bueno, en realidad sirvo para dar lástima. Es algo. Y con ese algo como.
-No joda, Lola, que ya tenemos bastante.
-Pero, si tengo razón. Igual, dejá. Ya pasó. Tocame algo, Gato. Alegrame un poco.
-Yo no te toco ni con mi bastón de ciego.
-¡Sos boludo! Tocate algo lindo, eso decía.
-Y ¿con un tango te voy a alegrar? Los tangos son para llorar...
-No jodas, hay tangos hermosos. Tocá 'Malevaje' ¿Lo sabés?
-Encontrame uno que no sepa y te regalo la recaudación de toda la semana.
-Sobrador.
-Tengo con qué.
-Tabién, tocá de una vez y no alardiés más.
-Se dice alardees ¿tamos?
-Tamo.
El bandoneón aspira llenando su fuelle de aire y se amolda a mí como si fuera una extensión natural de mis brazos. El sonido brota pintando de colores ocres y barnices brillantes el pasillo. En el aire, el aroma a café se mezcla con el tango como cada mañana. La población va en aumento, la arena del reloj comienza a pesar en mi muñeca.
"El malevaje extrañao/ me mira sin comprender;
me ve perdiendo el cartel / de guapo que ayer
brillaba en la acción."
Cuando termino ella habla.
-Maquillaje te dije, no 'Malevaje'. Vos, aparte de ciego, ¿sos sordo? ¡Estás hecho mierda!
-¿En serio?
-No, te estaba jodiendo. Me gustó. Gracias.
Abro mi estuche y lo coloco mirando al techo, es señal de que empieza la lucha. Alguien tropieza con sus tacos en un escalón y putea por lo bajo, pero para mí no hay volumen bajo que valga. Escucho con claridad lo que esa dulce boquita profiere con su dulce voz, y eso que las escaleras están a más de ocho metros, calculo. Es justo por donde se sienta siempre Lola, en el último escalón, con sus piernas asomadas a esa terrible catarata de peldaños.
-Adiós, lindo poema -le digo cuando pasa en frente mío. Ni cinco de bola me da. Lo atribuyo a mi mala dicción y lo olvido en seguida. Dos o tres conversaciones distintas caminan con direcciones erráticas y por sobre ellas, la voz de Lola pidiendo sobresale inconfundible.
Por la esquina, el volumen aumenta de golpe. Hordas de chicas bulliciosas avanzan. Distingo al menos diez voces distintas, todas con una tendencia a soprano envidiable. Lo que dicen no lo es. Se acercan con rapidez actuando como un bloque, como si alguien empujara por el pasillo un aparador repleto de radios a todo volumen. Me alcanzan, alguna patea el estuche de mi bandoneón todavía vacío, varias se ríen. Todo es bullicio, mis oídos zumban por un corto lapso. Me sobrepasan. Quiero relajarme, tragar un poco de silencio pero a mi derecha Lola comienza a gritar con desesperada aspereza. Insulta sin detenerse a respirar. Aturdido, me pongo de pie, dejo el fuelle en el piso retorciéndose e intento acercarme pero choco con confusos sacos frontales, con corbatas sedosas, con bolsas que chillan, y con una voz que pide perdón con sorpresa. El bullicio de las chicas se hace eco, luego risas ahogándose, y por último un zapateo divertido y una huida en masa. Lola continúa gritando y se desespera como si le hubieran quitado algo valioso que definitivamente no posee. Me siento mareado por lo repentino de mi puesta de pie, trato de dominarme pero los segundos que necesito me los niegan los gritos de mi amiga. Nadie pasa ahora o en algún sitio alejado se ha formado una tribuna estática disfrutando del espectáculo. Sé que la gente es así, curiosa y poco comedida. Nadie va a ayudar a Lola, lo doy por descontado. Camino rápido en dirección a sus gritos sabiendo que en algún lado una escalera abre sus fauces a un infinito inconmensurable. Al terror, de golpe, le crecieron escalones, y no es la primera vez. Lola ocupa el espacio sonoro con "mi bastón, mi bastón, las hijas de puta me patearon mi bastón, mi bastón", repetido como un moebius. No tengo claro cómo es el grito de guerra de un rinoceronte, pero ese merece serlo. Infunde miedo, respeto. Te incita a alejarte. La acústica de ese pasillo bajo y opresivo coopera envolviéndolo en una honda reverberancia. El reloj se pone lento y abrasivo, la resistencia contra algo invisible, tal vez la tensión, calienta el aire. Entre el mareo y el poco oxígeno en el aire, me abro paso. De golpe, en mi no videncia, comprendo la niebla. La veo, la palpo, se hace presente ante mis ojos inútiles y dificulta la visión que no poseo. Pienso en la picazón en un miembro cercenado y siento un paralelismo tan afín como nefasto. ¡Qué solos estamos en nuestras limitaciones! Pienso en Lola que continua gritando, la siento. Estoy casi llegando a ella. El olor de su transpiración me azota pero, sorpresivamente, de manera grata. Su voz no se queda quieta, ya no está en su sitio agachada. Sé lo que significa. Se está parando. Lola intenta ponerse de pie sin ayuda. ¡Si por un momento dejara de escuchar ese alarido enloquecido! Está sacada, no entiende razones, sólo intenta dar con su sagrado bastón -bastión de su ínfima justicia- sin evaluar los riesgos, sin meditar un segundo. Ahora sí escucho el rumor oscuro, casi tímido, escaleras abajo y confirmo lo acompañados que estamos. En mi mente resuenan las voces de sus tres hijos y, contra mi voluntad, algo de razón les concedo. Odio el momento. Debo alcanzarla y calmar su reacción animal, primitiva, pero en la confusión no logro saber si se encuentra a centímetros de mi mano o al otro lado del eterno y morboso pasillo. Ellos miran de lejos, los siento, añoro que alguien del rebaño reaccione y la ayude. Entonces grito pidiendo ayuda pero sólo logro más dramatismo televisivo y confusión.
Mis manos rozan una pared fría, y a la vez piso algo sinuoso e inconsistente, con algo en su interior. Es su bolsa. Lola ya no ocupa su lugar. Lola encara las escaleras. Ahora, yo también pierdo el control. El rumor no solo proviene de abajo sino también de atrás mío, de mi espalda y de mi cabeza. Escucho el raspar de la madera del bastón contra el borde de cada escalón. El miedo me paraliza. Sus gritos y maldiciones me hieren. Sé que de golpe enloqueció, sé que debo detenerla. Alguno de los dos debe acabar con esta locura pero ninguno cuenta con la racionalidad necesaria. Tanteo el primer escalón poniéndome en cuclillas y recuerdos terribles me azotan. Veo luces grises encendiéndose en diversos lugares de mi retina y siento a la vez terribles dolores. Mi oídos zumban, no puedo seguir, la llamo, le ruego, le ordeno, la insulto, la halago, la quiero, y al fín pierdo toda noción.
Una exclamación pasmada, aguda, teñida de una sorpresa premonitoria, se eleva por sobre el resto de los murmullos precediendo al desplomarse que acalla al fín todos los rumores.